Las naves de Tarsis El extranjero #3
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El extranjero #3

»Armándome de valor, y espoleado por la necesidad de saber lo que estaba ocurriendo, ascendí corriendo los escalones hasta la cima.

No me dejaron permanecer allí demasiado tiempo, pero fue suficiente.

El peligro persistía: la estrella roja seguía brillando sobre Tarsis.

Sin embargo, esa noche, desde el zigurat pude ver tres hermosas estrellas surgiendo en el firmamento a la par: una era blanca, la otra amarilla y la última anaranjada.

Durante unos instantes brillaron suspendidas sobre la oscuridad, como si aguardaran.

Entonces de la estrella blanca surgió un cometa, con una larga cola de luz, que envolvió a una de las estrellas malignas, la que brillaba hacia occidente, y la hizo desaparecer.

El cometa la había destruido. —Guardó silencio unos instantes, sumido en sus visiones, y luego preguntó con voz baja y cargada de intención—: Quizá tú sepas quién es ese predestinado.

El elegido había nacido en occidente antes de tu regreso del viaje con el que rodeaste África.

—¿Yo? Pero ¿cómo podría saberlo? —se asombró Nórax.

—Hay una señal. Ese hombre nacería de una de las tres estrellas, de la estrella blanca. —Calló de nuevo, y con tono más grave añadió—: Hace años, en Tarsis, una reina dio a luz a tres hijas en un solo parto…

Nórax comprendió de inmediato. Nervioso, excitado y sin vacilar, lo interrumpió:

—Se llama Nel…

Ibath se sintió excitado.

—Él guiará a su pueblo, y con él se derrumbará el poder de la serpiente en Tarsis. El fin de Akálide se avecina. Pero hay más, y eso te afecta muy directamente. Cuando me expulsaron de Ur, remonté el curso del Éufrates hasta llegar a Babilonia. Allí volví a servir en el templo. Y te vi a ti…

Nórax se sobresaltó. Ibath había pronunciado estas últimas palabras con fuerza, al tiempo que lo señalaba.

—Fue mucho más tarde. Años después de ver el primer cometa, observé en los cielos de Babilonia otro.

Surgía de ti, que permanecías bajo las tres estrellas, iluminado por la luz de la estrella anaranjada.

De ella nació un cometa. —Ibath respiró hondo y volvió la mirada hacia Gael, que había permanecido en silencio, inmóvil junto al lecho, escuchando cada palabra—.

Tienes un hijo. Nació después de que regre­sases de Ur.

Gael alzó apenas la cabeza. Hasta entonces había permanecido apartado, atento a la conversación, pero al oír aquellas palabras se estremeció. No obstante, guardó silencio.

—Sí…, mucho después. —La voz de Nórax temblaba, y dirigió la mirada a su hijo—. Nació también de una de las hijas de Gerión: se llama Gael.

Ibath lo miró fijamente.

—Gael se enfrentará también a la serpiente. Será aquí, en el país de Egipto.

Gael frunció el ceño, desconcertado. La penumbra ocultó parte de su expresión, pero en sus ojos apareció un brillo tenso, casi incrédulo.

—¿Apofis?

—Sí. Lo vencerá, pero no lo hará solo. Apofis es poderoso.

Lo hará con alguien… —Ibath alzó el rostro hacia el techo, decorado con grecas en forma de trisquel, aunque no veía la piedra labrada, sino el cielo estrellado de Mesopotamia—.

Desde lo alto del zigurat divisé un último cometa.

Más poderoso que los otros dos, intensamente blanco, brillaba en el cielo con tal fuerza que parecía mediodía.

Tenía forma de ave: un gran pájaro blanco.

Era una mujer, y entendí que ella lideraría a su pueblo porque una gran multitud de estrellas en el firmamento la siguieron.

—El ave blanca de la profecía… ¿Quién es?

—No lo sé. Solo sé que nacería de la tercera estrella.

Nórax cerró los ojos.

—Areté. Krysaor la vendió a Apofis. Era la tercera hermana…

Ibath lo miró, sorprendido.

—¿Esa mujer vive?

Nórax tardó en responder.

—Vivió. Y dejó una hija. —Bajó la mirada, vencido—. Debo delegar mi misión en otros; no puedo más. Estoy muy enfermo. Moriré.

Gael dio un paso hacia el lecho, como si quisiera protestar, pero se contuvo. Se limitó a permanecer junto a su padre, con los brazos tensos y la mandíbula apretada. Ibath los miró a ambos y, con una voz con la que intentaba infundir consuelo, anunció:

—Tu hijo lo hará. Hay una lucha, aquí en la tierra y allá arriba, en el firmamento, entre el bien y el mal. Tú tienes un papel en esa lucha. Todos lo tenemos.

—Siempre lo supe. El dios me lo reveló hace muchos años. Ahora llega mi fin…

—Tú no eres el elegido para destruir a los lilim .

—Lo sé. —En su voz se adivinaba una tristeza serena—. Siento que no he hecho nada en mi vida.

—Sí lo has hecho. Has preparado el camino a quienes lo harán después.

—Mi hijo continuará el camino que un día emprendí.

Gael bajó la cabeza, porque aquellas palabras parecieron abatirse sobre él con el peso de una herencia imposible de sostener.

Tras esas palabras, articuladas con esfuerzo, Nórax enmudeció. Su rostro, macilento, se volvió pálido como la cera. Cerró los ojos y se dejó caer sobre el lecho.

Gael se inclinó de inmediato junto a él.

Su mano dudó un instante antes de posarse sobre el hombro de su padre.

Entonces Nórax abrió los ojos y en su expresión apareció una última claridad.

Permaneció unos momentos mirando al techo; después, reuniendo las fuerzas que aún le quedaban, se incorporó levemente y abrazó a su hijo.

Ibath los dejó solos. No podía hacer más. Solo le quedaba orar a Ormuz y regresar a Mesopotamia para contemplar en silencio los cielos estrellados de Babilonia.