Las naves de Tarsis La fiesta de Sopdet
97%

La fiesta de Sopdet

Los días antes de Sopdet, Nel había estado dudando.

El capitán de porenna había intentado hacer las acrobacias sobre el toro con diversas atletas, pero se enfadaba a menudo porque no lo seguían como él quería.

Nel no hacía más que ensayar, a todas horas, porque así liberaba la rabia que sentía en su interior.

No podía ayudar a los esclavos de las minas…

Ya no, desde que habían cerrado el portillo en la taberna y detenido y torturado a muchos que eran amigos.

No podía ayudar a los suyos, a los góidel, que habían huido siguiendo sus recomendaciones o se escondían cobardemente.

No podía hablar con Eyrén, profundamente afectada tras la muerte de Kalios.

Si tras la muerte de Kalios se había sentido rota por el dolor, ahora, desde la ejecución de Siwi, había enmudecido por completo. Tenía miedo, un terror ciego. Presentía que podía ser la próxima en caer bajo el laber .

Eyrén entrenaba diariamente junto a los otros, y su estilo era casi perfecto, pero Nel no se fiaba de ella.

Lo había visto antes: un atleta ágil y bien preparado, pero con bajo estado de ánimo, que erraba en el ejercicio porque en el fondo deseaba fallar para morir bajo el toro.

Eso era lo que le había sucedido a Kalios. No quería que le ocurriese a Eyrén.

Dos días antes de Sopdet, Eyrén esperó a que Nel terminara el entrenamiento matutino para acercarse a él. Estaba agotado y le caían gotas de sudor por la frente. Con voz temblorosa, sin alzar la vista, como si cada palabra le costase un esfuerzo enorme, le hizo una petición.

—Déjame saltar contigo en la fiesta. Hace un año que Kalios… y yo saltamos por primera vez en un espectáculo.

Él enmudeció unos instantes, con los ojos fijos en ella, tan esbelta, ágil y bien formada.

La luz del dios solar arrancaba destellos caoba de su cabello oscuro mientras bajaba las largas pestañas, que le rozaron las mejillas enrojecidas por el rubor.

¡Por Atón! En ese instante, lo entendió: se dio cuenta con claridad de cuánto la amaba; de que, pese a toda la oscuridad que los rodeaba, ella era como una luz, la fuerza de la vida.

Pero Eyrén no alzó la vista. No vio la mirada de amor que Nel le dirigía. Solo percibió el peso de su silencio y el vacío de las palabras no dichas.

—El baile es mi vida… —balbuceó Eyrén.

Nel la sujetó con firmeza por los hombros, pero pronto aflojó la presión y soltó una de las manos para intentar, con un dedo tembloroso, levantarle la barbilla para que lo mirase. Anhelaba un momento de conexión, deseaba que pudieran hablarse, que ella dejase de ocultar lo que sentía.

—¿Estás bien? ¿Crees que puedes hacerlo? —Su voz era un susurro, cargado de preocupación y de urgencia.

Pero Eyrén le apartó las manos con un gesto brusco y se alejó de él sin despegar la vista del suelo.

Nel fue incapaz de seguirla. La observó alejarse mientras una sensación de impotencia lo atormentaba.

No sabía qué hacer. Percibía que la sombra del miedo la envolvía y temía que ese miedo la hiciera cometer un error fatal, un paso en falso sobre el toro, una caída de la que podría no regresar.

Sin embargo, antes de mediodía, un emisario de los sacerdotes se dirigió a Nel.

Con voz seca y con frialdad, le transmitió un mandato tajante e ineludible, una orden que partía de la misma Akálide: debía formar pareja con Eyrén.

La gente de Tarsis exigía ver de nuevo a la pareja de saltadores, la favorita del público, enfrentándose al toro en la gran fiesta de Sopdet.

Nel miró al emisario con desesperación. Cerró las manos apretando los puños y un fuego de frustración ardió en su mirada.

Estuvo a punto de enfrentarse a él, pero sabía que ante una orden así no podía negarse.

Sintiendo hervir la indignación dentro de sí, con un esfuerzo ímprobo bajó la cabeza: no tenía elección.

Volvieron a ensayar juntos. Sobre la arena, repitiendo una y otra vez los ejercicios, sintieron que un estímulo de vida prendía en sus cuerpos agotados, en sus mentes angustiadas.

Mientras ejecutaban una y otra vez los rizos, tirabuzones, vueltas y cabriolas, la mente de ambos se mantuvo en blanco.

El tiempo precedente, tan doloroso, desaparecía y, aunque fuera unos instantes, olvidaban el peso del dolor y la sombra del miedo que los perseguía.

No hablaban entre ellos, pero en cada salto, en cada roce, en cada mirada, algo mágico fluía.

El gran día se aproximaba. La estrella Sopdet brillaría sobre el templo mientras el gran rayo del sol de atardecer cruzaría el estuario, la entrada del gran canal central, hasta alcanzar la arena donde Kalios había muerto, donde Siwi había caído herida, donde habían apresado a Loria.

Eyrén trató de no pensar y decidió que solo quería bailar para el dios.

Desde el eclipse, se había vuelto más piadosa, ella que nunca lo había sido en exceso.

No se debió solo al misterio del eclipse, durante el cual había sentido algo sobrenatural, la cercanía de un poder divino, sino también el recuerdo de Kalios, cuya piedad sencilla hacia el dios solar había dejado una huella profunda en su corazón.

Se llenó de esperanza. La fiesta sería un acto de alabanza al sol y sintió que, a pesar de todo el mal que los rodeaba, el dios podría salvarlos.

Por más que el rey Krysaor hubiera querido cambiar las costumbres, la fiesta de Sopdet era, ante todo, una fiesta solar, y ella la había vivido así siempre, desde niña en su poblado y ahora en la arena de Tarsis.

Creía más que nunca en un dios poderoso.

Cuando Eyrén y Nel salieron a la plaza y recorrieron el ruedo cogidos de la mano al son de una música endiabladamente rápida, la multitud se levantó enardecida aplaudiendo con entusiasmo. Para la gente, los dos atletas eran figuras casi divinas, capaces de desafiar lo imposible.

El ritmo se volvió aún más trepidante y, con un estruendoso golpe de tambores, se abrieron las puertas del toril de par en par.

De allí saltó a la plaza un toro descomunal de color pardo con manchas blancas, un animal magnífico.

Eyrén lo había visto la tarde anterior, e incluso había soñado con él.

No sintió miedo; algo la hacía sentirse segura.

Cerca de ella, Nel, firme, decidido, la animaba.

En cuanto pasó por su lado, se subió de un salto sobre el lomo del toro, que levantó sus patas traseras para arrojar al suelo a aquella figura que lo incomodaba.

Eyrén se aferró a los cuernos y, con un movimiento ágil y preciso, se elevó y giró sobre sí misma ejecutando un tirabuzón vertical que arrancó un jadeo de asombro en la multitud.

Cayó lejos y culminó su salida con una doble voltereta.

El toro bramó enfurecido, pero Eyrén estaba ya fuera de su alcance, clavada con los pies juntos sobre la arena, y abría los brazos y se inclinaba en una reverencia frente al público que la aclamaba.

Cuando Eyrén terminó su ejercicio, le tocó el turno a Nel.

Tras realizar acrobacias sobre el suelo, saltó sobre el toro y aterrizó de pie sobre el lomo, desafiando la inestabilidad que le provocaban las sacudidas del animal mientras sus patas corrían sobre la arena.

Después el toro, cada vez más furioso, inició un trote rápido, casi desbocado, por la plaza con Nel manteniéndose erguido sobre el lomo.

Al pasar junto a Eyrén, Nel extendió su mano.

Ella la tomó con firmeza y, por un instante, esbozó una sonrisa fugaz.

Juntos se colocaron como estacas sobre el animal mientras este seguía intentando tirarlos, sin éxito.

Eyrén saltó por los aires en una pirueta perfecta y Nel la atrapó en pleno vuelo, su mano aferrando la de ella mientras la mantenía suspendida y con las piernas extendidas en vertical.

En un momento preciso, ella giró de nuevo en el aire y él la atrapó por un pie.

Eyrén arqueó el cuerpo dibujando una curva imposible, de tal modo que las manos le rozaban los propios pies, mientras Nel la sostenía así curvada sobre aquel toro que se movía sin parar.

El público contenía la respiración observando cómo Nel lanzaba a Eyrén hacia arriba y la recogía con la delicadeza de un ritual antiguo, como si fuera una pluma.

Cada movimiento era ejecutado con la perfección y la gracia de un arte milenario sobre el lomo del toro, que no cesaba de saltar bajo ellos, indomable.

El espectáculo era perfecto, y la propia Eyrén disfrutaba del éxtasis de la danza.

Fue solo un segundo, un instante en que Nel, embriagado por la felicidad de verla así, de compartir un momento de plenitud, perdió la concentración.

Sus ojos se detuvieron en el rostro de Eyrén, iluminado por la felicidad.

Y, entonces, todo se desmoronó. En un giro impreciso, Nel cayó mal sobre uno de sus pies y sintió un dolor agudo que le recorrió la pierna.

El tobillo cedió bajo su peso y se torció de una forma antinatural.

Intentó ocultar la cojera, fingir que todo seguía igual, pero su cuerpo lo traicionó.

Un grito de dolor se le escapó de la garganta y resonó en la plaza con un eco amargo.

Nel tropezó y cayó al suelo. Las gradas se llenaron de murmullos y voces, y los atletas contuvieron la respiración, testigos de la caída de aquel que parecía imbatible: el capitán, el que les había adiestrado, les había corregido tantas veces y siempre se había preocupado por ellos.