El eclipse
Eyrén vivía atormentada por la culpa. No podía siquiera mirar a Nel, y lo eludía siempre que podía, incapaz de soportar su presencia.
Sin poderlo evitar, se reafirmaba en que él y ella eran los responsables de lo sucedido.
Una vez tras otra, volvía a su mente el momento en que había mirado a Nel, deseándolo, y Kalios lo había advertido y había acabado perdiendo el equilibrio.
Kalios había sido como un hermano, como su otro yo, y la pérdida la desgarraba por dentro.
Cuando daba vueltas por la pista, por los dormitorios, en la playa, le parecía verlo, como si su sombra la persiguiera.
Lloraba continuamente y no podía dormir.
Las noches se le hacían interminables, pobladas de recuerdos que la atormentaban.
Nel no se atrevía a consolarla, y ni siquiera era capaz de acercarse a ella. No le decía nada, consciente de que cualquier palabra sería inútil, y temía que su presencia solo avivara el dolor de Eyrén.
Los otros atletas lo observaban todo en silencio.
Suponían que la muerte de Kalios había afectado profundamente a Eyrén; al fin y al cabo, ambos provenían del mismo poblado de la meseta, y corría el rumor de que habían sido amantes.
Aunque nadie se atrevía a mencionarlo, el vacío que Kalios había dejado era palpable, y no solo en Eyrén, sino en todo el grupo.
Kalios, tan cercano, alegre y servicial, había sido alguien muy querido, y por eso la tristeza de Eyrén se sentía como una herida abierta que afectaba a todos.
Durante un tiempo, Nel impidió que Eyrén volviera a actuar.
El público la reclamaba con insistencia, porque le encantaban los números que había realizado tanto con Kalios como con el propio Nel.
Muchos decían que era la mejor pareja que el capitán de porenna, ídolo indiscutible de las gentes de Tarsis, había tenido sobre la arena.
Los espectadores recordaban con admiración los bailes que ambos habían improvisado sobre el toro: Nel, pura fuerza, habilidad y destreza, y Eyrén, ágil y ligera como el viento.
Sin embargo, el capitán de porenna sabía bien que, para bailar frente al toro, era tan importante la preparación física como la anímica, y no quería arriesgarse a sacar a una atormentada, muy destrozada e insegura Eyrén a la pista.
Por eso tomó la difícil decisión de reemplazarla y eligió a otra para bailar sobre el toro: Siwi.
Eyrén se enfadó. Se sentía relegada y celosa: no podía soportar ver a Nel haciendo con otra persona muchos de los números que habían compartido, sobre todo con otra mujer.
La imagen de Siwi ocupando su lugar la llenaba de celos y frustración.
Aunque su primera reacción fue desafiante, impulsada por el enojo y la impotencia, enseguida intentó ocultar sus sentimientos tras una máscara de aparente indiferencia.
Pero en su interior, cada movimiento que veía, cada salto que antes había sido suyo, la consumía.
En un principio parecía que la simbiosis que se había establecido entre Siwi y Nel funcionaba perfectamente. Los números se desarrollaban con fluidez, quizá sin la agilidad maravillosa de Eyrén, pero con eficacia y soltura.
Sin embargo, Nel no permitía a Siwi intentar algunos de los movimientos más peligrosos que había realizado con Eyrén poco tiempo atrás, especialmente el temido triple salto hacia delante, el mismo que había provocado la trágica muerte de Kalios.
A medida que pasaban los días, Siwi se fue notando más suelta, más segura.
Quería emular los éxitos de la que había sido su predecesora.
Anhelaba demostrar su valía y ganarse la admiración del público y, más que nada, el respeto y aprecio de Nel.
La sombra de Eyrén pesaba sobre Siwi, y la necesidad de estar a su altura o incluso superarla se fue convirtiendo en una obsesión.
Un día, sin previo aviso, al finalizar un número que había salido con cierta fluidez, Siwi decidió arriesgarse.
Intentó el triple hacia delante y, al aterrizar, cayó mal.
Aunque Nel, con reflejos rápidos, evitó que el toro la cornease, el daño ya estaba hecho.
Cuando Siwi cayó al suelo, sintió un tremendo dolor: tenía una pierna fracturada.
El silencio se extendió por la arena. Todos sabían lo que eso significaba.
La arrastraron por la escalera que conducía al altar, agarrándola entre dos guardianes, porque el dolor en la pierna la incapacitaba para caminar.
Gritó aterrorizada. Al llegar a la parte superior de la escalera, Siwi alzó la vista hacia la imponente figura de la diosa.
Los ojos de la deidad, fríos y crueles, parecían abrirse sedientos de sangre mientras una sonrisa sin alma se dibujaba en su rostro inmóvil.
Siwi se estremeció al sentir bajo su cuello el frío del altar, húmedo y pegajoso, de sacrificios anteriores.
En un instante, el laber segó su cuello. No sufrió.
Cuando las llamas de la pira funeraria subieron hacia lo alto, Eyrén, en su interior, lloró la muerte de su amiga y se arrepintió de haberla envidiado.
Comprendió que podría haber sido ella la que estuviese en el altar.
El miedo la envolvió, y fue presa de una angustia profunda que la hacía temblar.
Por su parte, a Nel le pareció que la iniquidad perpetrada con Siwi extinguía el fuego que aún mantenía en su interior, apagando la ilusión que alguna vez había sentido por la vida.
La fidelidad al dios, que siempre había sido su sostén, su refugio en los momentos más oscuros, se tambaleaba.
La rabia lo consumía, y por sus venas fluía un torrente de frustración y dolor que no podía contener.
Entonces puso el puño en alto, como si estuviese amenazando al mismo dios. Muchos lo vieron.
Akálide se levantó de su asiento real, con su mirada oscura y penetrante clavada en Nel.
Un instante de silencio precedió a una carcajada de la reina, desagradable y maligna, que resonó en toda la arena de Tarsis.
La risa de Akálide, angustiosa como el eco de la muerte, parecía dedicada no solo a Nel, sino a la tragedia misma, como si el sufrimiento ajeno fuera un mero entretenimiento para ella.
Aquella risa resonaba en los oídos de todos mientras Nel permanecía con el puño en alto, inmóvil, su desafío claramente destinado al cielo.
Como si el propio dios respondiese al desafío de Nel, o como si la reina hubiese echado una maldición, la luz del sol comenzó a mudar de color.
Lo que era un brillo dorado se tornó lentamente en un tono amarillento, luego anaranjado, cada vez más oscuro.
Las caras de la gente en la plaza adquirieron un matiz extraño, como si reflejasen el miedo que sentían.
Un murmullo inquieto recorrió a los presentes, seguido de gritos de confusión.
Todos giraron los rostros hacia el cielo.
Nel, con el corazón desbocado, gritó con desesperación:
—¡No miréis al sol, os quemará los ojos!
Pero nadie lo escuchó. El pánico iba en aumento, y el sol, fuente de toda vida y poder, estaba siendo cubierto lentamente por un disco enorme y oscuro.
Finalmente, solo un filo de luz rojiza escapaba de aquella sombra circular, negra y ominosa.
Se hizo de noche, solo iluminada por la pira funeraria de Siwi a un lado de la plaza; el ocaso había durado largos instantes, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Nadie se atrevía a moverse, y el aire pesado de aquella noche inesperada se cargó con el terror de lo inexplicable.
Nel sentía crecer la opresión en su pecho, como si aquella oscuridad que se había cernido sobre el sol también hubiera envuelto su propia alma.
En la tremenda oscuridad, la plaza se llenó de los gritos desgarradores de la multitud, que imploraba clemencia y piedad al dios Atón. La desesperación se apoderaba de todos, mientras el caos reinaba en la penumbra.
Al escuchar el nombre del dios, Akálide, con gesto lento y deliberado, se retiró el velo que le cubría el rostro.
Los pocos que se atrevieron a mirarla pudieron ver algo que los llenó de horror.
Su piel, que antes parecía humana, había adoptado un tono verdoso y sus facciones, como deformadas por la tenue luz rojiza del eclipse, se volvieron más angulosas, casi triangulares.
El semblante de Akálide se iba transfigurando a causa de un odio puro y visceral, como si hubiera llegado el momento de que su verdadero ser emergiera a la vista de todos.
La escasa claridad solar sacaba su verdadero aspecto a la luz.
El terror se extendió como una sombra más oscura aún que el eclipse.
La figura de la reina, revelada por la extraña luz, parecía salida de una pesadilla.
Todo en su presencia se tornó alucinatorio y fantasmagórico, como si la realidad misma se estuviera desmoronando.
El odio en su rostro, más palpable que nunca, parecía una amenaza viva, un reflejo de la tragedia que estaba por desencadenarse.
Las súplicas al dios Atón continuaban, pero la oscuridad seguía oprimiendo, implacable y silenciosa.
En medio del caos y la oscuridad, Nel comprendió lo que estaba ocurriendo. Años atrás, cuando solo era un muchacho, Eteria le había hablado de que el dios Sol se podía ocultar con un gran disco y lo llamó eclipse, un presagio de que algo terrible estaba por suceder.
Le había advertido de que durante el tiempo que durase la sombra no mirase directamente hacia el sol porque su furia era tan intensa que quemaba los ojos de los mortales.
Era el aspecto más temible y oscuro del dios solar, aquel que raramente se mostraba.
Eteria también le había explicado que el eclipse no era eterno.
El sol volvería si lo llamaban desde lo hondo del corazón y le suplicaban que les devolviese la luz que habían perdido.
En medio de la desesperación y el caos, supo lo que debía hacer.
Mientras la multitud gritaba, presa del pánico, él cayó de rodillas y alzó los brazos hacia el cielo oscuro.
Con toda la fuerza de su alma, invocó al dios Sol y le rogó que regresara, que les devolviera la luz que había sido devorada por la sombra.
Se hizo el silencio. Después, casi en un susurro, Nel comenzó a silbar suavemente.
Al principio, apenas un murmullo, pero el silbido fue aumentando su volumen, cada vez más alto, ganando en intensidad.
De modo gradual, primero los más cercanos y después otros más alejados, corearon la melodía que salía de sus labios.
Pronto, en la plaza entera se impuso ese sonido suave pero imponente, una música sin palabras, nacida de gargantas que silbaban al unísono.
Era el cántico prohibido, el antiguo himno al sol, que los góidel presentes en la plaza conocían bien.
Sin pronunciar las frases, entonaban la melodía que honraba al astro rey.
En el preciso momento en que la letra del himno hubiera dicho «la luz disipa las tinieblas», un destello cegador surgió del círculo que tapaba al sol.
Poco a poco, el disco negro comenzó a desplazarse lentamente y la luminosidad volvió a bañar la arena de la plaza.
Gritos de alabanza al dios Sol estallaron por toda la multitud, agradeciendo que la luz hubiera disipado las tinieblas.
Nel permaneció en silencio, de rodillas. Sentía en lo más profundo de su ser que Atón lo había escuchado, que el dios Sol no lo había abandonado.
Justo después de que la luz solar volviera a brillar, la reina Akálide, con gesto rápido y deliberado, cubrió su extraño rostro reptiliano con los velos, se levantó del trono e hizo un leve movimiento de la mano hacia la guardia, un gesto casi imperceptible pero lleno de intención.
No pasó mucho tiempo antes de que la tierra comenzara a temblar violentamente bajo los pies de todos en Tarsis.
El temblor sacudió la ciudad como una señal ineludible del destino que estaba por cumplirse.
Nel entendió que ya era demasiado tarde.
La suerte de Tarsis estaba echada.