En la plaza
El número fue un gran éxito, porque Kalios manejaba a Eyrén como si se tratase de un apéndice de su propio cuerpo.
La joven ejecutaba movimientos inimaginables, sujeta por una o por las dos manos de Kalios: se curvaba, se abría…
Ambos, sobre el lomo del toro, parecían no notar los saltos del animal en un prodigio de equilibrio que semejaba no solo algo mágico, sino prácticamente imposible.
Nel volaba sobre ellos con la pértiga, dominando la escena.
Saltaba al toro y a la pareja de atletas para caer elegantemente a uno u otro lado.
Repitieron aquel número muchas veces, siempre con éxito. El público quedaba rendido a sus pies.
Kalios apenas hablaba con Eyrén. Se había convertido en un hombre serio, siempre absorto en sus pensamientos y en lo que hacía, algo completamente inusual en él.
Eyrén, desconcertada, intentaba acercarse de distintas maneras: le sonreía, le ofrecía alguna fruta o un bocado durante las comidas, e incluso intentaba bromear con él.
Pero Kalios permanecía sombrío y pensativo, lo cual resultaba extraño, pues en él todo solía ser optimismo y alegría desbordante.
Esa nueva actitud la inquietaba. Tenía la impresión de que algo oscuro lo estaba consumiendo por dentro.
Una barrera invisible había surgido entre los dos.
Aunque Kalios aceptaba con una sonrisa agradecida los gestos amables de Eyrén, su expresión seguía siendo hosca, y su silencio, desconcertante.
Eyrén intentó convencerse de que su cambio de actitud se debía a la presión del nuevo ejercicio, que ahora recaía con más peso sobre él.
Un día, finalmente, se lo comentó, esperando aliviar la tensión.
—Es por el número, ¿verdad? —le preguntó suavemente.
Kalios, tras una pausa, la miró a los ojos, y esta vez respondió, su voz destilando una sinceridad que últimamente esquivaba.
—Sí. Estoy preocupado. No soy como Nel… Si te dejo caer, si pierdo la concentración por un segundo, podrías morir, y no puedo permitírmelo. Sin ti… yo estoy muerto.
Eyrén sintió una repentina oleada de vergüenza al darse cuenta de que no correspondía al amor de Kalios en la misma medida. Antes de decir algo, se apartó de él rápidamente, interrumpida por una voz que resonaba detrás de ellos.
—¡Eh! Vosotros, ¡silencio! ¡Hacéis perder la concentración a los demás!
Era Nel. Su voz sonaba rara, algo dura. Eyrén percibió un tono de impaciencia y rabia reprimidas, como si se sintiese celoso al verlos hablar en un aparte.
El número se fue complicando cada vez más, no siempre era el mismo.
Nel, exigente, había decidido no solo saltarles, sino también subirse al toro con los dos, formando una columna humana.
Kalios iba abajo, sosteniendo el peso de todos, sobre él se colocaba Nel y, encima de ambos, Eyrén.
Los ensayos continuaron diariamente, sin cesar un instante, excepto para comer y para el descanso nocturno, hasta que finalmente dominaron el ejercicio.
Eyrén intentaba evitar posar su mirada sobre Nel, pero no podía eludir el contacto con ella, y entonces algo eléctrico la recorría, algo que la desconcertaba profundamente.
Después de esos momentos, se forzaba a mirar a Kalios, su leal compañero, y una mezcla de gozo y culpa se apoderaba de ella.
Se daba cuenta de que lo quería porque era bueno, pero las emociones que despertaba Nel en ella la turbaban profundamente.
El temor de herir a Kalios la atormentaba.
La confusión en los sentimientos que experimentaba por ambos la envolvía, y le costaba mucho encontrar un equilibrio entre lo que sentía y lo que debía hacer.
Llevaban ya un buen rato actuando cuando Nel salió a la pista y empezó a danzar en el centro, realizando acrobacias sobre la arena con su habitual destreza.
Kalios y Eyrén se mantenían sobre el toro, frente a frente.
Fue en ese momento cuando Kalios notó que la mirada de Eyrén no estaba fija en él, sino en Nel.
Lo atravesó un dolor lo suficientemente intenso como para que perdiese la concentración.
En lugar de impulsarla hacia delante para realizar el triple salto mortal de salida, Kalios vaciló y, en ese breve desliz, cayó bajo el animal.
El toro, sin piedad, lo corneó, ensartándole por un costado.
La arena dorada se cubrió de la roja sangre de Kalios.
Mientras tanto, Eyrén había aterrizado en el suelo con un fuerte golpe porque Kalios, al fallar, la había lanzado fuera del lomo del animal.
El caos se apoderó de la plaza. Los otros atletas corrieron hacia el centro de la arena, agitando telas de colores para distraer a la fiera.
Con gran esfuerzo, consiguieron alejar al toro del cuerpo inmóvil de Kalios.
El aire se llenó de tensión y angustia mientras el tiempo parecía detenerse y la vida de Kalios pendía de un hilo sobre aquella arena empapada de sangre.
Eyrén se levantó del suelo, tambaleándose por el dolor, dio unos pasos hacia donde estaba Kalios y se arrodilló junto a él. Con un hilo de voz, él le susurró, en su último aliento:
—Ve con Nel…
Su voz se apagó, y Eyrén sollozó mientras los ojos de Kalios, abiertos y mirando al cielo, se fijaron para siempre en dirección al dios solar.
En ese instante el tiempo pareció detenerse.
Eyrén se derrumbó sobre el cuerpo yerto de su amigo y compañero y escondió su rostro en el fuerte pecho de Kalios.
Las lágrimas rodaban por su rostro, pero finalmente levantó la cabeza y lo miró a la cara, ya sin vida y que no revelaba dolor, sino una expresión de paz, suavemente bañada por los rayos del dios Atón, que custodiaba su último descanso.