Las naves de Tarsis La ejecución
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La ejecución

Los bandos resonaron por toda la ciudad.

Los pregoneros tocaron una trompa y después relataron a gritos lo que había sucedido: varios soldados, guardianes de la diosa, habían sido asesinados en el viejo palacio góidel .

Según los adivinos, los causantes de las muertes habían sido los demonios que habitaban la casa desde que Nórax, príncipe del clan góidel, se había marchado al exilio.

Sin embargo, muchos se preguntaban cómo era posible que unos demonios blandiesen armas blancas y causasen heridas tan precisas, así como golpes en los cuerpos destrozados de los soldados asesinados.

El terror recorrió la ciudad porque todos sabían lo que significaban los bandos: se iba a dar una respuesta ejemplar a semejante rebelión.

Se congregó a las gentes de la ciudad en la plaza.

La reina Akálide y el rey Krysaor lo presidían todo desde un solio sobre el altar de la diosa.

El día era despejado y azul, pero algunas nubes se paseaban por el cielo, alargadas como serpientes, signo quizá de mal presagio.

Un sacerdote, de pie frente al altar de los sacrificios, y aún manchado con la sangre fresca de las últimas víctimas, alzó la voz:

—Han muerto dos guardianes de la diosa. Solo el sacrificio de los puros puede aplacar su ira.

Desde el graderío estallaron gritos, mezcla de complicidad con el crimen y del deseo de sangre, que se extendieron como un eco siniestro por la arena y llegaron a los sótanos de la plaza, donde helaron el corazón de los porenna.

Empujados brutalmente por los guardianes, los atletas fueron arrastrados hasta el ruedo.

En cuanto aparecieron, un alarido de odio y de tensión recorrió los graderíos.

Una nube blanca ocultó la luz del sol, y un viento frío hizo temblar la desnuda piel de los saltadores de toro.

La tierra tembló levemente bajo sus pies.

Los atletas fueron saliendo y se dispusieron en una larga fila en el centro de la arena. Los sacerdotes pidieron dos voluntarios. Nadie se movió. Nel dio un paso al frente.

—¡No lo hagas! —le gritó Kalios, desesperado—. Todos te necesitamos.

Kalios estaba a punto de ofrecerse cuando Eyrén se quedó pálida. Un vahído hizo que se tambalease y se aferró a su compañero, quien, al sentir su extraña debilidad, se vio incapaz de salir voluntario y dejarla sola.

El público rugió defendiendo al capitán de porenna:

—¡Ese no!

Nel era demasiado popular para morir. Desde el solio real, Krysaor hizo un gesto negando la posibilidad del sacrificio del jefe de los porenna . Akálide, cubierta por sus velos negros, levantó la mano con un gesto frío. Dos guardias le enfilaron con sus lanzas y debió regresar a la fila.

Entonces escogieron, de modo aparentemente aleatorio, a dos porenna .

Eran dos varones espléndidos, altos, de músculos atezados y de imponente presencia.

Kalios había saltado junto a esos dos jóvenes, y con Nel, en la danza del tetrasquel, el símbolo de la casa de Krysaor.

El muchacho ahogó un grito de espanto cuando las lanzas de los guardianes se clavaron en las costillas de los muchachos para obligarlos a avanzar. Eyrén lloraba desconsoladamente.

Un silencio que rezumaba horror se extendió entre los porenna .

Algunos se quedaron como hipnotizados observando a los condenados; muchos fijaron la vista en la arena de la plaza, incapaces de levantar la cabeza, y aun otros temblaban.

Todos sabían que jamás se había llegado tan lejos.

Nadie estaba seguro, ni siquiera los buenos saltadores.

Los que iban a ser sacrificados eran atletas extraordinarios, muy bien entrenados por Nel, que nunca habrían fallado el salto del toro.

Mientras los porenna callaban, el griterío se hizo ensordecedor.

Nunca había estado la plaza tan llena, abarrotada de tartesios ansiosos de sangre.

Los tambores retumbaban con una cadencia amenazadora, como si quisieran que los culpables del crimen sintiesen aún más terror ante la diosa.

El resto de los saltadores fueron dispuestos en dos filas, a ambos lados de las gradas que llegaban hasta el altar, para que contemplasen el sacrificio de cerca.

Eyrén temblaba de rabia y horror mientras se situaba en donde le correspondía, en un lugar alto en las escaleras.

—Deberíamos hacer algo —le susurró a Kalios, que estaba a su lado—. No puedo soportar verlos morir.

—Nel se ofreció en su lugar.

—Sí… —La voz de Eyrén tembló; su opinión sobre Nel había cambiado.

El rostro de Nel mostraba rabia e impotencia.

Los ojos le brillaban con lágrimas contenidas.

Quizá pensaba que aquellos dos jóvenes no habrían muerto de no haberse celebrado una reunión en el palacio de los góidel .

Kalios pensaba lo mismo, pero inmediatamente rectificó.

Los culpables no eran Nel ni los góidel .

El origen del mal era aquella diosa absurda, y la reina Akálide, que aterrorizaba a todos con crueles sacrificios; también aquel pueblo sediento de sangre que disfrutaba con ella y que no se atrevía a oponerse a la reina.

Los dos condenados habían llegado ya hasta el altar, con los ojos de todos fijos en ellos, y ambos se revolvían intentando inútilmente liberarse de sus ataduras.

A empujones los obligaron a doblar el cuello sobre la piedra sacrificial.

El laber cayó implacablemente sobre ellos.

La sangre de las víctimas, recogida en grandes calderos de bronce, fue asperjada con hisopos sobre la dorada arena de la plaza.

Los cadáveres fueron incinerados en una pira y el olor a carne quemada persistió en el aire durante un tiempo y se extendió por los sótanos, mientras las cenizas ascendían hasta el sol, que se cubrió por la espesa nube de humo negro que se elevaba hacia el cielo.

Kalios pensó que Atón no deseaba ver el crimen.

A algunos de ellos los obligaron a bailar en torno a la pira al son de una música que helaba los corazones. Cuando cesó la música, el sonido de trompetas marcó la salida de Krysaor y Akálide. Después los porenna abandonaron la plaza y las gradas se vaciaron de público.

En la gran estancia de los porenna ninguno era capaz de decir una palabra: la angustia les atenazaba la garganta.

Les dieron una comida que era poco más que pan y agua.

No hablaron demasiado entre ellos. Al cabo de un tiempo, se requirió a Nel, a Kalios y a algunos de los más fuertes para que limpiasen la arena.

A las cuevas bajo la plaza seguía aún llegando el olor pestilente de las piras funerarias.

Huyendo del olor de las piras, la mayoría de los que quedaban se acercaron al acantilado en la parte de atrás de la gran plaza.

El sol descendía hacia el horizonte, arrancando resplandores del mar.

A algunos de ellos, creyentes en Atón, al ver el disco rojizo, les llegó un atisbo de esperanza.

Todos los días el sol moría en el mar, hundiéndose en el inframundo para luchar con la serpiente, pero siempre la vencía, y regresaba al alba.

Varios de ellos rezaron el himno en silencio, pidiendo al dios que algo cambiase en aquel lugar, donde toda compasión y toda piedad habían muerto.

Eyrén, que no era especialmente devota del dios solar, compartió aquel sentimiento, que era colectivo, y oró fervientemente para que ninguno de sus seres amados muriese.

Sin embargo, muchos de los porenna no pudieron contenerse más y blasfemaron al afirmar que el sol era injusto porque brillaba tanto sobre sus adoradores como sobre los impíos servidores de la diosa.

Al poco, Kalios, Nel y los demás regresaron de la arena, con náuseas por lo que habían presenciado. Kalios se situó en lo alto de las rocas, con los demás, buscando restañar las propias heridas físicas y morales, mientras el sol seguía descendiendo hacia el horizonte.

Nel, en cambio, no se quedó con ellos, sino que bajó por la cuesta que conducía a unas rocas, en una pequeña cala en la costa, buscando la soledad.

Eyrén lo siguió. No sabía con certeza por qué lo hacía: quizá se compadecía de él, o acaso, como se sentía triste y frágil, necesitaba la fortaleza del jefe de porenna .

O, tal vez, en lo más profundo de su alma, había un motivo oculto que no se atrevía a confesarse a sí misma.

Eyrén se apresuró caminando por el sendero que descendía hacia la playa.

Nel, desde las rocas, divisó su figura: grácil, de líneas delicadas, hermosa.

Pensó en lo fácil que era elevarla por los aires, sin apenas esfuerzo, porque ella se dejaba llevar.

Cuando la sostenía, le parecía un pájaro blanco, un ave que se había posado en él, como si estuviera a punto de emprender el vuelo.

Bailar con Eyrén sobre el toro era su último refugio de felicidad, el único vestigio de alegría que le quedaba en medio de aquel mundo de horror.

Pronto dejó de ver a Eyrén tras una revuelta del camino.

¿Adónde iría? Nel pensó que no debería importarle.

Quizá iría a encontrarse con aquel forzudo, Kalios, un buen muchacho, que tal vez había sido su amante.

Se dijo a sí mismo que no debía pensar en ella, ni en ninguna otra mujer.

No había pasado tanto tiempo desde que Loria había sido entregada al laber, cantando el himno al sol. La echaba tanto de menos…