Las nerviosas 2
6%

2

Mis padres me pusieron Rosa porque mi abuela materna se llamaba Rosa. Y Elisa porque mi bisabuela paterna se llamaba Elisa. A finales de los ochenta, la época en que nací, las dos llevaban varias décadas muertas.

Mi papá y mi mamá dicen que mi nombre es un homenaje a las mujeres que me antecedieron. Yo, más bien, veo que edificaron dentro de mí un minicementerio familiar.

A lo largo de mi vida, he oído historias de la abuela Rosa y la bisabuela Elisa. Historias de generosidad, de ternura y de buena sazón.

También he escuchado relatos amargos de pobreza, sometimiento y enfermedad.

Mi bisabuela Elisa crio sola a sus cuatro hijos. Su primer marido se esfumó; el segundo era el borrachín de La Pampa, en el valle andino de Áncash, donde casi siempre brilla el sol. Con las cosechas de su chacra y unos cuantos animales, Elisa alimentó a su familia hasta que migraron a la capital.

A Rosa mi abuelo la encerraba al atardecer.

Era un hombre responsable pero controlador.

De sus doce hijos, solo la menor se quedó en Sullana, una ciudad en el norte del Perú, en la costa de Piura.

Esa niña fue mi mamá. Mi abuelo Tomás, excarpintero de una compañía petrolera, las mantenía a ambas con su exigua pensión de jubilado.

Todos los días se acostaba temprano, alrededor de las siete de la noche.

Antes, aseguraba la puerta principal y escondía la llave debajo de la almohada.

No consentía que su mujer y su hija andaran de noche por esas calles llenas de amenazas.

Mi mamá dice que muchas tardes ella y mi abuela se sentaban junto a la ventana de la sala a ver a los vecinos pasar, hasta que oscurecía.

El encierro de mi abuela Rosa era el encierro de mi madre.

La imagino saludando a sus amigas del colegio de mujeres por una rendija. Mamá lozana, mamá nariz de muñequita viviendo la vida a través de esa ventana por la que apenas entraba el aire caliente del mundo y la luz desaparecía lentamente.