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Feliz día por ser Rosa
Antes lo hacía en persona y me daba un abrazo. Ahora me manda mensajes por nuestro chat que incluyen uno o dos emojis de rosa roja.
Me había olvidado de que era tu santo.
Eres Rosa como santa Rosa de Lima.
El 30 de agosto se celebra el Día de santa Rosa de Lima, la primera santa del Perú y de América, patrona de la Policía peruana y de los enfermos de tuberculosis (la causa de su muerte).
Su nombre real era Isabel Flores de Oliva, pero la historia cuenta que fue renombrada por su madre debido a su belleza de flor colorada que la avergonzó hasta el ocultamiento.
Ese día es feriado nacional. La gente acude en multitud a su basílica y santuario, en el centro de Lima, para arrojar cartas con peticiones a un pozo del siglo xvii , la época en la que ella vivió.
Se supone que Rosa intercede ante Dios para cumplir los pedidos de los fieles.
En un paseo escolar de segundo grado de primaria, yo misma arrojé una carta a ese pozo de los deseos: pedí por mi familia y por seguir siendo una buena alumna.
Algunos dicen que los trabajadores del lugar luego retiran y botan todas las cartas a la basura.
Otros aseguran que jamás se ha hecho tal cosa y que aún queda espacio libre en el pozo de veinte metros de profundidad.
Me inquieta la imagen de un amasijo creciente de papel, expectativas y humedad.
Para mi madre, que reza a diario y va a misa todos los domingos, el 30 de agosto es además el día de mi santo. Es decir, de mi santa. Y una ocasión para celebrar la importancia de llamarme Rosa.
—Bueno, santa Rosa de Lima quizá sea una de las esquizofrénicas más famosas del mundo.
Hace unos años, un Día de santa Rosa solté esa perla en medio de un almuerzo familiar.
Mi madre me miró rabiosa, achinando los ojos.
Entonces yo aún tenía la edad de la jactancia necia.
Creía que ser rebelde implicaba decir siempre lo que piensas.
Por eso, cuando podía, le restregaba mi agnosticismo.
Solo me estaba haciendo eco de una hipótesis cada vez más popular: santa Rosa de Lima estaba mal de la cabeza.
Psiquiatras y psicólogos sostienen hoy que podría haber padecido de anorexia nerviosa.
O de paranoia mística. O de psicosis bipolar.
O de trastorno de personalidad limítrofe.
O de esquizofrenia. Rosa no vivía experiencias místicas, presentaba síntomas psiquiátricos.
Mi padrino Héctor, que también era muy católico, siempre llegaba a visitarnos con algo de plata y regalitos para nosotros.
Una vez me obsequió un libro enorme de portada rosada que en letras blancas decía Santa Rosa de Lima y su tiempo .
Durante unos años me dediqué a observar con curiosidad las pinturas de sus páginas.
Escenas y retratos de Rosa abatida, exaltada, sangrando, penitente, enfrentando al demonio en forma de perro, bordando con el niño Dios, en delirio místico.
Entre todas, reproduje en un cuaderno cuadriculado, con lápices de colores, una de las pocas obras que me parecieron alegres y juguetonas: una santa Rosa gorda de Fernando Botero.
Ese libro me enseñó las teorías sobre la salud mental de la santa peruana.
Así supe que, según varios estudiosos actuales, Rosa ayunaba, se alimentaba apenas a base de hostias, usaba un cinturón y una corona de hierro con espinas, dormía solo unas horas en una cama de palos, se colgaba de los pelos para no decaer ante el cansancio y se flagelaba decenas de veces al día.
No porque quisiera perfeccionar su alma para lograr la unión esperada con Dios, tampoco porque buscara expiar el dolor de los otros replicando el de Cristo en la cruz.
Rosa se castigaba porque era una enferma mental.
En su época también hubo quienes la tildaron de «triste» y «melancólica».
Al parecer, se lee en el librote rosado, Rosa cambió de confesor más de diez veces porque estos no terminaban de darle crédito a sus testimonios y ella no encontraba ni consejo ni alivio.
Los más alarmados sostenían que sus «arrobos» y «revelaciones» eran meros «delirios» y «sueños», «cosa de duendes y fantasmas», «ilusiones» y «espantos del diablo».
Alguna suerte de decaimiento interior solo reparable con medicinas.
Su propia madre, que no quería ser relacionada con la supuesta locura de la hija, le gritaba «hipocritona», «embaucadora», «santona» y «fingida».
Creyentes y no creyentes han analizado la complejidad de Rosa de Lima.
Los no creyentes alegan que era una mujer de la sociedad, la cultura y la religión de su tiempo.
Sus suplicios voluntarios, que ahora podríamos interpretar como propios de una persona trastocada, pueden responder muy bien al misticismo cristiano del siglo xvii .
Parece arriesgado achacar patologías actuales a personas de eras antiguas sin tomar en cuenta su contexto.
¿Qué es eso de dar diagnósticos psiquiátricos retrospectivos?
En toda esta discusión, solo una cuestión es segura y prevalece: nunca se sabrá la verdad. Si bien no se puede afirmar que Rosa sufría algún trastorno psiquiátrico, tampoco se puede decir que no los padeció.
Yo no puedo evitar encontrar las coincidencias.
Tal vez forzarlas. Pero debo aprender a vivir con la incertidumbre.
Aceptar que este deseo de saber es principalmente una exploración.
O incluso puede que solo sea un ejercicio de vanidad.
Una pintura mal reproducida con lápices de colores, sobre una hoja de papel cuadriculado, con un pulso impreciso y trazo infantil.
Descifrar el pasado mental de mi mamá y las nerviosas.
¿Acaso no estoy haciendo lo mismo que hacen los acusadores de Rosa, arrojando una interpretación anacrónica sobre la salud mental de las mujeres de mi familia?