Las naves de Tarsis Los últimos fieles #2
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Los últimos fieles #2

—¿Acaso no lo veis? Es un pelele en manos de Akálide —replicó otro de los presentes—. Es como si lo hubiese hipnotizado; le administra uno de esos bebedizos que anulan la voluntad.

Entonces, con su voz grave y algo ronca, pero con una vibración de timidez, Kalios se atrevió a decirles:

—¡Escuchad a Nel! Él ha penetrado en los subterráneos bajo Tarsis. Ha visto lo que os dice. Yo también lo he hecho.

Nel agradeció con la mirada las palabras de Kalios porque intuía cuánto le costaba hablar en público.

—¡Deberéis abandonar la ciudad antes de la fiesta de Sopdet! —exclamó Nel con voz firme—. ¡O abandonáis la ciudad o moriréis todos!

—¡Me quedaré contigo! —exclamó Cidón.

Nel le sonrió, mientras muchos gritaban, otros lloraban y la algarabía no dejaba entender lo que se decía.

—¿Vendrás con nosotros, Nel? —preguntaron varios.

—No puedo irme. Me debo a los porenna . Si me voy, muchos de ellos morirán.

¡No sintáis pena por mí! Confío en el dios, y si no…

Quizá algún día nos reencontremos en las islas de la inmortalidad.

—Al oír esas palabras, Kalios se conmovió, pero Nel, que no se dio cuenta, prosiguió—.

Deberéis marcharos lentamente… Nunca todos juntos o seréis detenidos.

Poned alguna excusa creíble a vuestros vecinos y a los familiares que no reconocen a Atón.

En ese momento se oyeron golpes en los enormes portones que separaban el gran salón del patio abovedado de alabastro.

Quizá los gritos y las voces habían llegado al exterior y alguien había avisado a la guardia, o tal vez el ruido de las puertas que Kalios había forzado había despertado a alguien.

Las puertas comenzaron a retemblar, pero resistían.

Los fieles se apresuraron a huir por las otras salidas y pasadizos.

Nel le hizo un gesto a Kalios para que recogiera del suelo una viga que, tiempo atrás, se había derrumbado del techo.

Los dos la apoyaron contra la puerta, resistiendo la presión de los atacantes y permitiendo así la salida de los otros.

Apagaron la gran luz del techo tirando de un cordón que detenía el flujo del aceite que la alimentaba.

El gran portón cedía, y se oían los golpes que le asestaban los atacantes.

El gigante Kalios aguantaba sostenido por Nel.

La sala ya estaba casi vacía cuando el portón se desplomó, rompiéndose en varios pedazos.

Nel y Kalios lograron salir ilesos e intentaron escapar, pero pronto un gran número de soldados de la guardia real los rodeó y todo se volvió confuso y oscuro.

Kalios y Nel estaban prácticamente desarmados.

En aquel momento crítico, la fortaleza de Kalios y su habilidad para luchar fueron decisivas.

Con una de las tablas del portón caídas en el suelo, golpeó y detuvo a varios atacantes, a los que finalmente estampó contra el suelo.

Nel, en una lucha cuerpo a cuerpo, consiguió desarmar a otro de los soldados y se hizo con su puñal.

Kalios siguió utilizando la tabla como un arma, ahora arrojadiza, y les atizó con ella de tal modo que se escuchó un terrible golpe y uno de los guardias murió desnucado, otro quedó inconsciente y un tercero huyó en la oscuridad, pensando que se enfrentaba al Cándamo.

Kalios, a continuación, acudió en auxilio de Nel, pero ya no era necesario porque había atravesado el vientre de su enemigo con el cuchillo que le había arrebatado.

Habían vencido en aquella primera escaramuza, pero el estruendo en el interior del palacio atraía a más guardias.

Rápidamente, descendieron a los sótanos por una trampilla que bloquearon tras de sí.

Después huyeron del palacio góidel . Avanzaron a toda velocidad por las calles.

Nel y Kalios necesitaban llegar a la arena para evitar que se notase su ausencia, por lo que siguieron corriendo hasta alcanzar un portillo que se abría en uno de los diques circulares. Una vez allí, se lanzaron al mar.

Nel nadaba con rapidez, adelantando y superando a Kalios, a quien le costaba avanzar.

El aguador se quedó atrás, pero finalmente logró llegar al embarcadero donde días atrás había estado con Eyrén.

Aún era de noche. Ocultándose de la guardia, cruzó los dos muelles espirales y entró de nuevo en la arena por la portezuela por la que había salido, que ahora estaba entornada pero no cerrada.

Ya era de día. Cuando alcanzó la arena, comprobó que Nel ya había llegado.

Nadie sospechó nada de los dos hombres. Siwi y Eyrén se dieron cuenta de que algo había sucedido aquella noche, porque tanto a Nel como a Kalios se los vio agotados durante el entrenamiento de la mañana y cometieron muchos errores.

No era tan solo por el cansancio provocado por la lucha y por haber corrido y nadado hasta llegar a la plaza.

Kalios, sobre todo, estaba asustado por todo lo que había oído aquella noche y presentía un futuro aciago.

Más aún porque, cuando nadie los oía, Nel le confesó:

—No queda mucho para el fin. Ruega al dios que podamos escapar el día de la gran desgracia.