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Supe que algo serio pasaba con mi mamá una madrugada de verano.
Yo recién acababa de conquistar mi habitación propia.
Hasta entonces había dormido en el mismo cuarto de mis padres, en un catre de fierro muy antiguo que se hundía como una hamaca y rechinaba cada vez que me montaba encima.
Mis padres compartían una cama de dos plazas en cuyo respaldar de madera había talladas unas figuras antropomórficas que parecían demoníacas según el ángulo en que las mirabas.
—Es un cabecero fino, de caoba —decía mi papá cada vez que quería dar por sentado que nuestra antigua casa venida a menos también alojaba objetos valiosos.
Mi hermano dormía solo desde los tres años. Yo quería lo mismo: la intimidad, la posibilidad de guardar secretos. Por eso planeé mudarme al «cuarto de la televisión».
Durante un par de años junté el único dinero que recibía a esa edad: las propinas que mi madrina, una de las hermanas de mi padre que gozaba de cierta posición económica, me daba en mis cumpleaños y en las Navidades.
Cuando alcancé los doscientos soles, mi mamá y yo fuimos a una galería de muebles del barrio y compramos un nuevo catre de madera y un colchón.
Mi papá pintó las paredes de mi nueva habitación de rosado. Yo las decoré con un dibujo a lápiz de Winnie The Pooh y un fragmento del poema «Batallas» de César Vallejo, porque me gustaba cómo sonaban sus versos y que incluyera el diminutivo «hombrecito».
…pelear por todos y pelear
para que el individuo sea un hombre,
para que los señores sean hombres,
para que todo el mundo sea un hombre, y para
que hasta los animales sean hombres,
el caballo, un hombre,
el reptil, un hombre,
el buitre, un hombre honesto,
la mosca, un hombre, y el olivo, un hombre
y hasta el ribazo, un hombre
y el mismo cielo, todo un hombrecito!
Llevaba pocos meses en mi cuarto propio cuando, una madrugada, mi mamá entró de golpe, gritando, como un mal augurio.
—¡Ayúdame! ¡Ayúdame, por favor!
Vestía el camisón amarillo que se le transparentaba a la altura de los pechos y le llegaba hasta las pantorrillas. Un atuendo que le daba un aire fantasmagórico. Parecía una mujer desdibujándose, la mujer humo. El cuerpo le temblaba y sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas.
—¡Ayúdame! ¡No sé qué me pasa!
Lloraba fuerte, mi mamá siempre ha llorado con todas sus fuerzas. Su llanto la hace ver como un pájaro trémulo con el buche henchido por el susto.
Era la época en que no podía dormir. Su vida se tambaleaba entre el cansancio físico por las labores de limpieza, la preocupación por la falta de dinero y la menopausia.
Durante alrededor de un año la atacó un insomnio paralizante, pasaba despierta varias horas durante la madrugada.
A veces se quedaba en su cuarto, sentada en la cama, acariciando las pelotitas de su rosario.
Otras veces salía y se sentaba a la mesa del comedor a llorar, delante de una taza de valeriana, manzanilla y toronjil.
Alguien le había dicho que esos tés servían para calmar la ansiedad y aliviar el mal sueño.
Por eso, cada semana, mi mamá compraba un atado de hierbas secas en el mercado.
Pero salvo por el intenso olor a pie que despedía la valeriana y que se expandía por toda la cocina, yo nunca estuve segura de si esas plantas tenían alguna eficacia.
Ella decía que sí la ayudaban a calmarse, un poco.
La falta de sueño la mantenía en un estado de alteración nerviosa.
La piel alrededor de sus ojos se volvió más fina y arrugada de tanto apretar los párpados para llorar.
Sus pestañas cortas y caídas se veían húmedas, algo legañosas.
Un día comenzó a sentir unas palpitaciones intensas en el pecho y a temer una muerte instantánea por infarto o cualquier cosa.
A veces ponía una de sus manos frente a mis ojos, con la palma hacia abajo.
—¿Ves? ¿Lo ves?
Yo me acercaba a mirar el temblor. Le decía: me da cosa, ocultando mi estremecimiento.
Creo que aquella madrugada mi mamá aguantó todo lo que pudo y, cuando no soportó más, fue a pedirme auxilio a mí, su hija de diez años.
—Tranquila, mamá, ya va a pasar.
Dijo que tenía miedo, que ya no aguantaba seguir así. Era expansiva al comunicar sus penas y malestares. Y yo estaba casi siempre dispuesta a escucharla.
—Todo lo hago por ustedes, para que sean mejores.
Desde entonces, aprendí a consolarla. No era tan difícil hacerlo.
Al comienzo fue una reacción instintiva, luego establecí un método.
Solo tenía que escuchar con atención, pensar en un par de consejos sencillos —«tienes que hacer esto», «es mejor que hagas lo otro»— y decirlos con cariño y firmeza.
Por último, podía soltar un «te quiero».
Adopté las mañas de los llamados «niños viejos».
Esos que van al jardín de infantes y a la vez se comportan como cuarentones enganchados a una hipoteca de treinta años.
A la gente le causa gracia o incluso le resultan tiernos.
Hacen bromas o los elogian por sus ocurrencias.
A mí me aterran. Cada vez que me topo con un chiquillo o una chiquilla de esas características no puedo evitar pensar en alguna condición mental cociéndose bajo el fuego lento del martirio casero.
No puedo evitar proyectar sobre esa pequeña persona un futuro de traumas.
Por vivir el horror de ver a mi mamá en pijama suplicándome ayuda en plena madrugada, gané una membresía vitalicia en el club de los niños viejos.
Somos los que podemos escuchar una pena chirriando detrás del sonsonete de la cotidianeidad, un dolor desconocido pero persistente que se va asentando en el corazón de nuestras familias.
Algo no andaba bien con mi mamá y no parecía fácil de reparar.
Maldito momento para estrenar una habitación propia. La tenía por fin, pero ¿quién puede permitirse algo para sí misma cuando tiene que salvar a una madre depresiva?
¿Esa madrugada de verano empecé a convertirme en una nerviosa?