Tras la caída
Olas inmensas, una tras otra, arrasaron la ciudad de los tres diques y la cubrieron para siempre en un solo día, en una sola y fatídica noche.
Montañas de agua asolaron muelles, estuarios, embarcaciones, y ahogaron a las gentes llanas del pueblo, a artesanos, guerreros, sacerdotes, nobles y plebeyos.
No hubo distinción en la muerte. Nada quedó de la otrora hermosa ciudad del occidente.
Todo fue tragado por un océano hambriento, que devoraba lo que una vez fue orgullo y esplendor.
A la orilla del estuario solo llegaban cadáveres, despojos de una civilización que ya no existía.
Las naves de Tarsis se hundieron en el caos.
Aquellas que estaban lejos nunca más regresaron porque el puerto mismo había dejado de existir, borrado del mapa como un sueño evanescente.
Las riquezas, los tesoros acumulados en sus bodegas, las mercancías que fluían en abundancia, los marinos y timoneles que guiaban las embarcaciones, los calafateadores, los guerreros que protegían sus rutas…
, todos se perdieron en el corazón de los mares en aquel amargo día, el día de su ruina.
En las playas que rodeaban el estuario, donde los cuerpos eran arrojados como despojos por la marea, algunos que parecían cadáveres no lo eran.
Entre los muertos emergían figuras que, contra todo pronóstico, seguían respirando.
Eran los porenna, los atletas, los que por su fortaleza física habían resistido el embate del mar.
Bajo las aguas, se habían debatido como guerreros en su última batalla, nadando contra la furia del océano, desafiando al abismo.
Nel fue uno de los primeros en levantarse.
Lo hizo con dificultad, tambaleándose sobre su pie magullado, mientras sus músculos, tensos y agarrotados, se rebelaban tras el esfuerzo titánico de resistir bajo el agua.
Su cuerpo temblaba no solo por el frío, sino también por la intensidad del horror que acababa de presenciar.
Se enderezó lentamente, con la mirada perdida en el horizonte, donde ahora se distinguía una línea continua, allí donde antes se alzaban los tejados de oricalco de su ciudad, los altos muros de la arena, el templo y el palacio. Solo quedaba el eco de la tragedia.
Observó lo que lo rodeaba. Junto a él seguían restallando las enormes olas, ahora en retroceso, que les habían lanzado hasta la arena de las dunas que bordeaban el lago Ligur.
Más allá, en los arenales cercanos a los alcornocales, los porenna se erguían vacilantes, sus cuerpos debilitados por la lucha contra el océano furioso.
A lo lejos, en el lago se formaban olas y más olas.
El agua era una gran caldera en ebullición.
En el centro, y durante unos instantes, Nel aún pudo divisar las últimas edificaciones altas de la ciudad.
Poco a poco se fueron desmoronando: terrazas y casas de nobles y menestrales, inundadas por el agua, hundiéndose sobre sí mismas hasta desaparecer como un gran barco que naufragaba en una tempestad tumultuosa e incontrolable, tragada por la furia implacable del gran lago Ligur.
En la playa seguían rompiendo las olas, un oleaje fuerte en un lago inmenso que, con cada golpe, borraba lo que un día fue Tarsis.
Todo parecía derretirse bajo el oleaje. De fondo resonaba un silbido atroz, como el último aliento de una serpiente moribunda, un eco de la criatura que había causado tanto mal.
Las ruinas de la ciudad desaparecieron y el centro del lago borboteaba, enviando olas cada vez menos elevadas.
Poco a poco, ya no quedó nada en el centro del lago.
La ciudad había desaparecido por completo, pero el oleaje recordaba que debajo de aquel lago se ocultaba ya para siempre el misterio de su existencia.
El cielo se había tornado gris, tal vez por la polvareda, tal vez por las inmensas columnas de agua que habían sido lanzadas hacia lo alto.
Nel, dolorido y con enorme fatiga, intentó caminar buscando supervivientes entre los cuerpos caídos a su alrededor.
Con cada paso, el dolor de la pierna se volvía más intenso, una punzada constante que le recordaba la brutalidad del desastre.
Pocos pasos más allá yacía una mujer de cabellos castaños mojados por el agua del mar y enredados con la arena. Era la misma mujer que lo había arrastrado, la que lo había salvado, la mujer a la que amaba y a quien debía la vida. Pero ahora yacía inmóvil sobre la arena. Parecía muerta.
Era Eyrén, tendida boca abajo sobre la playa.
Al reconocerla, Nel sintió un golpe de angustia en el pecho, como si el aire le faltara.
A pesar del tormento que cada movimiento infligía a su pierna herida, se lanzó hacia ella, casi arrastrándose, con el corazón latiendo desbocado.
Se arrodilló a su lado y con manos temblorosas la tocó.
Su piel estaba fría. Una punzada lo atravesó como una cuchilla.
Contuvo el aliento mientras la giraba lentamente, enfrentándose al terror de lo inevitable.
Cuando le dio la vuelta, contempló su cara pálida, los labios quietos, como si todo aliento de vida hubiera escapado de ellos, los ojos cerrados, ajenos al clamor de su desesperación, e inmóviles, pues ya no respiraban.
Anochecía; el último rayo de sol del atardecer del día después del desastre bañó el rostro muerto de Eyrén.
Nel la acarició suavemente y, con voz rota, gritó su nombre.
Entonces, un suspiro débil, un aliento leve, salió de su boca.
Al notar el roce de la mano de Nel sobre su rostro y el sonido de su voz, los párpados de Eyrén se entreabrieron lentamente.
En sus ojos apareció una débil chispa de vida, una luz en medio de la tragedia.
Sus labios iniciaron una sonrisa tenue, apenas esbozada…
En medio de la angustia del fin de un mundo, aquella sonrisa lo llenó de esperanza, el único resplandor en un día de sombras.
Nel la abrazó y la ayudó a incorporarse.
El tiempo pareció detenerse. Los dos permanecieron allí, abrazados, dándose calor mutuamente, en silencio, aferrándose el uno al otro en medio de la devastación más absoluta.
Pero el mundo seguía su curso. En las últimas luces del crepúsculo, las olas inmensas continuaban estrellándose contra las dunas y la ribera del lago.
Eyrén, débil aún, sostuvo a Nel, y ambos recorrieron con sus miradas el paisaje de desolación que los rodeaba.
Y entre los cadáveres comenzaron a reconocer a sus compañeros: Rob, Yako, Aziz y tantos otros.
A cada rostro familiar que encontraban, una oleada de alborozo henchía sus corazones.
Reían y lloraban al saberse mutuamente vivos.
Los antiguos porenna fueron formando un pequeño grupo.
Exhaustos y abatidos, se refugiaron en el interior, donde los pinares y alcornocales formaban una barrera natural que contenía el avance del agua.
Sin fuerzas para hablar, agotados, se fueron dejando caer uno a uno sobre la arena bajo las copas de los pinos.
La noche oscura y envuelta en la bruma que había levantado el terremoto ocultaba las estrellas.
El relente de la noche los envolvía con su fría humedad, calándoles hasta los huesos.
Ninguno podía hablar, con el alma oprimida por el peso del desastre.
Solo algún sollozo quebrado rompía el tenso silencio que reinaba en el pinar.
Gradualmente, el agotamiento y el dolor se apoderaron de ellos.
El sueño les rindió, un sopor profundo e inevitable que, por un momento, les hizo olvidar la tragedia que habían dejado atrás.
Transcurrieron quedamente las horas oscuras de la noche y clareó el alba.
Las nubes, que el día anterior habían cubierto el cielo con su manto gris, se disiparon, dejando ver las luces del amanecer.
Tonos rosáceos, bermellón y malva iluminaron el cielo entre los pinos y trajeron consigo una sensación de calma, de perdón, de plenitud.
El estruendo de las olas había cesado y en su lugar un canto suave, el de las avecillas que revoloteaban entre las ramas de los alcornoques y los pinos, llenaba el aire.
Los trinos de gorriones y ruiseñores mitigaban la profunda pena de los supervivientes por un mundo que se había hundido.
Nel, cojeando y apoyado en Eyrén, caminó hacia la ribera del lago, sus ojos escudriñando la orilla con la desesperanza que acompaña a quien desea encontrar lo irrecuperable.
El agua continuaba devolviendo cuerpos a la orilla, arrastrados por las corrientes.
Buscaba desesperadamente algún otro superviviente.
A lo lejos, cerca de la orilla, un cuerpo oscuro se movía empujado por la fuerza del mar.
Cuando se acercó y se arrodilló junto a él, comprobó que era un hombre vestido con harapos. Era Cidón.
—Viejo amigo… —susurró Nel, acariciando suavemente el rostro frío e inmóvil del hombre—. Cuánto hemos pasado juntos… A cuántos has salvado…
Pero Cidón no respondió. Sus ojos, apagados, ya no verían más.
Nel inclinó la cabeza. El dolor que lo embargaba era tan profundo que no le permitía hablar. Eyrén, que seguía a su lado, le rozó el hombro en una muda caricia y entonces él se levantó y se abrazó a ella, buscando consuelo, sin poder contener las lágrimas.
Nel se separó de Eyrén sin soltarle la mano cuando varios hombres de piel oscura se les acercaron. Entre ellos, distinguieron a Sahrik, rodeado por un grupo de esclavos de las minas. Todos se congregaron en torno a Nel y, con gesto solemne, doblaron la rodilla ante quien consideraban un dios.
Cuando se levantaron, con palabras llenas de orgullo, narraron cómo Sahrik había salvado a muchos en la cueva, guiándolos a un lugar seguro cuando todo a su alrededor se desmoronaba.
Con respeto y reverencia, Sahrik y los otros le dijeron a Nel que estaban dispuestos a seguirlo.
No sabían adónde iría, pero confiaban plenamente en él.
Nel y Eyrén sumaron los esclavos al grupo de porenna.
Consiguieron reunir un grupo de unas veinte personas.
El hambre los obligó a comer bellotas caídas de los alcornocales.
Al principio apenas hablaban. El silencio se había apoderado de sus almas.
Pero con el tiempo las palabras comenzaron a fluir, primero tímidamente y luego con fuerza.
Hablaron de la destrucción de Tarsis, del fin de su mundo.
Después no podían parar de recordar lo sucedido.
Sus voces, quebradas por el dolor, estaban llenas de incertidumbre mientras intentaban imaginar un futuro.
Pasó un nuevo día y llegó la noche. Al ponerse el sol, un reguero de luz dorada se dibujó sobre la superficie del lago, cruzándolo hasta la playa.
En ese momento, de especial intensidad, y sin ponerse de acuerdo, los supervivientes entonaron el himno al sol, todos a una, buscando en Atón su amparo.
Al finalizar, el silencio envolvió al grupo de supervivientes hasta que de pronto, en la desembocadura del estuario, divisaron algo.
Ante Nel, Eyrén y sus compañeros se alzaba una isla a la entrada de la bahía. Una isla que Nel conocía bien, la misma que, en su niñez, había avistado desde el hermoso palacio de Argón, ahora destruido, de la mano de una ninfa del ocaso.
Nel, con el corazón desbocado, gritó con voz ronca:
—¡Hesperia!
El grupo entero enmudeció ante la visión. Sus ojos se llenaron de asombro y de temor reverente. Y entonces, en ese momento de expectación, una voz profunda y resonante, como el eco de un trueno lejano, atravesó el silencio.
Era la voz del dios Atón.
Cuando regrese la estirpe del desterrado,
guiada por el ave blanca,
conducirá a los últimos fieles
a las islas de la inmortalidad.
La voz del dios enmudeció, dejando un eco que se apagaba en el más allá.
En ese mismo instante, la visión de la isla en el horizonte comenzó a desvanecerse lentamente, envuelta por la bruma del ocaso.
El sol, en su lento descenso, bañaba el cielo en tonos dorados y rojizos mientras las olas del mar, ahora calmo, lamían suavemente la playa, como si la misma naturaleza quisiera consolar a los pocos que habían sobrevivido.
Nel supo en ese momento cuál sería su destino, uno que completaba el que Eteria un día le había revelado.
La promesa del dios era clara, tan clara como la verdad que ardía en su corazón.
Su misión sería reunir a los fieles, a aquellos que todavía creían en Atón, y esperar el retorno de los proscritos, la estirpe de Nórax.
Solo entonces podrían emprender el camino hacia las islas de la inmortalidad, el último y eterno destino del pueblo góidel.
Nel lo aceptó como una misión. Ese era su sino, el que siempre había estado destinado a cumplir.
Alentado por la revelación, estrechó la mano de Eyrén con una firmeza nueva, una determinación que solo la fuerza del propio dios podía conferir.
La luz del crepúsculo fue difuminándose frente a ellos.
Se hizo completamente de noche y las estrellas fueron apareciendo en un cielo límpido y esplendoroso.
Y entonces, cuando el último resplandor del sol ya había desaparecido, una aurora boreal iluminó el cielo.
Resplandores vibrantes de verde, rosa, púrpura, rojo y azul ondulaban y danzaban como velos de seda, formando arcos, espirales y cortinas que se dirigían hacia el norte, hacia el lugar donde los esperaban las islas de la inmortalidad.
Y por un instante, por encima de la aurora boreal, brilló un cometa de luz blanca, en forma de pájaro, que les indicaba un camino.
Nel miró a lo lejos y sintió que de allí llegarían naves que lucirían el trisquel en las velas, las naves de Tarsis, adonde regresarían los proscritos para emprender juntos el camino hacia la isla de la inmortalidad.