Las naves de Tarsis El final de Nórax
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El final de Nórax

Aldair, Farkán y Gael, junto con el resto de los góidel, regresaban a Avaris tras sofocar una revuelta de los pueblos cananeos.

Habían vencido a los rebeldes. La comitiva atravesó las calles.

Hombres y mujeres morenos, de baja estatura, salieron a recibirlos y se agolparon a su paso.

Una vez más, contemplaban con asombro a los guerreros góidel, altos y de piel clara, a quienes muchos consideraban semidioses. Algunos decían que eran gigantes.

En el palacio del faraón Apofis buscaron al jefe de los mercenarios, un hombre bajo y de nariz aguileña llamado Saruret.

Mientras Gael relataba lo ocurrido en la campaña, Saruret escuchaba con un gesto en apariencia impasible, aunque se frotaba una mano contra la otra, nervioso.

Las victorias de los góidel eran también méritos ante el faraón.

Gael ordenó a Aldair que condujese a las tropas de regreso a la ciudadela mientras él rendía cuentas ante el visir. Pidió a Farkán que lo acompañara.

Siguieron a Saruret por los corredores del palacio.

Durante el trayecto, el jefe de mercenarios les interrogó sobre el número de enemigos y la disposición de los campamentos cananeos.

Gael respondía con frases breves. No le agradaba aquel hombre, a quien consideraba astuto y servil.

Sentía que su único superior era el visir.

Atravesaron un peristilo de columnas pintadas en rojo y azul.

Cruzaron pasillos con lucernarios que proyectaban una luz tenue.

Después caminaron por salas decoradas con escenas de toros sagrados y atletas saltándolos.

Los hicsos adoraban al toro tanto como cretenses y tartesios.

Al fin llegaron a la estancia del visir.

Los esperaba recostado sobre amplios cojines, elevado en un estrado.

Se inclinaron.

—Hijo de Nórax, bien has correspondido a la acogida que mi señor os brindó cuando llegasteis al país de Khemet, desterrados del lugar donde se oculta el sol.

El noble faraón Apofis necesita cada vez más de vuestros servicios.

Muchos se levantan contra él. Habéis vencido a los cananeos; meses atrás derrotasteis a los tebanos.

Las tribus de Canaán llevan años hostigando las minas de turquesa, y había que ir a la guarida del ladrón. Vosotros lo habéis hecho.

El visir, tras interesarse por los detalles de la campaña, les entregó una bolsa repleta de piezas de oro como recompensa.

Gael aceptó el pago con una incomodidad creciente.

Desde la llegada de Ibath a la ciudadela, todo cuanto procedía de Apofis le producía rechazo. Sentía que servía a una fuerza oscura. Sin embargo, los góidel tenían en el reino del faraón su hogar, y su padre, tan enfermo, no podía abandonar Avaris.

Acompañado por los suyos, regresó hacia la ciudadela.

El camino discurría entre palmeras cimbreantes, vegetación exuberante, tierras de labranza negras y campesinos que saludaban a los guerreros a su paso.

Cuando Gael llegó a la ciudad de los góidel, varios hombres acudieron a su encuentro.

Nórax agonizaba. Subió corriendo las escaleras del palacio y, atravesando patios y corredores, llegó hasta la cámara de su padre.

Al entrar en la estancia, lo vio tendido en el lecho: el almirante de las naves de Tarsis yacía rodeado por los capitanes que habían compartido con él el exilio. Según la costumbre, debían acompañarlo hasta el instante final.

Nórax permanecía inconsciente y parecía ajeno a todo.

Pero de pronto abrió los ojos. Gael cayó de rodillas junto a su padre y le besó la mano.

Nórax movió la cabeza y sus ojos se posaron en cada uno de los capitanes: Aldair, Farkán, Kenna y los demás hombres que habían seguido sus pasos durante años.

Después levantó la mano con esfuerzo e hizo un gesto. Gael comprendió y exclamó:

—Dejadnos solos.

Hubo murmullos de protesta. Amaban a Nórax. Querían permanecer junto a él hasta el final. Era la tradición, pero Gael se mostró inflexible, y finalmente uno a uno fueron saliendo.

Aldair se quedó atrás, el último de todos. Antes de cruzar el umbral, miró al viejo capitán y sus ojos se humedecieron, conmovido hasta lo más íntimo de su ser.

Cuando la puerta se cerró, el silencio ocupó la estancia. La luz descendía desde el techo de alabastro y proyectaba sombras sobre las paredes. Nórax levantó lentamente una mano para señalar una ménsula de madera situada frente al lecho sobre la que descansaba un cofre.

Gael se acercó y abrió el cofre. Vio dentro una hermosa piedra preciosa. Intuyó que aquello era lo que quería su padre y lo sacó.

La luz del techo iluminó la hermosa gema, que resplandeció reflejando la luz solar. Gael la acercó a su padre, quien recibió su fulgor. Entonces, Nórax consiguió hablar.

—Escúchame… —Su voz era apenas un hilo—. Júrame que llevarás a los góidel de regreso al occidente.

Gael asintió.

Nórax cerró los ojos unos instantes. Parecía reunir fuerzas.

—No podrás hacerlo solo… —Respiró con dificultad—. Busca a la hija de Areté. Busca a Ziwatt.

Gael sintió un estremecimiento.

—Lo haré.

El anciano pronunció unas palabras que apenas eran un susurro:

—La reconocerás porque cuando pongas la piedra en su mano… esta brillará como una estrella…

Gael asintió.

—La encontraré.

La piedra comenzó a pulsar lentamente, como si respirara.

El pecho de Nórax se agitó; el aire entraba y salía de sus pulmones con dificultad.

Cada respiración era más dificultosa que la anterior.

Poco a poco el ritmo se volvió irregular.

Inspiraba. Se detenía. Volvía a respirar.

Cada pausa era más larga. Hasta que llegó una última, y ya no hubo otra.

El rostro se relajó. La nariz se afiló. La boca quedó apenas entreabierta. La mirada, fija en un punto invisible.

Gael apretó el puño de la mano derecha, donde tenía la piedra, con dos dedos de la mano izquierda bajó los párpados de su padre y después, con la palma, le cerró la boca. Lo besó en la frente. Se arrodilló junto al lecho, bajó la cabeza y se entregó al llanto.

No supo cuánto tiempo pasó apretando la piedra entre las manos y llorando.

Finalmente se levantó, depositó la piedra de nuevo en el cofre y lo cerró.

Respiró hondo, apretó de nuevo los puños y recuperó la compostura.

Con un grito, llamó a los demás. Los capitanes, los sirvientes, las mujeres de la casa y los nobles entraron en silencio.

Aquel pueblo, tan unido por el destierro, se congregó en torno al que había sido, durante tantos años, su guía.

Cantaron el himno al sol delante de su señor, que partía hacia la isla de los inmortales.

Kenna lloraba en silencio. Se mantuvo inmóvil durante largo rato, con las manos juntas sobre el pecho, repitiendo una oración en voz baja, como si sus palabras fueran una ofrenda invisible.

Farkán, que había sido testigo de muchas muertes, no hallaba consuelo.

Permanecía firme, con la cabeza gacha y la mandíbula tensa, como si intentase contener lo que ya no podía ocultar: la pérdida de aquel que le había enseñado a dirigir a su clan.

Aldair, por su parte, se mantuvo mudo varios días.

En los días siguientes se organizaron los ritos funerarios.

Todo el pueblo góidel acudió al templo de Atón, que el mismo Nórax había ordenado construir en medio de la ciudadela, un templo abierto al cielo, a la luz del sol.

En el centro se dispuso el catafalco. Doce guerreros condujeron el cuerpo sobre los hombros, cubierto con el estandarte del trisquel.

Cuando el sol descendió hacia el horizonte, Gael extrajo de una faltriquera la piedra de Jafet y la sostuvo frente al sol de poniente. La última luz del día incidió en el cristal. Entonces surgió un haz silencioso, una llama pura, que prendió la pira funeraria.

Todos contemplaron el fuego mientras las llamas crecían muy lentamente.

Aldair estrechó el brazo de Gael.

—Cuando ejecutaron a mi padre, el tuyo me prohijó. Ahora me siento huérfano de nuevo. —Su voz tembló—. Tu madre me pidió que cuidara de ti. Tu padre quiso que fuese tu mentor. Siempre estaré a tu lado.

Se abrazaron y permanecieron en silencio frente a la pira.

El fuego ya consumía lentamente el cuerpo de Nórax cuando, mientras las llamas se elevaban, ocurrió algo que nadie advirtió.

Nórax sintió que abandonaba su cuerpo. Ascendió sobre la ciudadela, sobre Avaris, sobre los brazos del Nilo.

Atravesó el gran mar, y vio costas, islas y puertos; todas aquellas aguas por donde había navegado.

Vio el río Tarsis. El gran lago Ligur estaba vacío.

Comprendió que el tiempo de aquella tierra terminaba.

Su espíritu siguió hacia el norte. Pasó junto a la desembocadura del Tagus y del Douro.

Las rías. El cabo del fin del mundo. Se sintió ligero y libre.

Llegó a las Casitérides. Entre las islas apareció un lugar cubierto por brumas, que atravesó.

Al otro lado halló playas doradas donde la luz era suave y había gente aguardándolo.

Vio a su madre. A Argón. Más allá estaban Feder, Kendal, Sedric y los antiguos compañeros.

Los rostros brillaban de alegría. Todo dolor había desaparecido.

Las olas golpeaban la orilla. Y entre la espuma de una gran ola que estalló sobre la arena surgieron tres figuras, tres jóvenes doncellas: una de cabello rubio casi blanco, otra que lo tenía de color dorado y por último, detrás de todas, alguien que hizo que el corazón de Nórax se paralizase, un ser de luz…

Nórax comprendió.

Hesperia había vuelto a él.

Y mientras él alcanzaba aquella claridad, el mundo que dejaba atrás comenzaba a derrumbarse.