Las nerviosas
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No me gusta mi nombre. Siempre me ha parecido feo, anticuado. De pequeña pensaba que Rosa era una señora sufrida y achacosa, no alguien como yo. En el colegio, otra niña confirmó mis sospechas:
—Mi mamá dice que tienes nombre de vieja.
Entonces yo ansiaba tener uno de esos nombres que, a inicios de los noventa, estaban de moda en Lima y me parecían muy femeninos y pertinentes: Stephanie, Fiorella, Sheila, Katherine. En cambio, Rosa rimaba con «cosa», que puede ser lo que sea. Todo y nada. Una generalidad sin sustancia ni emoción.
Para acrecentar mi precoz complejo, mi familia, profesores y amigas preferían decirme «Rosita».
Yo intuía que usaban el diminutivo porque mi nombre les parecía una suerte de llamado de atención, un estruendo que anunciaba una mala noticia.
«¡Rosa!», dos sílabas que se oyen como ladridos rabiosos.
La tosca combinación de la erre, la ese y las dos vocales abiertas.
«¡Oh!», «¡Ah!». La sorpresa, pero también el horror.
En el jardín de niños firmaba mis trabajos —el dibujo de un pato, un sapo, una mariposa de bolitas de papel crepé— como «Rossy». A veces, escribía «Rossi» y en lugar de hacer un punto en la «i» dibujaba un corazón.
Un día, la profesora le contó a mi mamá sobre la crisis de identidad más temprana de mi vida. Entonces me preguntó por qué escribía «Rossy» o «Rossi» en las hojas de mis tareas. Por qué no usaba mi nombre.
—¿No te gusta?
Era el nombre de su mamá, mi abuela, podría haberle dolido. Pero no me estaba haciendo un reclamo, ni siquiera lo intentó. De todos modos, me sentí descubierta, atrapada en el consabido acto de fingir compostura en los momentos de agitación. Sentí vergüenza y ganas de llorar.
La pregunta de mi madre me hizo intuir algo que pronto se volvería una convicción: ciertos detalles de mi vida, de quién era yo, me disgustaban y, sobre todo, me entristecían.
Tenía cuatro o cinco años, pero ya empezaba a cultivar un tenaz extrañamiento.
Cambiar mi nombre en el jardín de niños fue mi primer ejercicio de ficción. El primer intento de ser otra persona. Una chica ligera y animada. Alguien con un corazón encima de su nombre.