Las nerviosas 4
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A los treinta años tuve la peor crisis depresiva de mi vida.

El detonante fue una mudanza. J y yo volvimos a vivir juntos.

Habíamos convivido mientras estudiábamos un máster de escritura en Barcelona, pero regresamos a Perú endeudados, cada uno de vuelta al Cono Norte, donde nuestras familias.

Un año después estábamos mejor y pensando en qué distrito vivir.

Yo solo tenía una petición. Quedémonos en el Cono, rogué.

No quería apartarme de los mercados, las tiendas, los puestos de comida callejera, el ánimo del barrio. Él dijo que no.

Alquilamos un departamento en el piso seis de un edificio en plena avenida Brasil, en Magdalena del Mar. El punto medio entre un barrio tradicional y un distrito pituco. Un barrio cool.

Una mudanza es fastidio, pero también oportunidad.

Un nuevo comienzo. Nos queríamos y deseábamos cosas grandes para los dos.

La posibilidad de un hogar, por ejemplo.

Yo, sin embargo, lo sentía como una deslealtad.

Significaba rechazar, de alguna manera, el barrio, ocultar de dónde veníamos, negar a nuestros padres.

Estábamos cumpliendo al pie de la letra el plan que otros trazaron para nosotros.

Dos jóvenes coneros, periodistas, escritores, en su casita de «Lima moderna».

Dos jóvenes coneros que «progresan». Me mortificaba nuestra sumisión y complacencia.

No lo voy a justificar, fue una reacción desproporcionada.

La gota que derramó el vaso de una serie de episodios ansiosos y depresivos a lo largo de casi dos décadas de mi vida.

Desde mi regreso de España, la situación había empeorado: dolores extenuantes en el vientre, reflujo y úlceras estomacales, parálisis del sueño y sueño excesivo, un pesar venenoso.

Yo me quejaba de padecer del «esplín de la avenida Brasil».

La mudanza alcanzó en mí el poder destructivo de las debacles íntimas.

Para ser un comienzo, exigía la energía física y la solidez mental que siempre me habían sido esquivas.