La fiesta de Sopdet #3
Eyrén, presa de la desesperación, logró zafarse de los guardias que la detenían en la arena.
Quería estar junto a él en aquel último momento.
Perseguida de cerca, pudo subir por las escaleras que conducían al altar, pero justo en la plataforma, ya muy cerca de Nel, los guardias bloquearon su paso con lanzas cruzadas.
Eyrén luchó por atravesarlas, pero fue inútil.
Detrás de las lanzas, sus ojos se encontraron con los de Nel en un instante de conexión mientras la sombra del sacrificio se cernía sobre ellos.
Nel apoyó el cuello en el ara, de frente a la arena, mirando al pueblo.
La plaza entera se levantó angustiada, todos a una, mientras el verdugo armado con el laber se colocaba junto a Nel.
De las gradas surgió una petición de clemencia, se oyeron lamentos, gritos de horror, pero Krysaor no era ya capaz de nada, estaba derrumbado.
Las hierbas que consumía, el dolor por el rechazo de su hijo y el control que Akálide ejercía sobre él, y que iba más allá de lo que nadie pudiera pensar, lo habían convertido en un pelele, incapaz de dar un golpe de mando, impotente ante las propias leyes feroces que él mismo había impuesto.
El silencio en la plaza se hizo aún más denso, cargado de una angustia insoportable, cuando el verdugo levantó el laber y el filo brilló al sol del atardecer.
La figura de Nel, con el cuello apoyado en el ara, arrodillada, era un desafío.
Su mirada estaba fija en la multitud, como si quisiera grabarse en la retina a aquel pueblo por el que había luchado.
Por todas partes, en la plaza, gritos de súplica y horror de la multitud colmaron el aire, pero la sacerdotisa, imperturbable, mantenía el brazo alzado, su rostro endurecido por la determinación de consumar el sacrificio.
Krysaor, desde el trono, se desmoronó y, sintiéndose incapaz de cambiar el destino de su hijo, las lágrimas brotaron de sus ojos opacos. Era un espectador más de la tragedia que él mismo había contribuido a desencadenar, atrapado en la red de poder y sumisión tejida por Akálide.
Antes de que el laber cayera, Nel, con los músculos tensos, alzó la voz en un último grito de desafío y súplica. Su llamada, dirigida al dios que aún brillaba en lo alto, sobre una ciudad que se desplomaba en su propia corrupción, resonó como un trueno en la plaza:
—¡Protégeme, dios Atón, tú que brillas todopoderoso en el cielo, y limpia esta ciudad podrida!
El grito de Nel pareció rasgar el aire, vibrando con una fuerza que sacudió a quienes lo oyeron.
El laber descendió velozmente, buscando el cuello expuesto, mientras los últimos rayos del sol se reflejaban en la hoja mortal.
Y en ese instante, cuando el filo estaba a punto de encontrar su objetivo, la tierra, con una violencia aún mayor que antes, volvió a temblar, y esta vez el altar mismo se sacudió y el cielo pareció crujir.
El arma vibró en las manos del verdugo antes de caer al suelo, donde se estrelló contra la piedra del altar con un sonido metálico y seco.
Nel seguía con el cuello apoyado en el ara, respirando agitadamente, sin comprender muy bien lo que acababa de ocurrir.
Pero, al alzar la vista hacia el sol, sintió en su interior la presencia del dios al que había invocado, como si el cielo mismo se hubiera abierto para escuchar su súplica.
El sol, que se acercaba al horizonte, pareció intensificar su luz, proyectando una llamarada dorada sobre el canal central del puerto y sobre la ciudad.
Un ruido, semejante al de un trueno, profundo y estremecedor, retumbó bajo la arena y la columna que sostenía Tarsis crujió zarandeando los cimientos de la ciudad.
Se desató un viento huracanado que barrió la plaza y levantó el polvo y las ropas de los asistentes, agitados como hojas en una tormenta.
La multitud, presa de la fascinación y el pavor, apenas se percató del cataclismo que se desataba a su alrededor.
La mirada de Akálide se volvió salvaje, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.
Sus labios se movieron en un susurro desesperado mientras apuntaba al verdugo para exigirle que retomara su tarea.
Pero él, con los ojos desorbitados y las manos temblorosas, retrocedió un paso, mirando a Nel con una mezcla de temor reverencial y espanto.
Krysaor, desde el trono, lo observaba todo con los ojos muy abiertos, como si percibiera algo más allá del mundo visible, algo que le había sido revelado en ese instante.
El suelo bajo sus pies temblaba y la ciudad que tanto había tratado de dominar ahora se desmoronaba a su alrededor, como si la tierra misma hubiera decidido liberarse de su yugo.
Y en medio de ese cataclismo, Nel, aún apoyado en el altar, se levantó lentamente con la mirada fija en el sol, consciente de que, aunque el fin era inevitable, había algo más poderoso que el odio que Akálide y Krysaor habían sembrado.
Toda la ciudad se sacudía. Los pináculos del templo se resquebrajaron hasta desplomarse.
El techo del palacio real se hizo añicos y las casas más altas se derrumbaron.
El sol se oscureció, cubierto por una sombra inmensa: una montaña de agua se abalanzaba sobre Tarsis.
Un rugido atronador llenó el aire mientras el cielo se volvía gris y pesado.
Todos los presentes se giraron, horrorizados, al ver la colosal masa de agua avanzando hacia ellos.