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Mi mamá trabajaba limpiando casas. Siempre lo hizo para la familia o para amigos, gente que la quería o al menos la estimaba.
Cuando se habla del trabajo doméstico, es habitual usar las socorridas palabras comodín: la señora que «ayuda», la chica que nos «apoya», la «muchacha».
Más aún si empleador y empleado tienen algún tipo de vínculo afectivo o son familia.
En mi opinión, es un oficio que debe ser nombrado como cualquier otro. Mi madre era empleada doméstica.
Como la mayoría de las trabajadoras del hogar de Lima y cualquier otro sitio, optó por dedicarse a cocinar, limpiar y lavar porque no pudo hacer otra cosa.
La zapatería de mi papá y mis tíos quebró cuando mi hermano y yo éramos muy niños.
Mi papá decía «Fujimori nos jodió» y puede que tuviera algo de razón.
El «Fujishock» arruinó la economía de miles de peruanos en los noventa.
Pero la verdad es que él nunca fue muy bueno con el dinero.
En sus buenas épocas, cuando trabajaba como cobrador para otra zapatería —aún se vendían zapatos en «cómodas cuotas» a crédito y mi papá iba de puerta en puerta a reclamar a los deudores—, fue generoso con su familia.
También aprendió a tomar cerveza por montones.
Uno de sus pocos aciertos fue comprar una casa en San Martín de Porres, en el Cono Norte de Lima, un barrio fundado por migrantes andinos como él.
Cuando nos tuvo, su era de relativa bonanza ya había culminado y bordeaba la tercera edad.
Durante nuestra adolescencia, regentó un restaurante.
Él era el cocinero y el administrador. Un local de menús a tres soles cincuenta la porción, cerca de un óvalo de vendedores ambulantes de ropa, zapatos y cassettes piratas de tecnocumbia.
Mi padre trabajó allí, de lunes a domingo, por más de diez años.
Jamás lo vi descansar un solo día. Apenas daba el dinero suficiente para pagar algunas cuentas. El negocio nunca despegó.
Cuando mi papá quebró, mi mamá decidió buscar más sustento para nosotros. Tenía secundaria completa y un par de cualidades bastante propicias para la supervivencia de las personas sin fortuna ni influencias: resistencia física y poca vergüenza para servir a los demás.
Todos los domingos íbamos juntas donde la tía América.
Era la suegra de mi tío Fernando, uno de los hermanos mayores de mi mamá.
Vivía con su familia en una casa de dos pisos en un pasaje de Pueblo Libre, un barrio clasemediero más acomodado que el nuestro.
Mi madre se encargaba de limpiar la cocina, la sala y lavar la ropa a mano.
No era la primera vez que limpiaba allí.
A los veinte, cuando la abuela Rosa murió por una diabetes mal tratada, algo que no era infrecuente años atrás en los hospitales públicos peruanos, mi mamá se quedó a vivir definitivamente en Lima.
La tía América, cocinera del Club Sullana, gran artífice de tamalitos verdes y cabrillas fritas, la acogió en un cuartito por el que pagaba una módica pensión.
Por las mañanas, mi madre trabajaba como vendedora en la zapatería donde después conoció a mi papá.
Por las noches, lavaba los platos sucios, barría, enceraba los pisos o asistía a la tía en la preparación de algún bufé.
Décadas más tarde, volvió al mismo lugar conmigo.
Al principio era divertido. Mientras ella organizaba la despensa, enceraba los pisos o lavaba ropa, a mí me gustaba fisgonear.
Así conocí el cuarto donde durmió durante unos cuantos años de su juventud.
Quedaba al lado de la lavandería: era chiquito, sin ventanas, oscuro, el típico cuarto de servicio.
Estaba lleno de cajas de todos los tamaños y bolsas de plástico con cachivaches.
Un foco colgaba, lánguido, del techo. La imagen de mi mamá acurrucada en ese sitio me ponía triste y me asustaba.
La casa, por su parte, era como un museo familiar: el cuadro famoso del niño llorón que colgaba en el descanso de la escalera de la sala.
Una fila de pequeños ponys apostados en el borde de la ventana del segundo piso.
Las pelucas rubias de mi tía encajadas en unas cabezas de maniquíes sobre la cómoda de su cuarto.
O la muñeca bebé, con los ojos cerrados y los ropones color pastel tejidos por la tía, siempre acostada sobre la cama.
—Yo la quiero mucho. Ella es mejor que una hija de carne y hueso, ¿sabes por qué? —me preguntaba de vez en cuando.
—No, tía.
—¡Porque no jode! —decía y soltaba una carcajada.
Por las tardes, la discreta mujer de la limpieza subía a tender la ropa a la azotea y yo con ella.
Me gustaba mirar hacia las viviendas de los vecinos, me entretenía imaginando cómo eran sus vidas.
Una parte de una cocina que despedía olor a comino, un rincón del cuarto donde alguien se cambiaba la ropa, el borde de un patio con juguetes esparcidos sobre el suelo.
Completaba el resto de imágenes construyendo tramas en mi mente.
Era un vicio. Antes de irnos, veíamos en la televisión El gran juego de la oca en el cuarto de la tía América.
Luego, ella y mi mamá bajaban a la cocina.
—Ven, llévate esto —decía la tía mientras abría las puertas de los reposteros y sacaba alguna bolsa de lentejas o arroz.
—Gracias, tía.
—Y también esto, toma —y alargaba sus brazos blancos y gordos, pellizcables, para darle una lata de algo.
—Muchas gracias, tía.
—Para que coman los chicos —entornaba sus labios finos, pintados de fucsia o rojo vibrante.
—Ay, tía.
Cuando eres pobre te cruzas con dos tipos de personas: las que te tienden la mano, pero esperan tu servidumbre, y las que te asisten sin esperar a cambio tu sumisión. La tía América era de las segundas.
Para mí esos eran domingos entrañables, días especiales al lado de mi mamá, fuera de la rutina.
Al menos era lo que yo creía, pero para ella suponían largas y extenuantes jornadas de esfuerzo físico.
Mi madre tuvo hijos a una edad que en su época se consideraba tardía.
Cuando éramos niños, ella ya era cuarentona.
Su cuerpo se agotaba mucho más rápido con el trajín.
Una puede vivir con la vida rajada por años, décadas, sin notarlo. Hasta que llega el día en que te das cuenta.
Yo había aprendido a jugar yaces en los recreos del colegio.
Era la segunda mejor jugadora de la primaria.
Me sentaba en el suelo, lanzaba la pelotita de goma al aire y me apuraba en recoger las estrellas de metal, una por una, con una sola mano.
Muy rara vez fallaba, a pesar de haber sacado los dedos gruesos de mi papá.
Chancho, levis, pasadas, levis con palmadas, pasadas con palmadas, chinita, tacu tacu , cantábamos las niñas de los yaces.
Una tarde, después de volver de la tía América, le pedí a mi mamá jugar yaces.
Sabía que lo había hecho de niña. Yo quería que nos divirtiéramos juntas.
Había visto en Los años maravillosos (de cuyo protagonista, Kevin Arnold, creía haberme enamorado) cómo padres e hijos podían superar cualquier apuro y pasarla bien si estaban unidos.
En el camino, incluso, aprendían alguna lección que los volvía mejores personas.
Pero nosotros no éramos una familia de un barrio gringo clasemediero.
Insistí tanto que mi mamá se arrodilló con pesadez sobre las losetas blancas del corredor.
Tenía el ceño fruncido, las ojeras marcadas y las pecas marrones de su cara se veían grises.
Intenté impresionarla manipulando la pelota y las estrellas como sabía, con la destreza que me había hecho popular entre las niñas del colegio.
Pero ella bostezaba, entrecerrando los ojos.
Tal vez cuando llegué al nivel «tacu tacu» del juego , le dije que ya me había aburrido. Mi mamá se levantó como si algo de ella misma le pesara demasiado, se sacudió las rodillas y se fue a su habitación.
Yo no me había aburrido, solo entendí.
Cuando eres un niño pobre, aprendes muy rápido a rechazar los placeres infantiles, hasta los más discretos.
Mi hermano y yo esperábamos que tomara una siesta para convertirla en una muñeca gigante.
Entrábamos sigilosamente a su cuarto y alzábamos uno de sus párpados.
Qué satisfacción sentíamos cuando el párpado se abría a la fuerza, haciendo presión hacia abajo para cerrarse de nuevo.
Ella hacía la mueca de haber chupado limón.
—¡Les voy a sacar la mierda! —gritaba y nosotros salíamos corriendo, escupiendo nuestras risas.
Hasta a esos, que eran nuestros juegos favoritos, tuvimos que renunciar.