Las nerviosas 13
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La historia la imagino más o menos así. Un grupo de agricultores de cierta zona rural de un país pierde buena parte de sus cosechas debido a las lluvias torrenciales.

Es algo que se repite cada año, no hay nada que puedan hacer para evitarlo.

Con el tiempo, un patrón empieza a desvelarse.

Algunos campesinos se deprimen, otros aparecen muertos tras los diluvios.

Son suicidios, se comenta. Y luego se confirma.

O imagino esta otra historia. Varias fábricas del país empiezan a cerrar.

Hay alteraciones en la economía mundial, etcétera.

Miles de obreros pierden sus puestos de trabajo.

Sin mucho dinero, sus familias se corrompen.

Un ambiente de tristeza y enojo se instala en esos hogares.

Meses o años después, aumenta la prescripción de antidepresivos en los hospitales, cuyas habitaciones alojan a cada vez más pacientes con colapsos nerviosos. ¿Son los obreros desempleados?

No me lo he inventado. Pasó, más o menos así, en Indonesia y en Estados Unidos. Hace unos años, lo leí en un estudio sobre la relación entre la pobreza y el deterioro de la salud mental: la gente se deprimía y recibía tratamiento psiquiátrico, o se suicidaba.

También lo leí en otro estudio sobre la relación entre los trabajos informales y la prevalencia de la depresión en los países latinoamericanos. El impacto mental de tener —o no— ingresos mensuales seguros es real.

Seguí leyendo uno y otro y otro estudio más.

Todos explicaban más o menos lo mismo: la gente pobre tiene más probabilidades de presentar síntomas de depresión y de ansiedad que las familias de clase media o clase alta.

Los trabajadores informales tienen más propensión a desarrollar un cuadro depresivo que aquellos que cuentan con un trabajo formal.

Esas son las conclusiones. La pobreza es una de las grandes puertas de entrada a la fortaleza en ruinas de la enfermedad mental.

Por otro lado, dilucidar la relación entre la pobreza y los males mentales se parece mucho a responder qué fue primero ¿el huevo o la gallina?

La pobreza atrae a la depresión que atrae a la pobreza que atrae a la depresión.

¿Estábamos deprimidas porque éramos pobres o éramos pobres porque estábamos deprimidas?

Recuerdo a las Rosas, las historias de mis primas, tías, abuelas y bisabuelas nerviosas que cocinaron, limpiaron y lavaron mientras parían hijas que luego cocinaron, limpiaron y lavaron, y que parieron nietas y bisnietas.

Recuerdo a mi mamá.

Y vuelvo, como una mujer que recién está aprendiendo a hablar, a nuestro léxico familiar que escamotea ciertas palabras.

Nombrar y describir un problema, escribió Solomon en su libro sobre la depresión, equivale a contenerlo. Contener que también puede ser dominar. Imagino a mi madre intentando asegurar una botella rebosante de una materia oscura y viscosa.

Identificar tu trastorno si eres una persona pobre, ya lo sabemos, no es tan fácil.

Se parece a tratar de atinarle a un blanco a la primera, con pésima puntería.

No solo es complicado por la falta de dinero para acceder a una buena atención médica.

Muchas veces las personas pobres confunden los síntomas de su depresión o ansiedad con cualquiera de las molestias que les causan sus vivencias preocupantes del día a día.

¿Cómo saber qué hay detrás, o por encima, del insomnio, del cansancio, de las náuseas, del terror?

Es decir, una madre que trabaja sin tregua de lunes a domingo, en un empleo que ni siquiera le rinde el sueldo mínimo y tampoco le gusta, que jamás goza de vacaciones, ni días de descanso, que vive en un lugar medio derruido donde no puede criar a sus hijos sin quejas y llantos, quizá no sepa diferenciar entre el agotamiento que le provoca su rutina y el desánimo por estar deprimida.

Con el cuerpo adolorido y la urgencia de dinero, a ver quién puede entender las consecuencias de vivir arrastrándose sin control y sin fin hacia el extenuante día siguiente, que transcurre exactamente igual al anterior.