Las naves de Tarsis La fiesta de Sopdet #2
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La fiesta de Sopdet #2

En lo alto, Akálide se retiró el velo que le cubría el rostro.

Este, marcado por arrugas y manchas, exhibía una sonrisa de victoria, una mueca de satisfacción.

Había esperado mucho ese momento, y ahora la desgracia de Nel parecía otorgarle la venganza que tanto ansiaba.

Krysaor, como despertando de un trance, pareció salir del estado de obnubilación, producto de las hierbas que consumía y de la influencia maligna de Akálide.

Sus ojos se agrandaron al ver la escena y la palidez cubrió su rostro mientras se levantaba del trono.

Con voz trémula, pero a la vez firme, ordenó que se ejecutase la suerte suprema sobre el toro.

Los guardias, con lanzas en la mano, se abatieron sobre el animal, condenado a muerte.

Le clavaron lanzas en la cerviz y el toro, derrotado, cayó de rodillas sobre la arena y murió lanzando un bramido.

Entre el polvo y la sangre, el cuerpo del animal fue arrastrado fuera de la vista de la multitud y un silencio pesado envolvió la plaza.

La tensión en las gradas era palpable. Los soldados del templo descendieron a la arena con pasos firmes y rápidos, rodearon a Nel y le ataron las manos.

Después intentaron que caminase hacia el ara, pero su tobillo roto le impedía mantenerse en pie.

Dos de los soldados, más corpulentos, lo sujetaron por las axilas, casi arrastrándolo mientras subían la escalinata que llevaba al altar.

Nel no opuso resistencia. Su rostro expresaba una mezcla de resignación y de dolor.

A medida que lo alejaban de la arena, Nel miró atrás.

Entre los guardias que la rodeaban, reteniéndola, distinguió los ojos de Eyrén, llenos de lágrimas, que lo seguían con una muda desesperación.

Aquella mirada, rota por el sufrimiento, le atravesó el alma, pero Nel no pudo hacer nada más que dejarse llevar.

La plaza entera contuvo el aliento. Todos los ojos se clavaban en el altar de la diosa, observando el avance de los soldados que arrastraban a Nel.

Cada paso hacia arriba, cada escalón que ascendía en volandas, resonaba en unos corazones fríos y endurecidos por la brutalidad que gobernaba sus vidas, avivando algún rescoldo de humanidad oculto en ellos.

La sombra de la tragedia se extendía sobre la multitud como un manto oscuro de silencio.

El silencio se hizo aún más opresivo cuando Nel, con dificultad, se acercó al altar.

Se volvió al pueblo. Y era tal su poder que ninguno de los guardias ni de los sacerdotes se atrevió a oponérsele.

Sus manos temblaban, pero su mirada permanecía firme, como si cada palabra que iba a pronunciar fuese un desafío directo a la misma esencia de la plaza y a quienes la dominaban.

Alzó las manos hacia el cielo, donde el sol de la tarde aún brillaba débilmente, y con una voz profunda y resonante, que parecía surgir de lo más hondo de su ser, habló ante un pueblo enmudecido:

—¡Pueblo de Tarsis! —Su voz atravesó el aire, cargado de tensión, y el eco de sus palabras reverberó entre los muros de la arena—. ¡Mirad en lo que os habéis convertido! ¡Mirad la sangre que baña esta tierra, una tierra que hace mucho tiempo fue un lugar de esperanza y de vida!

Los ojos de la multitud estaban fijos en él, algunos con furia, otros con miedo, pero muchos con un brillo de duda, como si una chispa de algo olvidado despertara en sus corazones.

—¡Os habéis dejado arrebatar la libertad, la dignidad!

—continuó Nel, su voz creciendo en intensidad—.

¡Habéis dejado que una reina que se esconde tras velos y un rey que ha olvidado su deber os conviertan en cómplices de su codicia!

¡Mirad alrededor, sentid la tierra temblar bajo vuestros pies!

La misma tierra que un día fue fértil ahora se desmorona por dentro, y ellos, los que se ocultan tras los altares, son los que la están destruyendo.

El pueblo guardaba silencio, pero la tensión iba en aumento con cada palabra de Nel, como si la verdad, tan temida y evitada, comenzara a rasgar el manto de sumisión que los cubría.

En lo alto, Akálide se mantuvo quieta, observándolo todo con una expresión que oscilaba entre la ira y la sorpresa.

Krysaor, por su parte, se inclinó hacia delante, los ojos abiertos de par en par, como si al fin despertara de un largo letargo.

Entonces las palabras de Nel revelaron la verdad oculta en su vida:

—¡Pueblo de Tarsis! Soy Nel, capitán de porenna .

Pero hay algo que no sabéis de mí. Soy nieto de Gerión, soy hijo de la luz, de una hespéride, Eglea, la más hermosa de todas…

, a quien no llegué a conocer… porque mi padre, ese hombre que está en el trono, ¡la mancilló en un tiempo en que eso significaba la muerte para ella!

—Esta última palabra sonó como un grito angustiado y doloroso—.

Y fue condenada igual que yo lo soy ahora.

Krysaor manchó el Jardín de las Hespérides y me engendró a mí abusando de una de ellas.

Años después las deshonró a todas afirmando que eran brujas —la voz de Nel tembló recordando a Eteria—, y no eran sino seres de luz que protegían Tarsis.

Desde que se fueron, nuestra civilización se hunde.

Krysaor se levantó del trono con un gesto de desesperación y ahogó un grito de dolor. En ese instante, un ruido como de lluvia, como un silbido penetrante, comenzó a oírse mientras los cimientos de la ciudad se estremecían. El movimiento hizo que el mar retrocediera con violencia.

Nel, apoyado en el altar, continuó hablando mientras su voz resonaba en las gradas:

—La tierra tiembla, el mar se mueve, los pilares del cielo oscilan y llega el fin.

Porque ese hombre, ese hombre que es mi padre, arrasó la isla de los bienaventurados, donde vivían las vestales.

Mató a Gerión, mi abuelo, un rey justo. Extrae el oro que se oculta bajo la ciudad y por ello la está hundiendo.

¡Os ha comprado a todos! Voy a morir, pero, como hijo de una hespéride, soy vidente.

Veo el futuro como solo lo ve un vidente en el momento de la muerte.

Esta ciudad está condenada… y va a desaparecer de la faz de la tierra.

Muchos moriréis, pero llegará un día en que el ave blanca regresará y alguien os conducirá a una isla con bosques frondosos, una llanura bajo la niebla, a un lugar nuevo…

Pueblo de Tarsis, creed en mis palabras.

La tierra volvió a temblar y esta vez las graderías de la plaza se sacudieron con fuerza.

Era como si el templo, el palacio, la arena…

, toda la ciudad estuviese hundiéndose en la tierra entre violentas sacudidas.

Krysaor se levantó del trono palideciendo.

Su rostro se volvió casi blanco mientras miraba a Nel con una mezcla de sufrimiento y terror.

Junto a él, Akálide, con el rostro desencajado, gritaba con una ira desbordante, señalando a Nel como el causante de la tragedia:

—¡Matad al blasfemo! ¡Este cataclismo es culpa suya! ¡Sus palabras han desatado la ira de la diosa!

Pero, mientras las acusaciones de Akálide resonaban en la plaza, el temblor de la tierra continuaba y el miedo se extendía como una sombra entre la multitud, que comenzaba a comprender que el destino de Tarsis se estaba cumpliendo frente a sus ojos.

Krysaor, obviando a Akálide, gritó en voz alta, pero temblorosa, como de beodo, agarrado a la balaustrada frente al trono. Solo los más cercanos en la plaza escucharon sus palabras, llenas de un extraño anhelo:

—¡Nel! ¡Hijo mío! ¿Por qué nunca has querido aceptar lo que te correspondía? Todo era tuyo… Aún puede serlo…

Pero las súplicas de Krysaor quedaron ahogadas en el caos. Akálide, con el rostro descompuesto y los ojos desorbitados, gritaba como una posesa, consciente de que había perdido el control sobre Krysaor. Señaló a Nel con el dedo tembloroso y la voz rota por la furia:

—¡Miente! ¡Ejecutadlo! ¡Acabad con él de una vez!

La orden resonó como un trueno en la plaza, donde el rugido del mar y el retumbar de la tierra se mezclaban con los gritos de la reina y el terror creciente de la multitud. La tensión crecía, y el destino de todos se deslizaba hacia el abismo.

Krysaor retiró la vista de la plaza y se derrumbó en el solio real.

Nel era lo único que le había dejado Eglea, la que había muerto por su culpa.

Desde que lo había reconocido en la plaza, siendo ya adulto, como capitán de porenna, siempre había deseado recuperarlo.

Pero Nel lo había rechazado una y otra vez porque nunca había podido perdonarle que hubiese asesinado a Gerión.

Tampoco la corrupción que había introducido en la ciudad, y mucho menos los cultos salvajes a la diosa.

Nel, educado por Eteria, criado por Nórax y entrenado como un porenna, saltador de toros, se sentía ajeno a aquel padre cruel.

Ahora Eyrén lo entendió todo. Por fin comprendía por qué Krysaor admiraba a Nel y lo protegía, por qué trataba a toda costa de salvarlo.

Aquel hombre brutal y despótico, a quien todos temían y odiaban, había albergado en lo más profundo de su ser un afecto noble y paternal, acompañado de un remordimiento que jamás pudo expiar.

La tierra continuó vibrando, cada vez más fuerte, como si los cimientos mismos de Tarsis se desmoronaran bajo la ira de un poder infernal.

La reina, de pie ante la multitud, con el rostro desencajado, alzó la voz por encima del estruendo y gritó que el temblor cesaría con el sacrificio de Nel.

Sus palabras, como un veneno, se infiltraron en los corazones de los presentes, sembrando una última esperanza desesperada: que la muerte de aquel hombre pudiera detener el desastre.

El cuerpo de Nel se tambaleaba mientras los guardias lo empujaban inclinándolo hacia el altar sanguinolento de la diosa. No opuso resistencia, pero cada paso era un tormento; el dolor de su pie torcido lo obligaba a apoyarse pesadamente en los brazos que lo arrastraban.