Las naves de Tarsis La ejecución #2
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La ejecución #2

Oscurecía, pero aún quedaban luces en el cielo.

El astro del día poderoso, brillante, se había ido dejando un leve resplandor sobre el horizonte.

«¡Oh, Dios del Ocaso! —pensó Nel—. Si algún poder tienes, haz que esta ciudad se salve de ese poder idolátrico y maligno que la corroe.

Impide que se hunda». Sin embargo, en su interior, Nel supo que no le quedaba mucho tiempo a Tarsis y se abismó en la tristeza.

Seguía pensando que parte de lo que estaba ocurriendo era culpa suya.

«Claro que lo es —pensó con remordimiento—.

Disfruto bailando ante la diosa, con los aplausos.

Siento una vanidad enfermiza que me lleva a buscar la aprobación de la plebe. La diosa me ha atrapado también a mí».

Al salir de la curva en el camino, Eyrén distinguió de nuevo a Nel.

Ahora estaba sentado en la arena con la espalda apoyada contra una roca; los músculos, frotados con aceite, le brillaban con la tenue luz del ocaso.

Era poderoso, pensó Eyrén: podía levantarla con una mano, girarla, hacerla volar y recogerla en el aire.

La había ayudado tantas veces… Nel no se merecía lo que le estaba ocurriendo.

Ensimismado, Nel se sobresaltó al notarla junto a sí. Fijó los ojos en ella. Eyrén detectó la profunda tristeza que anidaba en los ojos verde agua de Nel. Lo contempló débil, abatido, como ausente.

Nel pareció despertar de su melancolía al verla y le dijo:

—Otra vez han muerto sin que yo pudiese hacer nada.

Eyrén lo entendió, comprendió el sufrimiento siempre presente en Nel e intentó consolarlo:

—No eres el culpable. Es esa diosa sedienta de sangre.

—Te equivocas, yo soy el culpable. Fui yo quien mató a esos guardias por los que fueron ejecutados nuestros compañeros. Akálide lo sabe o lo sospecha.

—¿Por qué no te mataron a ti?

—Krysaor nunca lo permitiría, y Akálide prefiere hacerme sufrir sacrificando a mis compañeros.

Está asesinando a aquellos en los que confío.

Por eso Loria murió, por eso han ejecutado a estos dos últimos.

A todos aquellos con los que bailo, a los que entreno y lo hacen bien, a los que saben que estimo, los matan.

Por eso no debe notarse a quién prefiero.

—¿No puedes hacer nada? —le preguntó Eyrén con voz temblorosa.

—¡¡¡No!!! —gritó, lleno de desesperación.

Se volvió rápidamente hacia el mar para que ella no viese las lágrimas que le asomaban a los ojos.

Se hizo un silencio entre ambos. Nel, de espaldas a ella, se abismó aún más en el horizonte, en la desembocadura del estuario.

Las luces del ocaso clareaban el cielo y el mar iba adquiriendo un color azul intenso. Era un momento de rutilante belleza.

La luz del atardecer extrajo también fulgores del cabello de Nel, y el verde traslúcido de sus ojos brilló.

—Lo sé —le consoló Eyrén—, sé que haces lo que puedes.

—A veces pienso que habría sido mejor irme hace años, cuando era apenas un adolescente. Pero no pude.

—¿Por qué?

—Hay algo en mí que necesita saltar los toros.

—No es solo eso. Proteges a mucha gente.

Nel sonrió levemente, evocando ahora un íntimo recuerdo:

—Sí. Es la misión que el dios me confió.

—¡Lo es! —refrendó Eyrén con calidez.

—Pues… es mentira —gritó Nel desesperado—. Loria, mi hermana, mi compañera, mi amante, ha muerto. Hoy, dos amigos queridos… Debí marcharme con los góidel .

Nel se abismó en el pasado. Le contó a Eyrén su infancia en el palacio de Gerión, la muerte de este y su adolescencia junto a Nórax y Eteria.

—¿Has visto alguna vez los frescos del palacio? —le preguntó.

—No. Nunca he estado en el palacio de los reyes de Tarsis.

—Me gustaban mucho. Cuando era niño, jugaba bajo aquellas figuras, y a menudo me quedaba absorto mirándolas, imaginando historias.

Había dibujos de flores de papiro, atletas saltando, delfines, flores, barcos…

Por las noches, esos frescos reaparecen en mis sueños y me infunden paz.

No había nada en ellos agresivo, defectuoso ni tampoco violento.

Esa era nuestra cultura: transmitir la luz de Atón para hacer el mundo más justo, más amable, más honesto…

La Señora de las Fieras es todo lo contrario.

—Eyrén se conmovió ante el dolor de Nel, quien siguió hablando con la voz cargada de angustia—: La diosa me ha cambiado también a mí.

Disfruto haciendo sufrir…, yo…, ¡el más devoto servidor del sol!

¡Soy un ser cruel y sanguinario como lo son ellos!

Ocultó la cara entre las manos.

—Eso no es así —le susurró Eyrén con suavidad.

Se arrodilló junto a él y, tímidamente, le rozó el cabello brillante en una leve caricia.

Entonces Nel levantó la cabeza y la contempló, larga e intensamente.

Los ojos de uno parecían penetrar en los del otro.

Poco a poco se fueron acercando hasta fundirse en un abrazo.

Después unieron sus labios con ansia durante largos instantes.

Al fin, él se separó ligeramente, respirando con dificultad.

—¡Ayúdame, Eyrén! No puedo más —le confesó él mientras la estrechaba con desesperación—. Krysaor quiere que me rinda. Lo tendría todo… Pero nunca… ¡nunca lo haré!

Ella solo deseaba mitigar tanto dolor. Lo abrazó con fuerza, sintiéndose dichosa por un instante, y se abandonó a él, perdiendo la noción del tiempo, en lo que le parecieron momentos eternos de paz.

Pero de repente la imagen amorosa de Kalios se impuso en su mente y la sacó bruscamente de aquel refugio.

Reaccionó apartándose de Nel. No debía hacerlo, no podía traicionarlo, y por eso exclamó con dolor:

—No puedo hacerle esto a Kalios.

—¡A Kalios! ¿Qué le debes a Kalios? —Nel habló con brusquedad—. ¿Sois amantes?

—Lo fuimos, y huimos del poblado para venir aquí, para poder estar juntos. Lo amo.

—¿Y…? —preguntó Nel con una mezcla de curiosidad y extrañeza.

El duro jefe de porenna parecía transformado, y con una expresión interrogadora intentaba entender los verdaderos sentimientos de Eyrén. Ella no desvió su mirada, profunda, de un verde acastañado, rodeada de espesas pestañas oscuras, de los ojos de Nel, como si esperara encontrar respuestas en él.

Entonces Eyrén exclamó con una desesperación que parecía absurda:

—Te quiero más que a mi vida…, pero os quiero a los dos.

—Eso no es posible; o no lo es de la misma manera.

—¡Lo es! —insistió Eyrén, con firmeza, la voz cargada de convicción.

Eyrén se retiró, alejándose de Nel con la cabeza inclinada, angustiada por el peso de lo que le había revelado.

Subió por la senda labrada en la roca que conducía a la pista de taurocatapsia y a los dormitorios de los porenna .

A mitad de camino se detuvo y miró hacia atrás.

Oscurecía, y las luces de las estrellas titilaban en un crepúsculo pintado de colores violáceos y rojizos, como preludio de algo amenazador que pronto llegaría.

Desde lo alto del acantilado que descendía a la cala, una figura la observaba.

Llevaba un rato allí, contemplando la escena.

Lo había visto todo y le dolía profundamente, como si le partiesen el alma.

Sentía que le habían arrebatado lo que más quería en el mundo, pero nunca…

nunca se enfrentaría a aquel rival, al que admiraba y le estaba profundamente agradecido.

Era Kalios.