Las nerviosas 8
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Aprendí a evitar los espejos de mi casa.

De día, agachaba la mirada. Por las noches, no encendía la luz al entrar al baño.

No era por los granos, las costras o la alopecia, que por supuesto me habían convertido en alguien difícil de mirar.

Lo mío era otra cosa, un pálpito que se transformó en certeza: no podía justificar estar viva.

Y mi reflejo me recordaba que seguía aquí.

No se puede decir que no puse de mi parte. Lo hice, como pude. Y como el sistema de salud peruano me lo permitió.

Desde niña hasta mis veintes había desfilado por hospitales y otros centros de salud para atender mis dolores, mareos, estreñimientos y otros síntomas confusos. El mismo año del doctor Ironman, sin ir más lejos, había visitado al menos a otros cuatro médicos.

El primero fue un psiquiatra de un conocido centro privado de terapia psicoanalítica.

Cuando entré a su consultorio, además del psiquiatra, una suerte de Papá Noel bohemio, había un chico de lentes, de pie a su lado, en silencio.

El joven sostenía un lapicero y una libreta y tomaba apuntes mientras yo hablaba.

Nunca me explicaron qué hacía ahí, pero deduje que era un estudiante de Psiquiatría cursando el internado.

Me pareció un abuso de confianza. Tuve que aceptar, sin opción a reclamo, a un colado al espectáculo de mi arruinamiento.

El Papá Noel bohemio me propuso responder un cuestionario con el cual definiríamos si yo estaba o no deprimida.

Fueron unas diez preguntas, que encuentras en Google si tecleas «cuestionario, depresión, descarte».

Aparece también entre los resultados el «Cuestionario de salud del paciente-9 (PHQ-9)», que los médicos usan como apoyo para diagnosticar si un paciente está deprimido, a través de nueve preguntas.

No es un test infalible ni definitivo, pero varios estudios científicos lo califican como una buena guía.

Contesté más o menos a estas cuestiones:

¿Tienes poco interés o placer por las cosas?

¿Te sientes desanimado o deprimido?

¿Tienes problemas para dormir, mantenerte dormido o duermes demasiado?

¿Te sientes agotado o con poca energía?

¿Tienes problemas para concentrarte?

¿Has pensado que sería mejor estar muerto o que podrías hacerte daño?

Las opciones de respuesta: desde «nunca» hasta «casi todos los días». Naturalmente, respondí a la mayoría con «casi todos los días».

—Uy, estás grave, ah —dijo el Papá Noel bohemio, desparramado en su sillón, intercambiando miradas de conformidad con el colado a mi fiesta, que escribía en su libretita.

—¿Sí?

—Sí, sí, sí, deprimidísima.

La consulta duró en total unos veinte minutos.

Ese día me enfrenté una vez más a la impotencia de J.

O él tuvo que lidiar, otra vez, con lo que consideraba mi renuencia a ponerme bien.

Yo aún tenía cierta voluntad por recuperarme, si bien es cierto decaída.

Pero me resultó imposible confiar en el diagnóstico y el tratamiento de un psiquiatra —depresión grave, fluoxetina dosis diaria— que me sometió a un único cuestionario fugaz para determinar mi estado, invitó a un polizón sin advertirme nada al respecto y no dejó de chupar ruidosamente un caramelo durante toda la consulta.

—No paraba de hacer ese ruidito con la lengua, ¿no me entiendes? —le dije a J mientras caminábamos hacia el Larco Herrera, el hospital psiquiátrico más conocido del Perú.

El Víctor Larco Herrera tiene mala fama.

No solo es un sitio para los más enajenados, sino que es considerado el hos­pital psiquiátrico de los desquiciados sin dinero, los desequilibrados pobres.

El navideño personaje me mandó allí a comprar la receta de antidepresivos.

«Sí, sí, en su versión genérica», me dijo.

J y yo conseguimos la fluoxetina. Pero nunca la llegué a tomar. Creí que no estaba tan enferma.

La segunda médica a la que visité fue una nutricionista.

Yo quería comer saludable para dormir menos y no perder tanto pelo.

La nutricionista era más joven que yo, alta para el promedio peruano, delgada sin dejar de ser curvilínea y tenía una mirada de venado.

Me aconsejó que bajara tres kilos para alcanzar mi peso ideal.

Entonces yo tenía mi «peso depresivo», cincuenta y ocho kilos: me parecía un disparate adelgazar más.

Pero ella insistió con que mi índice de grasa corporal era elevado y otras razones que sonaban a justificaciones de alguien con un trastorno alimenticio.

Su programa dietético incluía tentempiés del tipo «6 almendras o 4 pecanas + un vaso de yogur light + agua de piña sin azúcar».

Imprimí el menú, lo pegué en la puerta del refrigerador y lo ignoré para siempre.

La tercera médica fue una internista obsesionada con la vitamina C.

«La vitamina C es un antioxidante muy potente», me dijo, como si diera por hecho que yo sabía lo que eso significaba.

Por supuesto, no lo sabía. El consultorio quedaba en un barrio de «Lima moderna».

Su tratamiento consistía en que me tumbara sobre una camilla a esperar que la vitamina entre a mi organismo por una vena del brazo.

Todo el asunto me pareció abstracto y caprichoso. Fui una sola vez.

La cuarta fue una médica en ayurveda. Nos la recomendó una pareja de amigos periodistas y yo no quería descartar ninguna alternativa. La médica me atendió en una extensa consulta por videollamada. Antes, me había pedido que le mandara un video de mi lengua.

—Tienes la lengua temblorosa —me dijo en la consulta virtual.

Para el ayurveda, la lengua es como el mapa del cuerpo humano.

Según la médica, el temblor y palidez de la mía me revelaban como una persona dominada por el dosha Pitta .

El ayurveda propone que el mundo está hecho de cinco elementos: éter, aire, fuego, agua y tierra.

Los tres doshas — Vata, Pitta, Kapha — combinan dichos elementos y son las energías que rigen el cuerpo, la mente y las emociones de la gente.

El dosha Pitta está regido por el fuego y, en menor medida, por el agua.

Si una persona con ese dosha se encuentra sana, es inteligente, lógica, líder.

En estado de desequilibrio, era alguien como yo.

Es decir, mi yo de ese entonces: quisquillosa, resentida, irascible, con acné y mala digestión.

Cuando era pequeña y paseaba con mi mamá por los hospitales públicos limeños, no imaginaba que llegaría el día de estar frente a una médica que me hablara de la potencia diagnóstica de una lengua.

La médica del ayurveda me cayó bien. Tenía un largo y nutrido pelo negro que, en contraste con mi incipiente calvicie, me hacía confiar en que ella sí sabía cuidar de su salud.

Pero empecé a dudar de su plan cuando me comunicó que la única forma de ponerme bien implicaba convertirme al vegetarianismo.

Nada de carne, ni siquiera un poco de pescado. Dudé, contradije. Terminé de decir que no cuando me prescribió ir a la cama como máximo a las nueve de la noche, todos los días.

—No puedo, trabajo como periodista.

—Bueno, entonces tendrás que intentar este estilo de vida cuando tu salud sea tu prioridad.

Sus palabras me hirieron, porque sentí que tenía razón. Si de verdad hubiera querido sanarme, ya habría sanado desde hacía tiempo. La culpa del deprimido.

Yo misma sé que parezco una mujer insufrible.

Incapaz de ceder, pesimista, marisabidilla, con tendencia al sarcasmo.

No voy a defenderme: eso soy. Pero la gran parte del tiempo es a mi pesar.

Reúno un conjunto de características que conforman un mecanismo trillado, pero más o menos certero.

Unas cuantas armas descargadas para disparar contra el dolor.

Agotada no, yo me encontraba exánime. Con la lengua afuera y el alma también.

Una creería que con un poco más de dinero se puede acceder a un mejor tratamiento médico.

Pero el sector público y el sector privado de la salud son, en esencia, muy parecidos.

Salvo la rapidez del acceso a los tratamientos, son igualmente incapaces de lidiar con lo inescrutable y el misterio de los cuerpos.

Decidí no intentar ni un tratamiento más. A J le dije que, en vista de los fracasos de mis atenciones médicas, había tomado la decisión de esperar por una mejora espontánea.

—Estoy cansada, no quiero seguir.

J me miró a los ojos, desconcertado, quizá iracundo. Balbuceó que se haría lo que yo quisiera.