Los últimos fieles
Cuando Nel llegó aquella noche, todos estaban dormidos. La tierra temblaba suavemente, pero nadie parecía enterarse. Se acercó al lecho de Kalios, le tocó en el hombro para despertarlo y después le dijo en voz baja:
—Te necesito. Acompáñame.
Kalios se levantó de un salto y lo siguió.
Salieron de la arena por una portezuela escondida por la que Nel solía escaparse sin ser visto.
Bajaron la colina del templo y después subieron a otra cercana.
Cruzando callejas oscuras, se dirigieron a aquel palacio con puertas desvencijadas en el que se decía que moraban fantasmas.
Nel le pidió a Kalios que empujase una puerta lateral sin hacer demasiado ruido.
Con su fuerza descomunal, Kalios consiguió abrirla, pero no pudo evitar el sonido bronco de la tranca al desprenderse.
Entraron en un almacén con ánforas por el suelo.
Desde allí, atravesando varios corredores oscuros en los que a través del techo se colaba la luminosidad de las estrellas, llegaron a una gran puerta.
La abrieron y se adentraron en lo que antaño había sido un hermoso patio, con frescos en las paredes y columnas de un color rojizo y azulado, ahora descascarilladas por el paso del tiempo.
El techo abovedado era de un alabastro tan fino que dejaba pasar la luz de la luna llena, que en aquel momento brillaba sobre la ciudad.
Una parte de la bóveda se había caído tiempo atrás y por el hueco se colaba una claridad muy tenue.
Al penetrar en el interior del palacio, como tantas otras veces, Nel sintió que algo le atenazaba el pecho, y los recuerdos se agolparon en su mente.
Allí, en ese mismo lugar, había sido muy feliz.
Lo habían cuidado como en ningún otro sitio.
Si hubiera subido por aquellas escaleras, habría llegado a la terraza donde Eteria le enseñaba la isla.
Aunque él era aún capaz de vislumbrarla cuando a escondidas llegaba a la terraza, con Eteria todo era distinto.
Tras la puerta frente a él, cruzando algunos corredores, habría llegado al jardín, el lugar donde recibía clases, la sabiduría de las hespérides, en compañía de Aldair y de… Loria.
Por más que se repetía que la culpa era de un gobierno injusto, no podía liberarse del peso de su propia responsabilidad en la muerte de Loria.
Con esfuerzo, movió la cabeza, intentando apartar aquellos negros pensamientos, pero no pudo.
Aldair, su mejor amigo, se había ido. ¡Cuánto le echaba de menos!
Alguien con quien había crecido, con quien se podía explayar sin ser nunca juzgado.
Y… ¡Loria! Un quejido se escapó de su garganta al pensar en ella.
¡Por el dios Atón, que brilla en los cielos, Loria ya no estaba en este mundo!
Y él no podía soportarlo. Se sintió culpable: si no se hubiese retrasado, si no hubiese salvado a los hombres esclavos bajo Tarsis, ella quizá estaría viva.
¡Loria! La que le había cuidado desde que eran niños, la mujer libre de espíritu, y sabia…
Fueron llegando… Aparecían por las múltiples entradas que poseía el antiguo palacio, algunos procedentes de los sótanos.
Eran hombres y mujeres cubiertos con túnicas blancas y velos que les tapaban el rostro.
Al llegar, se descubrían y hacían con la mano el signo que la anciana vendedora de ungüentos había trazado un tiempo atrás sobre la espalda de Kalios.
El rostro de Nel, aún marcado por la tristeza del recuerdo de Loria, se relajó al ver a todas aquellas gentes, muchos de ellos sus amigos, e incluso familiares.
Algunos lo abrazaron al entrar, mientras que otros hicieron una inclinación de respeto.
Alguien más cercano, que conocía la estrecha relación con Loria, su hermana y amante, intentó decirle unas palabras de condolencia y darle un abrazo, pero Nel se puso rígido, incapaz de corresponder al gesto.
Entre los hombres, había varias mujeres, la mayoría en la edad madura, que abrazaron a Nel como a un hijo.
Kalios comprendió que Nel estaba con los suyos, con su clan.
Desde el patio, todos pasaron a un salón ahora oscuro, pero pronto iluminado por hachones en la pared, encendidos con las antorchas de los asistentes.
Alguien cuidaba de la casa, y no había suciedad ni basura en el suelo.
Las paredes, aunque desconchadas, aún mostraban antiguos frescos en los que se veía el símbolo del sol, rayos que partían de un triángulo y formas geométricas entre las que abundaban los trisqueles.
Se cerraron las enormes puertas de bronce que separaban el salón del patio abovedado en alabastro de la entrada.
Después se hizo lo mismo con las ventanas de postigos de madera y con todas las puertas laterales.
Cuando todo estuvo adecuadamente clausurado, encendieron una gran lámpara en el techo con una larga yesca.
La lámpara con brazos en forma de ave estaba coronada por otra más grande de oro con rayos que simulaban los del astro solar.
Al iluminarse, en el interior del salón parecía que se hubiera hecho el día.
Cuando todas las luces estuvieron encendidas, los asistentes comenzaron a cantar el himno a Atón.
A Kalios le pareció que en el techo revoloteaban aves blancas.
Cuando el canto finalizó, un anciano con aspecto de mendigo tomó la palabra.
Era Cidón. Con voz solemne, como si fuese un canto épico, repasó lo ocurrido en los últimos años: cómo Nórax salvó a la última hespéride, cómo se restauró el culto a Atón gracias a ella, a quien los fieles veneraban, cómo Nórax fue traicionado y desterrado, cómo Eteria se hundió en el mar y, finalmente, cómo el mal se fue adueñando casi por completo de la ciudad de Tarsis.
—Solo quedó una esperanza —concluyó Cidón—. Cuando todos los príncipes hijos de Gerión murieron, solo quedó un sucesor legítimo del último rey: un heredero del patriarca Tarsis. Ese es Nel: el único descendiente vivo del rey Gerión.
Se oyó un grito de aceptación y todos clavaron la mirada en él.
—Durante años, en la arena, ha salvado muchas vidas. Gracias a él —prosiguió Cidón—, el culto al sol se ha mantenido, y no solo eso: de manera secreta el número de los fieles ha ido aumentando.
Nel levantó la mano en dirección a Cidón y, con emoción, exclamó:
—No solo ha sido gracias a mí. Tú, Cidón —se dirigió al viejo servidor con voz firme aunque emocionada—, has congregado a los fieles, nos has unido a todos. Has mantenido la antigua casa de Argón como un lugar de reunión para los fieles.
Cidón bajó la cabeza, murmurando:
—Se lo debo a Eteria, se lo debo a Nórax. Me gusta pensar que un día regresarán.
—El pasado ya no existe. Recordémoslo para aprender, pero miremos adelante. Va a comenzar una nueva etapa en la vida de los góidel. Hoy no venimos solo a adorar al sol.
Nel les confesó que durante años había guardado silencio sobre lo que realmente ocurría en Tarsis, lo que la hacía temblar de cuando en cuando, lo que había bajo el subsuelo.
Ahora les fue explicando cómo, a través de la extracción de oro del fondo de la tierra, se habían socavado los cimientos de Tarsis.
Les reveló que ese era el origen de los temblores que asolaban la ciudad, que la diosa no existía, ni tampoco el Cándamo, salvo en la mente de Akálide.
Tarsis estaba corroída por dentro, se hundía poco a poco y pronto se destruiría. Se aproximaba el fin de una era, pero ellos serían el principio de otra. Todos debían huir de la isla en la que se alzaba Tarsis lo antes posible, abandonarlo todo y dirigirse hacia tierras más altas.
—¿Cómo sabemos que es verdad lo que nos dices?
—inquirió, contrariado e incrédulo, uno de los asistentes—.
Está muy bien reunirnos a adorar al sol.
¡Yo soy su más sincero servidor! Me juego la vida al hacerlo.
Pero no quiero dejar mis posesiones en Tarsis para que asalten mi casa y no quede ya nada.
Como ha pasado aquí, en el palacio de Argón…
Del hermoso palacio de los góidel solo quedan los frescos.
Se han llevado los muebles y todas las pertenencias que atesoraba.
—¿Cómo no creer a Nel? —Le paró un joven fuerte y musculoso.
Nel le agradeció con un gesto sus palabras.
Lo conocía bien: era un hijo de Kendal. Vestía harapos y, sin embargo, su familia había sido una de las más acaudaladas de Tarsis.
Tras la muerte de su padre, siendo un niño, había tenido que trabajar como estibador en el puerto para sacar a su familia adelante; de ahí su enorme fuerza.
—No es que dude… —le respondió con reticencia el comerciante—, pero me cuesta dejarlo todo por algo que no sé si es tan grave como dice. Llevamos años soportando los temblores…
Nel apretó la mandíbula; después suspiró como si ya supiera que algunos iban a reaccionar así. Entonces habló pausadamente, intentando explicarles con claridad la situación:
—Os aseguro que solo una gran pilastra sostiene Tarsis.
Esa enorme columna contiene más oro que todo lo demás, y Akálide la ha ido derruyendo poco a poco, pensando que no caerá.
He calculado que, si siguen a este ritmo, en la próxima fiesta de Sopdet la pilastra cederá, y la ciudad puede hundirse.
A la reina le gusta que la ciudad tiemble en las grandes festividades porque así tiene excusas para inmolar más víctimas a la diosa.
El día de la fiesta se soltará agua para liberar más oro, pero la ciudad no lo resistirá.
—¿Es que nadie puede parar a esa bruja? ¿Nadie puede decírselo? —gritó una mujer, aterrorizada y con un tono de histerismo en la voz.
—Está consumida por la codicia y por el orgullo. Me temo que no —contestó de nuevo el comerciante, que era el que estaba más cerca de la reina porque vendía joyas en palacio.
—Ha gastado mucho los últimos años y sabe que la veta mayor de oro está allí —razonó otro—. Piensa que nada hundirá Tarsis.
—¡Quizá el propio Krysaor se dé cuenta!