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La primera vez que tomé ansiolíticos y antidepresivos tenía diecisiete años.
Fue en la época de los mareos crónicos: meses enteros arrasada por un vaivén extraterrestre en la cabeza y dolores de espalda.
Mis veintes los pasé adormecida por una espesa neblina mental que me hacía sentir estúpida.
No recuerdo haber estado lúcida durante ninguno de esos años.
Así viví hasta la mudanza, cuando se desató mi lado más feroz.
Durante esa progresiva caída, mi cuerpo se fue corrompiendo a una velocidad lasciva.
Había una creatividad traicionera en mi declive.
Mi pelo negro, largo y brillante, se caía por mechones.
Mi rostro se cubrió de un manto de espinillas y granos rojos de puntas blancas.
Los labios, agrietados y ardientes, me sangraban.
Por las tardes, me brotaban unas ronchas grandes en el cuello, los brazos, las piernas y la panza, y me rascaba como un animal pulgoso.
El síntoma más molesto de todos era el de la vejiga nerviosa.
Orinaba una, dos, tres, veinte veces al día en ambos baños de mi nuevo departamento del distrito cool de Magdalena del Mar.
Me volví una perrita asustada que intentaba reconocer ese territorio inhóspito.
Una cachorra nerviosa que quería apropiarse de su hogar a punta de orines y dolor.
Dormía alrededor de dieciséis horas al día, como los gatos, no era capaz de abrir las cortinas de mi cuarto, me bañaba una vez a la semana.
Me volví extremadamente lenta y torpe. Nunca dejé de trabajar, porque así me lo enseñó mi madre, que limpiaba en un estado mental alterado.
Yo escribía artículos periodísticos en posición horizontal: en los muebles, en la cama.
Como una de esas mujeres de las pinturas que aparecen desparramadas sobre sus lechos, con los rostros compungidos y algo de papada.
Mis libros y cuadernos seguían amontonados en cajas. El librero de la oficina que J había mandado a hacer especialmente para mí continuaba vacío. Él tomaba mi falta de entusiasmo por la decoración de interiores como una afrenta hacia nuestro proyecto de familia.
—Ni siquiera lo intentas —renegaba al verme inmóvil y sucia sobre la cama.
Yo intuía que su resentimiento maceraba día a día hacia lo insospechado. Pero en lugar de consumar su venganza por haber hecho suyo el sufrimiento ajeno, J me llevó de la mano al doctor Ironman.
El doctor Ironman era un médico popular en las redes sociales.
En su perfil de Instagram se describía con palabras como «epigenética», «bioneuroemoción», «nutrición», «yoga», «microbiota».
La buena salud, decía en un video corto, se logra con el equilibrio entre cuerpo, alma y espíritu.
Y con la recomposición de la microbiota intestinal.
Era un asiduo a las competencias ironman .
De ahí su sobrenombre. También porque tenía un cuerpo esbelto y fornido, como de armadura de superhéroe, que me parecía sexy.
Atendía en una de las clínicas más caras de Lima.
Ni J ni yo contábamos con tanto dinero. Nuestros trabajos de periodistas independientes rendían para pagar nuestros gastos, abonar las mensualidades vitalicias de nuestros papás y poco más; pagar las cuentas de los padres de la tercera edad es una obligación para los hijos adultos de familias pobres.
Aunque el último año se nos había ido el dinero en ginecólogos, endocrinólogos, urólogos, dermatólogos, nutricionistas sin conseguir mejorar ni un poco. Tenía que intentarlo.
Él era amable, risueño y olía a agua de colonia. Si hubiera estado sana le habría coqueteado.
Preguntó: «¿Qué comes en el día?», «¿cuántas veces a la semana haces deporte?
», «¿tu trabajo de periodista te causa mucho estrés?
». Y también: «¿Cómo es tu papá?», «¿y tu mamá?
», «cuéntame un recuerdo de tu infancia», «¿cuál es la historia de tu familia?
». Yo respondí algo como lo que escribió Abraham Valdelomar en su poema «Tristitia»: «Mi padre era callado y mi madre era triste y la alegría nadie me la supo enseñar».
La pregunta que más llamó mi atención fue la del origen de mis dos nombres.
—¿Por qué te llamas Rosa Elisa?
—Son los nombres de mi abuela y mi bisabuela.
—¿Tienes idea de lo que eso significa para ti?
Sonrió complacido y se tardó en contestar, creando cierta tensión antes de anunciar lo que le parecía inminente.
Me dijo que yo cargaba con un peso enorme por llamarme como dos de las matriarcas de mi familia, mujeres de tiempos duros y atribulados.
Los nombres tienen la energía personal de sus portadores, explicó, la cual trasciende más allá de sus muertes.
De hecho, su estirpe la recibe. Si los descendientes comparten el nombre de algún predecesor, ese traspaso es irrefutable.
Al llamarme como mis ancestras, que sufrieron privaciones de diversa índole, corría el riesgo de repetir el plato.
O tal vez ya me estaba devorando un banquete entero.
Yo, Rosa Elisa, nieta de Rosa, bisnieta de Elisa, era el recipiente del legado trastornado de las mujeres de mi familia.
Pero había forma de revertir el maleficio.
Y por suerte estaba incluida en su paquete médico, dijo el doctor Ironman: la bioneuroemoción.
Un método creado por un español, explicó, que consiste en cuidar la salud física y mental a través del entendimiento de los conflictos emocionales surgidos en la historia familiar.
Comprender los líos de tus antepasados para preservar la mente y el cuerpo.
Si bien está basado en disciplinas científicas, el método de la bioneuroemoción no es una terapia psicológica, ni médica. No da diagnósticos, ni tratamientos. Tampoco puede prometer curas de patologías psicológicas o biológicas. Sus detractores dicen que la bioneuroemoción es pura charlatanería.
En el consultorio de esta clínica cara, el doctor Ironman hablaba con condescendencia y superioridad, como suelen hacerlo algunos médicos ante sus pacientes abatidos.
Conozco todo tipo de médicos, los que tienen camisas de cuellos limpios y bien planchados; y esos médicos con mugre en las uñas largas.
Puedo reconocer sus mañas. Este doctor tenía la actitud del salvador de la salud.
El problema es que médicos así casi nunca han conseguido ayudarme.
Podríamos llamarle necedad, pero me cae mal la gente que cree saber más que yo sobre mi cuerpo y mi forma de ser.
Esta megalomanía parte de mi autoconciencia, de hiperracionalizar mis traumas.
Soy una campeona de la autopercepción porque soy una mujer traumada.
Por eso no creía en nada de lo que me decía el doctor Ironman sobre el poder de los nombres y la bioneuroemoción.
No me cuadraba ni su calculada amabilidad ni su explicación casi matemática sobre mi padecimiento emocional ni su ímpetu y ya ni siquiera sus tríceps bien definidos.
Además, el novedoso tratamiento iba a costar un par de miles de dólares.
Mientras trataba de convencerme de sus teorías dibujando en una hoja de papel unos diagramas de Ben —un círculo era mi abuela Rosa, otro era mi bisabuela Elisa y yo figuraba en el medio como la intersección maldita— supe que nunca más volvería a verlo.