14
D urante los días del terror a las llamas escribí un poema.
Me sentía adormecida, odiosa y especialmente avergonzada después de mi exabrupto con J.
El único ser ante el cual no me daba pudor exhibirme era mi gata, Leticia.
Un pompón gris de tres kilos y medio que me seguía por todas las habitaciones sin atisbo de interés por mi malestar, lo cual me parecía muy justo y tranquilizador.
Me gustaba mirarla tomar el sol. Leticia siempre buscaba echarse justo donde caían los rayos solares: en los pasillos, sobre los muebles, las mesas y los escritorios.
Su ubicación y su postura iban variando con el pasar de las horas, según dónde se posaba la luz.
Era una perseguidora obstinada de la claridad.
Por esos días, esa tendencia suya y de otros gatos y perros por recibir los rayos del sol me parecía conmovedora. Opuesta a mi falta de voluntad.
Cu ando se cansaba, mi gata corría a posarse sobre mi pecho en posición de hogaza de pan. Me recordaba la historia de ese gato que vivía en un asilo de ancianos en Estados Unidos y podía reconocer a quien estaba a punto de morir: pocas horas antes, se echaba a dormir a su lado.
Le ticia proviene del latín laetitia y significa «alegría», «regocijo», «deleite» o «la que trae alegría» cuando se trata de un nombre. Debajo de mi gata, la «felicidad», escribí estas palabras:
La voluntad de los gatos bajo el sol
Quiero ser un gato acostado
bajo el sol
un gato tirado en un patio
con la panza pegada al suelo
al pie de los cordeles
donde flamean
los calzones, las blusas, las medias
los pantalones
y los trapos de cocina.
Quiero tener cuatro patas
y una cola larga que se agita
con el resplandor.
Los días claros me asomo
por la ventana de mi piso seis
y veo ahí, abajo
a un gato atigrado
recostado sobre un techo de madera.
Y lo observo por unos segundos
lejano
cumpliendo con la vida.
Hay una envidiable franqueza
en la voluntad de los gatos
bajo el sol.
Un querer sin disimulos
una tendencia inquebrantable
hacia el brillo
y el calor.
(Quiero tener la lengua áspera
y algo parecido a una sonrisa)
Mi compromiso debería ser
perseguir el deseo
como un gato busca
el rayo de sol dentro de la casa
en posturas improbables
allí donde nadie pensó
acurrucarse como un feto
para calzar justamente
donde cae la luz.
Ser un gato
una gata
que cuando ya tuvo suficiente
sol
se retira hacia la sombra
tibio, restituido
como un animal
que no piensa más
en su amo.