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Cuando mi mamá habla de sus hermanas, tías, primas, sobrinas dice que todas tienen en común el «nerviosismo». Según su versión, varias de las mujeres de mi familia materna eran o son «nerviosas».
—Tú sabes que las Yacilas somos bien nerviosas —se queja cuando quiere justificar algunos de nuestros desequilibrios del ánimo o desbordes emocionales.
Mi mamá dice «nerviosas» como si se refiriera a una peculiaridad innata a la que debemos resignarnos.
Como si nuestro nerviosismo fuera una suerte de lunar de nacimiento, de esos inmensos e informes que una se quiere extirpar.
Un lunar mental que nos ha dejado con el ánimo marcado para toda la vida.
Una muestra: mi último año escolar. Mi mamá no paraba de trabajar limpiando, cocinando y lavando para los demás.
Comía poco y se quejaba mucho. Yo me sentía abatida, ansiosa y culpable todo el tiempo.
Al iniciar las clases, me sobrevinieron unos mareos crónicos que no se fueron sino hasta el verano siguiente.
Era como vivir flotando en el mar, pero sin saber nadar.
Le perdí el miedo a adolecer de algo letal y conocí el terror a padecer de lo indescifrable.
Comprendí que, por encima de cualquier mal físico, era víctima de los trucos ladinos de mi mente.
Cada vez que mi mamá dice «Tú sabes que las Yacilas somos bien nerviosas» a mí me provoca gritar «¡No, no sé, mamá!», porque en realidad no lo sé. Aún estoy intentando comprender las arbitrariedades de mi herencia emocional.
Pero en cambio respondo:
—Sí, mamá, ya sé que somos nerviosas.
La verdad es que mi madre no puede o no sabe explicar —no podemos, no sabemos— que las mujeres de su vida tal vez encarnamos un variado catálogo de trastornos depresivos y ansiosos. Mi mamá nunca dice:
—Somos ansiosas y depresivas.
Nuestro nerviosismo tiene su propia épica.
¿La historia más desoladora? La de mi tía María Esther.
«Maruja», como le decían, era la más hermosa y también la más nerviosa de sus hermanas.
Vivía con la constante paranoia de que una tragedia podía pasar en cualquier instante.
No quería salir a la calle porque temía sufrir un accidente de tránsito.
Entraba en pánico cada vez que iba al hospital público de Piura, donde nunca supieron tratar el mal pulmonar que la mató a los treinta y siete años.
Durante el camino, que duraba solo media hora y no suponía ningún riesgo, mi tía Maruja apretaba el brazo del conductor del taxi hasta dejarle marcas.
Mi mamá, incapaz de viajar sola a ningún lugar, dice que nosotras no somos tan nerviosas.