Las naves de Tarsis Loria
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Loria

Una vez más, castigaron a Nel. Lo confinaron en un lugar estrecho y oscuro. Las paredes se le caían encima. No se dejó vencer por el abatimiento ni se apesadumbró. Se había librado del laber y había salvado a muchos. Cuando salió del encierro, estaba debilitado, quizá más que en otras ocasiones.

En esos días, después del regreso de Nel, no hubo terremotos. Kalios pensó que tal vez, al haber escapado muchos trabajadores de las cuevas, la extracción de oro había disminuido y por eso la tierra no temblaba tanto.

Sin embargo, se decía que en las playas cercanas a Tarsis se habían encontrado cadáveres de hombres de piel oscura arrastrados por el mar.

—¿Son los que condujimos hasta el exterior? —le preguntó Kalios a Nel.

—Posiblemente.

—No hemos conseguido nada —se lamentó Kalios con frustración y amargura.

—Seguramente no han muerto todos, y más vale morir en libertad que vivir encadenados bajo tierra. De todas formas, ¿cuánto habrían durado?

Se separaron, entristecidos. Nel siguió con los entrenamientos a pesar de que su forma física no era la ideal.

No pasó mucho tiempo antes de que debieran actuar de nuevo.

Esta vez, sin embargo, Nel no estuvo tan brillante como en otras ocasiones, tal vez debido a la debilidad del encierro, tal vez no quiso arriesgarse a una caída…

En esa ocasión, el espectáculo consistía en combinarse con otros dos atletas.

Nel no pudo sostener a uno de ellos, que cayó y se golpeó la cabeza.

El joven perdió el conocimiento de inmediato y el toro le corneó en un costado.

Lo entregaron a la diosa. El rostro de Nel quedó marcado por un profundo dolor.

Se sentía culpable de la muerte de aquel muchacho, apenas un niño.

Unos días más tarde repitió el número con Kalios y Eyrén y todo salió perfectamente, aunque Eyrén se dio cuenta de que Nel, abrumado por la tristeza, hacía un esfuerzo sobrehumano para poder concentrarse.

Al finalizar el espectáculo, la tierra volvió a temblar. El semblante del jefe de porenna se ensombreció porque eso significaba que los hombres de piel oscura bajo tierra seguían trabajando y muriendo.

La reina Akálide, con un movimiento serpenteante, y cubierta por velos, se levantó de su trono.

Krysaor miraba al frente sin ninguna expresión.

Mientras, la reina, gran sacerdotisa de la diosa, caminaba hacia el altar.

Allí se levantó el velo negro, que dejó al descubierto un rostro oscuro, arrugado y con manchas en el que se adivinaba una expresión de odio y dolor. Después tomó la palabra:

—La diosa nos concede el oro, pero ha sido atacada —declaró con su extraña voz sibilante—.

Pueblo de Tarsis, somos prósperos gracias a la diosa, pero hay algunos que se le oponen y siguen adorando a Atón, ese dios terrible que se llevaba a vuestras hijas.

Pueblo de Tarsis, alguien debe morir ante el laber.

¡Hay una mujer culpable! Alguien que la ha ofendido gravemente porque ha pervertido los corazones de muchos y los ha alejado de la reina de todas las deidades, la Diosa de las Fieras.

La sacerdotisa descendió unos escalones y señaló al grupo de porenna reunido en la plaza.

—Soldados, traed a la porenna llamada Loria. Tendrá el honor de ser sacrificada a la diosa. Pagará por los crímenes de aquellos que han ayudado a escapar a los sirvientes de la diosa y por los suyos propios.

Se escuchó el grito aterrador de Loria. Nel dio un paso al frente, gallardo, fuerte, y anunció con voz sonora, cargada de desafío:

—¡Me ofrezco en su lugar!

—No lo hagas, Nel. ¡Tú eres necesario, yo no! —gritó Loria desesperada.

—No. Ella debe morir —dictaminó la reina.

Krysaor, derrengado en su sitial, observaba la escena con expresión ausente y la mirada perdida.

—¡No podéis hacer esto! —rugió Nel.

—Será así, la mujer será inmolada a la diosa —respondió Akálide con fría resolución—. A algunos les duele más la muerte de sus seres queridos que la propia.

Nel se quedó como paralizado: iban contra él, y de la peor manera posible. El rostro se le tornó gris ceniciento, frunció el entrecejo y los ojos brillaron de odio. Levantó el puño en dirección al sol, como pidiendo cuentas al dios solar. Mientras, Eyrén se abrazaba a Loria, que le susurró:

—¡Ha llegado mi momento! Este día tenía que llegar. Apoya a Nel, siempre. —Dicho esto, Loria se recompuso y, movida por una fuerza interior, exclamó con firmeza—: No es necesario que me detengan, me ofrezco como sacrificio. Pero me ofrezco como sacrificio a Atón, el único dios posible.

Loria avanzó por la arena, hermosa y erguida, sin inclinar la cabeza y con la mirada fija en el sol que descendía a un lado de la plaza. Comenzó a cantar con su hermosa voz, clara y melodiosa, entonando el himno al sol. De pronto, la tierra vibró levemente.

—¡La diosa se enfurece ante la blasfemia! —gritó la reina.

El terror se apoderó del público, que guardaba un silencio expectante. La sacudida se repitió, más intensa, y desde lo alto de la plaza una estatua se desplomó con estrépito.

Una mujer entre la multitud comenzó a gritar, presa de un arrebato histérico:

—¡Calladla! Está enfureciendo a la diosa.

Nadie, sin embargo, se atrevió a acercarse a Loria.

Como si una fuerza sobrehumana la protegiese, seguía cantando el himno al sol, avanzando con valentía por la plaza.

Al llegar a la gran escalinata que conducía al altar, la subió con paso lento y solemne.

Dos guardias la sujetaron, aunque tal vez no habría hecho falta.

La obligaron a arrodillarse y a apoyar la cabeza sobre la piedra, aún manchada de sangre.

Fue la misma Akálide quien, con frialdad, le sajó el cuello con el laber de doble hoja.

Eyrén ahogó un grito cuando vio morir a Loria. Se aferró al musculoso brazo de Kalios para no desplomarse. Después, incapaz de soportar la visión, apoyó la cabeza contra la espalda del aguador, rehusando mirar nada más.

Se llevaron el cadáver de Loria y lo condujeron hasta un túmulo en un lado de la plaza donde se quemaban las ofrendas a la diosa.

El cuerpo de Loria se convertiría en una de ellas.

Los hicieron agruparse en una gran fila y retirarse dando una vuelta ante el fuego de los sacrificios, de manera lenta y solemne. En lo alto, el cadáver de Loria ardía.

Con un nudo en la garganta, Kalios y Eyrén regresaron a los dormitorios, mezclados con el resto de los atletas, que guardaban silencio.

La cena fue más sabrosa que nunca. Les trajeron alcohol y la bebida alucinógena de hierbas, con la que muchos se drogaron, quizá para olvidar lo ocurrido aquella tarde en la plaza.

Pero también fueron muchos los que no probaron bocado.

Nel no estaba entre ellos. Se había ido.

Eyrén recordó las últimas palabras de Loria y supo que debía cumplir con lo que su amiga le había pedido respecto a él.

Pensó en cómo la había protegido Loria, en su actitud siempre conciliadora, en su ecuanimidad.

Le vino a la mente una hermosa canción que Loria solía cantar y que hablaba de que solo se valoran las cosas cuando se han perdido. Las lágrimas le humedecieron los ojos.

Se acostaron. Eyrén no podía dormir. Se dio la vuelta para no ver el camastro de Loria, que estuvo vacío poco tiempo: una joven porenna decidió que era más cómodo que el suyo y se tumbó allí. Eyrén se enfadó muchísimo. Le parecía una aberración, y así se lo comentó a Siwi, que replicó:

—Tenemos que olvidar y mirar al futuro.

—Cada vez soy más consciente de que en este lugar no hay futuro —le contestó Eyrén.

En el dormitorio de los hombres no se hablaba de lo ocurrido. Muchos habían disfrutado de Loria, siempre dispuesta a consolarlos. Se sentían extraños, como abandonados, pero eran incapaces de compartir el dolor entre ellos. Un pudor indefinible les cerraba la boca.

Durante varias noches, Nel no durmió con los demás.

A veces Kalios lo divisaba apostado en una roca de la costa, bajo la luna.

Nel pasaba allí horas, sentado, a menudo dormitando.

Kalios no alcanzaba a ver su rostro, pero de vez en cuando un grito extraño, como de dolor, o una oración dirigida al dios hundido en el mar le llegaban apagados por el constante rumor de las olas. Nunca osó acercarse.

Otras noches, Nel simplemente desaparecía, y Kalios ignoraba su paradero. Pero jamás se retrasaba por la mañana en los entrenamientos. Kalios pensaba que no quería que nadie más muriera por su ausencia. La herida que había dejado la muerte de Loria seguía abierta, profunda, dolorosa…