Las nerviosas 12
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Parecía una maquinilla frenética arrastrándose entre el piso de arriba y el piso de abajo.

Cuando pasé a la secundaria, mi mamá comenzó a trabajar para una de las hermanas de mi papá.

Se encargaba de limpiar, cocinar y lavar ropa a mano para mi tía, mi prima y mis abuelos paternos.

La ventaja era que la casa de mi tía quedaba encima de la nuestra, pero eso no menguaba la obsesión de mi madre por cumplir las tareas con la desesperación de una alumna estudiosa que siempre quiere sacar la mejor nota.

Su rutina: un trabalenguas de actividades impetuosas.

Salía de la cama muy temprano para preparar el desayuno, ir al mercado, cocinar el almuerzo, limpiar la sala, servir el almuerzo, lavar los platos, limpiar la cocina y el baño, preparar la cena, servir la cena, lavar los platos…

Los fines de semana lavaba la ropa restregándola en una batea con un cepillo y detergente, la ponía a secar y más tarde la planchaba.

Además, nos atendía a mi papá, a mi hermano y a mí, sometida por el mandato social acerca de lo que un hombre y una mujer deben hacer en una casa.

Como mi papá, jamás se saltó ninguno de sus pendientes, ni un solo día.

En los más de diez años que se dedicó a ese trabajo, apenas recuerdo un par de veces en las que pidió vacaciones para ir a visitar a su familia en Sullana, el pueblo donde nació.

Mi tía era una madre soltera que mantenía sola a mis abuelos y a mi prima.

Ninguno de sus seis hermanos, incluido mi padre, podía ayudar con los gastos de mis abuelos.

O no querían. Mi tía nunca protestó. Era una de las hermanas de mi papá que sí había logrado ir a la universidad y tenía un trabajo como contadora en una institución del Estado.

Salía temprano y volvía por la tarde, cansada.

Hizo lo que millones de mujeres han hecho a lo largo de la historia para perpetuar la humanidad: hacerse cargo de sus familias, sin reclamar.

Me decía «Rosimia Casimia» y no pocos extraños creían que era mi verdadera madre.

Compartimos los mismos ojos rasgados, la nariz grande y la expresión intimidatoria de los Chávez.

Mi tía nos quiso y nos cuidó con serenidad, todo lo contrario a mi madre ansiosa.

Era firme por fuera y cariñosa por dentro, como esos caramelos rellenos.

También nos regaló tiempo de distensión que casi no existía en mi casa, la de los lamentos.

—Rosimia Casimia —me decía sonriendo y en su sonrisa brillaban sus dientes de granos de choclo.

Cuando la sentía alistarse para salir a la calle con mi prima, yo rogaba en mis adentros que me invitara a acompañarlas.

Las tres fuimos juntas a ver Titanic y La máscara del zorro ; con ellas probé por vez primera una pizza; visité una librería en Miraflores; comí más helados de lo que mi sensibilidad dental podía soportar; y un verano viajé con ambas a las playas de Huanchaco.

Volví con una larga trenza adornada de piedritas de colores, sintiéndome así, distendida e intrépida.

Mi mamá sentía un profundo agradecimiento por haber conseguido un trabajo ideal al lado de una buena persona.

Dos mujeres que se juntaron porque se necesitaban.

Eso eran mi tía y mi madre en el mejor de los casos.

Mi mamá recibía un sueldo modesto, pero con dos pagos dobles al año.

No contaba con seguro social ni médico; pero bajaba unos cuantos escalones y ya estaba con nosotros.

No tenía vacaciones remuneradas; pero ella, mi papá, mi hermano y yo comíamos de lo que preparaba para «arriba».

No quería perder sus preciados beneficios.

Ante todo, deseaba que mi hermano y yo siguiéramos estudiando gracias a su trabajo.

Íbamos a un colegio del barrio que funcionaba en una casa de tres pisos y cobraba ciento veinte soles la mensualidad.

Años después, cerró y se convirtió en un hostal de veinte soles la hora.

Mi madre repetía: «Tienen que ser muy agradecidos con tu tía que tanto nos ayuda». Su extrema consideración me mantenía alerta, como si la vida se tratara de caminar en medio de un montón de objetos tambaleantes y puntiagudos que no debías hacer caer.

Pienso en su sentido de responsabilidad casi compulsivo.

Un hámster que no deja de girar en una de esas ruedas, sometido por la velocidad y la inercia.

En eso pienso. Así había sido desde niña.

En Sullana, fue la segunda mejor alumna de su clase.

Varias veces me ha contado cuánto se esforzaba por cumplir con los deberes de su colegio público.

Solía terminarlos muy de noche, sentada a la mesa de la cocina, sin probar bocado, alumbrada por la luz de las velas.

«¡Yacila y Yesán no duermen por estudiar!

», gritaban sus compañeras cuando querían burlarse de ella y de la otra mejor alumna. Por chanconas, por histéricas.

Mi hermano y yo replicamos su compromiso como pudimos.

Mi aporte consistía en mantener el primer puesto y de esa forma ganar una media beca para mi pensión escolar.

Creía que así restaba una preocupación a mi mamá.

Mi hermano era el segundo mejor alumno de su clase y solo perdía la compostura cuando su equipo favorito de fútbol, Universitario de Deportes, metía un gol.

Aún así, vivíamos sintiendo que no hacíamos lo suficiente.

¿Y mi papá? Él ya estaba muy viejo y curtido por la vida para interesarse por nuestras porquerías mentales.

Había trabajado como un animal de carga desde niño.

Había vivido muchas vidas antes de convertirse en papá.

Se jubiló a los setenta años, no por los oficios que yo le conocí, sino por los que ejerció antes de que mi hermano y yo siquiera naciéramos.

Ganaba una pensión que no le hacía justicia a sus más de tres décadas de aportes al sistema nacional.

Mi papá fue un mil oficios terco y excéntrico al que nunca le dio la gana de seguirnos el paso. Vivió indemne a las implosiones de nuestra intimidad.

A su lado, mi mamá ejecutó una danza desesperada. Era como si ambos estuvieran bailando la misma canción pero con movimientos completamente distintos. Él al son de un huayno vivaz. Ella oscilaba entre la nueva ola y la marcha fúnebre.

A veces sueño que mi mamá se subleva y por fin dice «no más» a cocinar, limpiar, lavar, planchar, cocinar, limpiar, lavar, planchar: su maldición.