Las nerviosas 11
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Nunca había pensado en las implicancias de vivir en un sexto piso.

Cuando J y yo acabábamos de mudarnos, mi mamá nos preguntaba «¿cómo harán cuando haya un temblor?

». Se imaginaba a sí misma en mi departamento, en medio de un sismo, tratando de llegar al primer piso para salvarse del fin del mundo.

Prefería la seguridad de su planta baja en San Martín de Porres.

No le cabía en la cabeza elegir vivir en un edificio en una ciudad telúrica como Lima.

Pero salvo por mi conocido terror a las alturas, que evitaba alejándome de las ventanas, a mí no me daba miedo.

Hasta que llegué al clímax del episodio depresivo. Entonces detecté una tímida inclinación avanzando por los vericuetos de mi pensamiento. Una curiosidad por las posibilidades que se abrían para alguien en mi estado viviendo en un sexto piso.

Había dejado de ver a mis pocas amigas y amigos hacía meses.

Como nunca me consideré el alma de ninguna fiesta, sino la observadora crítica en la esquina de la habitación, sentía que no les hacía mucha falta.

Los roles sociales como el mío no suelen echarse de menos en los momentos de relajo y diversión.

Salía del departamento solo para ir a la tienda de al lado o al mercado de Magdalena.

Me consolaban la familiaridad y el olor de las verduras, las frutas, las especias, los abarrotes, los animales muertos colgando de los ganchos metálicos.

Cerraba la puerta, daba unos pasos, volteaba a la izquierda y entraba en el pasillo de los ascensores.

El pasillo tiene una abertura que da hacia un enorme tragaluz, que termina en el patio común del primer piso.

Cuando pasaba por ahí, ya no volvía la mirada como antes para evitar el pánico de los metros sobre el suelo.

No es que lo hubiera dejado de sentir, pero había algo distinto.

Más bien, me acercaba sin vacilaciones al borde del ventanal y miraba hacia abajo, por varios segundos.

Las metáforas más populares sobre la depresión no me hacen sentir identificada.

«Oscuridad», «carga», «batalla», «enemigo», «descenso», «niebla» son algunas de las que encuentran los investigadores cuando estudian el lenguaje de los pacientes con depresión.

De todas ellas, me quedo con «niebla» porque así me he sentido en mis peores trances, en medio de una bruma, como en un sueño dentro de un sueño dentro de otro sueño.

Pero en ese periodo crítico prefería «descenso», como sinónimo de «caída» y en comparación al «terror a las llamas» que siente el suicida deprimido, tal y como lo planteó David Foster Wallace en La broma infinita :

La así llamada persona «psicóticamente deprimida» que trata de suicidarse no lo hace por «falta de esperanza» ni por una abstracta convicción de que el deber y el haber de la vida no cuadran.

Y sin duda no lo hace porque de pronto la muerte le parezca fascinante.

Una persona en que la invisible agonía de Ello alcanza cierto nivel insufrible se mata del mismo modo que una persona atrapada salta en algún momento para escapar de las llamas.

Que no haya dudas sobre la gente que salta al vacío.

Su terror a lanzarse de una gran altura es tan grande como el de la otra persona que se asoma a esa ventana para ver el paisaje; es decir, el miedo a caer es una constante.

La variable aquí es el otro terror, las llamas del incendio: cuando las llamas se acercan lo suficiente, arrojarse al vacío se convierte en un terror ligeramente inferior al otro.

No se trata de ningún deseo de dejarse caer; es el terror a las llamas.

Y, sin embargo, nadie en la acera que mira y grita que no se tire, que aguante, puede entender el salto.

Realmente no. Se tiene que haber estado personalmente atrapado por las llamas para comprender realmente ese terror muy superior al de la caída.

Repetí el «ejercicio de observación» varias veces durante un tiempo.

Fantaseaba con el recorrido de mi cuerpo cayendo desde el ventanal hasta el patio común del primer piso.

En un rincón había dos macetas con «orejas de elefante».

Un amigo me contó que su gato se había caído desde el octavo piso de su departamento, pero fue amortiguado por unas macetas allá abajo.

Sobrevivió. Yo imaginaba mi salto sin salvavidas.

Con la mirada fija en el primer piso desde el tragaluz, entre el terror a la caída y el terror a las llamas, estaba segura de que prefería saltar.

Una tarde se lo dije a J. No fue una confesión, sino un impulso. Quizá también fue un grito de espanto, otro más. Él leía, yo miraba la televisión en la sala. O quizá él miraba la televisión y yo leía.

—Creo que quiero saltar.

Estoy segura de que hice los gestos más horripilantes en la historia de los llantos desconsolados. La cara se me desfiguró por la sorpresa de mi indiscreción. Hablar sobre un deseo oculto se siente como invocarlo.

Nuestros seres queridos no están preparados para vernos en tales estados calamitosos, tampoco lo merecen.

J se veía absorto, impotente, triste. Inmensamente triste.

Él, que sabía tanto o más que yo de las ruindades de la pobreza, que se hizo a sí mismo en medio de otra debacle familiar, que buscó a toda costa una señal para continuar y la encontró.

¿Cómo podía ser tan injusta con alguien así?

¿Cómo me atrevía a darle a probar nuevamente los sinsabores de la vida?

Son altos los costos a pagar por los mal llamados débiles mentales.

Vivimos en la frontera del estigma y la compasión.

¿Cómo remontar un despliegue colosal de patetismo?

La escritora Siri Hustvedt empezó a sufrir episodios públicos de temblor corporal que no podía prever ni controlar.

Entonces se volcó a investigar sobre neurología, psiquiatría, psicoanálisis y escribió La mujer temblorosa o la historia de mis nervios.

Podría ser esa una estrategia elegante para superar el mal paso.

Un libro serio, casi erudito, personal pero mesurado, con un tono flemático sobre nuestros episodios nerviosos.

Quienes no somos capaces de tales hazañas intelectuales, nos atenemos a la vergüenza y a «seguir adelante». Lo cual puede significar cualquier cosa.