Las naves de Tarsis La fiesta de Sopdet #4
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La fiesta de Sopdet #4

Una ola descomunal de un color casi negro, inmensa, se precipitaba sobre Tarsis, ensombreciéndolo todo a su paso.

La montaña líquida, más alta que el montículo que sostenía la ciudad, devoraba el puerto y las calles con su base oscura e insaciable.

Sobre su cresta, la espuma blanca se encrespaba, formando un techo ominoso que se cernía sobre la plaza, amenazando con tragarse todo lo que allí existía.

Krysaor seguía derrumbado sobre el trono, como si el caos a su alrededor le fuese ajeno, como si ya nada le importase.

La ola se extendió implacable, anegando la plaza y las gradas.

Cuando el agua finalmente le alcanzó, la indiferencia de su rostro dio paso al pánico y la angustia, y abrió de golpe sus ojos, llenos de terror.

Durante un instante, permaneció inmóvil, dejando que el agua lo envolviera, como si aceptase el abrazo mortal del mar.

Pero, al sentir la falta de aire, la desesperación se apoderó de él y comenzó a luchar frenéticamente, intentando nadar hacia la superficie.

Sin embargo, era un hombre sin fuerzas, incapaz de oponerse al remolino, que lo arrastraba sin piedad.

Sus manos se alzaban, buscando la luz que se desvanecía, pero solo encontró la oscuridad del abismo.

Al sentir la tromba de agua, Akálide se replegó y retrocedió hacia el interior del solio que cubría el trono.

En su horrible faz se revelaba el miedo.

Al recibir las primeras gotas que le cayeron desde el palio, su boca emitió un bisbiseo que resonó de manera extraña.

Con cada contacto del agua, su cuerpo comenzó a cambiar.

Se alargó y adoptó la forma de una serpiente que se retorcía como si la quemaran.

Toda ella se contorsionó, tornándose en un reptil extraño, enorme, monstruoso, asqueroso, de piel escamosa, amarilla y negra, que se arqueaba al notar el agua y se alzaba sobre el templo, el palacio y la arena.

Su nuevo cuerpo, ahora de ofidio, se retorcía con cada gota y sus fauces abiertas emitían una sibilancia que heló la sangre de quienes la escuchaban.

La monstruosa figura intentó elevarse una vez más para escapar del agua, pero el mar la alcanzó, arrastrando su forma escamosa y retorcida.

Akálide, la serpiente, se debatía desesperada.

Daba la impresión de que su cuerpo se quemaba al contacto con el agua.

Y, al fin, la criatura sucumbió, despedazada por la fuerza de la marea, disuelta en la espuma, arrastrada hacia el fondo de una sima, y desapareció en las profundidades de un abismo infernal que reclamaba su alma.

Mientras todo aquello ocurría, Nel se había levantado del ara con el corazón martilleándole en el pecho.

Vio que el sol se oscurecía de repente y, en ese instante, advirtió que el mar se alzaba sobre la ciudad.

Quizá fue uno de los primeros en divisar la ola colosal avanzando con furia, como un monstruo líquido desatado.

Con un esfuerzo ímprobo, se levantó sobre su pie herido.

El dolor lo desgarraba, pero lo ignoró. El laber había caído a su lado y el verdugo, inmóvil, no tenía ojos ya para el reo.

Nel quiso huir. Se debatió inútilmente, intentando liberarse de las ataduras que oprimían sus muñecas.

Había escapado del filo mortal del hacha, pero ahora algo peor, algo imparable, se aproximaba.

Se sentía impotente mientras el agua comenzaba a caer sobre el palio y el ara de los sacrificios.

Seguía preso. Y entonces, en un instante, el agua lo cubrió.

La fuerza de la ola lo arrolló como un gigante invisible y lo arrastró.

Eyrén, al darse cuenta de que la ola lo envolvía, gritó su nombre, pero su voz fue ahogada por el rugido del maremoto.

Desesperada, con furia, espoleada por la ansiedad, corrió hacia Nel, sus ojos fijos en su figura, que era arrastrada por el oleaje como una hoja en medio de la tormenta.

Era consciente de que Nel no podría nadar.

Se daba cuenta de que no podría salvarse porque estaba atado, y esa visión la aterrorizó más aún que la propia ola.

Sin vacilar, se abalanzó hacia las lanzas caídas de los guardias. Agarró una de ellas con manos temblorosas, pero decididas. El agua ya la rodeaba, enfriando su cuerpo y arrastrándola hacia el abismo. Pero Eyrén no cedía.

—¡Ayúdame! —La voz de Nel surgió como un eco ahogado por el agua, desesperado.

Eyrén, presa de una determinación salvaje, nadó contracorriente hacia él.

La ola los cubría a ambos, arrastrándolos hacia las profundidades, pero Eyrén no se detuvo.

Con el filo de la lanza, comenzó a cortar las cuerdas que mantenían a Nel prisionero.

El agua los hundía cada vez más, y cada segundo que pasaba la presión, la falta de aire y el frío del mar se volvían más insoportables.

Ambos sabían que estaban al borde del abismo, pero luchaban, aún en medio de la tormenta, aferrándose a la vida, mientras el caos los envolvía. Había llegado el fin de Tarsis y también el suyo.