Las nerviosas 10
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Eran pequeñas, rosadas y redondas. Parecían esas pastillas masticables para niños resfriados.

Las que saben a fresa, unas pastillitas de mentira.

Pero las de mi mamá habían sido recetadas por un psiquiatra del hospital Loayza.

No eran suaves, ni dulces. Eran benzodiazepinas.

Se llamaban Lexotan. No he podido olvidar ese nombre. Creí que ella tampoco lo olvidaría.

Lexotan

Grupo farmacoterapéutico

Ansiolítico

Principio activo

Bromazepan

Indicaciones terapéuticas

Lexotan está indicado para la ansiedad, tensión psíquica y otros trastornos somáticos o psiquiátricos asociados al síndrome de ansiedad. Las benzodiacepinas están indicadas únicamente cuando el trastorno es grave, incapacitante o afecta de modo importante al paciente.

Posología

Duración del tratamiento

El tratamiento debe ser lo más breve posible.

El médico debe volver a ver al paciente periódicamente y reconsiderar en cada ocasión la necesidad de mantener el tratamiento, sobre todo si el paciente está asintomático.

Por lo general, la duración global del tratamiento no debe exceder de 8-12 semanas, incluida la fase de retirada gradual de la medicación.

Mi mamá decía «a ver qué dice la posología». O «por si acaso voy a guardar acá la posología». Y ponía el papelito doblado debajo del mantel de plástico de la cómoda de su cuarto. Justo a la altura del cuadro de la Divina Misericordia.

Yo leía ese folleto así como lo hacía con los poemas de Rubén Darío que me gustaba memorizar: sin entender mucho, pero con la sensación de que estaba aprendiendo algo importante.

Me daba risa escucharla decir «posología». «Posología» por aquí, «posología» por allá. Creía que era una palabra que mi madre no sabía pronunciar bien, pero insistía en usarla en sus conversaciones para sonar más interesante.

«Miedo», «nerviosismo», «nerviosas», «posología», «Lexotan», «hospital».

Nuestro léxico familiar —como llamó la escritora italiana Natalia Ginzburg a ese repertorio de palabras y expresiones que reflejan la identidad de un clan y de su tiempo— se forjaba y ampliaba por las vicisitudes de nuestro mundo interior.

Un dialecto madre-hija exclusivo, cerrado, en el que ella y yo éramos sus únicas hablantes verborreicas.

«No me siento bien» podría haber sido nuestra muletilla.

«Hospital» fue la palabra de moda durante los noventa y los primeros dosmiles, por todas las veces que lo visitamos juntas.

Al principio, yo la acompañaba a sus citas psiquiátricas en el Hospital Nacional Arzobispo Loayza, uno de los más antiguos del país.

Otra de nuestras frases en boga fue, claro, «el Loayza».

Hasta ahí llegábamos desde el Cono Norte, montadas en un micro.

Mi madre entraba sola al consultorio. Yo la esperaba sentada en alguna banca, mirando a las palomas reunirse por grupos en el pasto, como si estuvieran hablando de algún tema muy importante.

Por dentro, el Loayza lucía como una enorme casona con muchos jardines en la que parecía buena idea vivir.

Me gustaba mirar a la gente salir del pabellón de psicología y psiquiatría, sosteniendo bolsas de plástico transparente con medicamentos.

Me entretenía adivinando cuáles eran sus enfermedades invisibles.

Era como jugar al tutifruti de la insania.

Al rato, mi mamá salía del consultorio con una receta.

—Vamos, Rochi.

Ella me decía «Rochi», «china», «chinita». Yo le decía «ma», «mami», «mamá».

Las complicidades entre quienes más se aman pueden llegar a ser estrambóticas.

El psiquiatra de la escritora Joan Didion creía que ella y su hija Quintana estaban enganchadas como solo las personas con ciertos patrones neuróticos son capaces: con una exagerada dosis de dependencia.

La protagonista de la novela Nada es verdad , de la italiana Veronica Raimo, describe a su madre básicamente como una adicta al duelo que quiere convertirla en otra dependiente de la pérdida: «Padecer juntas es su forma de felicidad: mal de muchos, consuelo total».

Así nos veía a nosotras. Una dualidad mal encaminada.

La complicidad con mi madre se fundaba en el amor y el padecimiento, y en última instancia, quizá, en la resistencia.

Yo, «Rochi», «china», «chinita», era la caja de resonancia de su agobio. Luego pude hacer retumbar el mío por cuenta propia. Pero en esa época, mi sentido de responsabilidad por el sufrimiento de «ma», «mami», «mamá» me consumía. En mi visión alterada de niña vieja, nadie la entendía como yo.

Nuestro intercambio, de cualquier forma, tuvo mucho de escamoteo.

El léxico familiar no incorporó ciertas palabras clave como «psiquiatra», «psicólogo», «ansiedad», «depresión» sino hasta muchos años después.

«Debido a que los pobres tienen un acceso limitado al lenguaje de la enfermedad mental, su depresión no suele manifestarse en el plano cognitivo», leí en una de las páginas de El demonio de la depresión , del escritor e investigador estadounidense Andrew Solomon .

También dice que para las personas pobres, los trastornos mentales se vuelven visibles por sus síntomas físicos: insomnio, agotamiento, náuseas, terror. O sea, los dolores de mi mamá.

Ella jamás imaginó que se iba a convertir en una paciente psiquiátrica.

Nunca la escuché llamarse de esa forma. Un día llegó hasta el Área de Triaje del Loayza y dijo que no podía dormir, que se sentía nerviosa y que lloraba mucho.

Fue la persona frente a ella quien decidió derivarla al área de psiquiatría.

Mi madre obedeció sin cuestionamientos porque es dócil y porque sobre todas las cosas siempre ha querido estar viva.

En ese entonces, pensaba día y noche que iba a morir.

Sus hijos no iban a quedarse solos, repetía, qué sería de nosotros sin ella.

«Ustedes deben ser alguien en la vida —clamaba—.

¿O acaso quieren terminar como tu papá o como yo? ».

Hizo lo que le ordenaron. Por las noches, antes de acostarse, tragaba una pastilla rosada con una taza de valeriana, manzanilla y toronjil y luego se hacía la señal de la cruz.

Años más tarde le pregunté si recordaba cuál era el nombre del dichoso medicamento.

—Sí, Motival.

—Se llamaba Lexotan, mamá.

—¿Ah sí? Ya no me acuerdo.

El léxico familiar también es una persona hablando sola, escupiendo palabras ininteligibles al aire.

Mi mamá fue la primera en recibir tratamiento psiquiátrico en nuestra familia, yo fui la segunda paciente y la reincidente.

Tomó los ansiolíticos hasta que el insomnio se esfumó.

Las siguientes dos décadas se sumió en episodios ansiosos y depresivos menos incapacitantes y volátiles.

Uno de esos dolores invisibles con los que te acostumbras a vivir porque no te abaten.

Aunque molestos, permiten tu rutina. Un mal enquistado al que no sabes cómo nombrar: «Estoy nerviosa», «Yo como siempre, nerviosa», «Me siento nerviosa», «Me pones nerviosa», «Tú sabes que las Yacilas somos bien nerviosas». Algo así sonaba su letanía.