El extranjero #2
—Fui a Haram, la tierra de donde partieron los arameos, los apiru, los hijos de Sem.
Los apiru, a quienes también llaman «hebreos», conservan la historia de los principios, del mundo anterior a que nada existiese.
A aquel al que nosotros llamábamos Ormuz ellos lo llaman Elohim.
—Ibath hizo una breve pausa, como si aún le sorprendiera recordar aquello—.
Según sus sabios, Elohim, el Único, creó primero a los seres espirituales: los ángeles.
Pero uno de ellos, el más poderoso, un ángel de luz, se rebeló.
Y con la rebelión llegó la corrupción. Los apiru lo llaman Satán.
Y con él cayeron muchos otros. —Bajó ligeramente la voz—.
Entonces comprendí que Arimán no era igual al Creador, sino una criatura caída, corrompida, que se oponía al Bien y al Orden.
Un enemigo, no un dios. Arimán… es Satán, nada más que un ángel caído.
Nórax escuchaba con tal atención que parecía recuperar parte de las fuerzas perdidas. Había abierto los ojos y los mantenía fijos en Ibath.
—Después —prosiguió Ibath—, según los apiru, Elohim creó al primer hombre y a la primera mujer y los situó en un jardín: el Edén.
El Maligno los envidió porque eran seres puros, sin corrupción, cercanos al Creador, los odió como odia el mal a aquellos en los que hay inocencia.
Entonces Arimán adoptó la forma de una serpiente.
Nuestros primeros padres cayeron en su engaño, conocieron el mal y fueron expulsados del Edén.
Al oír hablar de la serpiente, Nórax recordó la visión de Albión y comprendió que el destino que Atón le había revelado comenzaba al fin a desvelarse.
Ibath guardó silencio. Su rostro, antes encendido por la palabra, se oscureció como si una sombra lo hubiese tocado.
Había horror en sus ojos, un reflejo pálido de lo que había descubierto.
—Sin embargo —habló al fin, con voz baja—, la serpiente no desapareció, permaneció entre los hombres, cerca de ellos, intentando dañarlos y destruirlos porque es un principio cruel y maligno.
Desde nuestros primeros padres, la serpiente siempre ha estado al acecho, oculta, perversa, sibilina.
Pasaron las generaciones y el mal adoptó una nueva forma.
Adoptó el aspecto de una hermosa mujer. Se unió a un hijo de los hombres… al que después devoró.
Ahora, Nórax comenzaba a comprender quién era realmente la serpiente.
—Los apiru —continuó Ibath— la llaman Lilith.
No es hija de los hombres. Es un engendro del abismo, del deseo retorcido de Arimán de destruir la creación.
De aquella unión maldita nacieron seres con el alma deforme: hombres y mujeres que caminan entre nosotros, pero no son como nosotros.
Poseen una doble naturaleza. Parecen humanos, pero albergan en su interior la simiente del caos.
Son los lilim. Nacen de las hembras que descienden de Lilith, fecundadas por Arimán.
—Hi zo una pausa larga y en su voz apareció entonces un matiz grave, como si invocara algo que temía—.
No tienen compasión. No tienen alma. Son máscaras del mal.
No son humanos, aunque por su aspecto lo parezcan. Son, en verdad, serpientes que caminan.
Ibath se detuvo de nuevo, tomó aire y después lo exhaló en un suspiro. Su rostro, antes ensombrecido por el temor, se iluminó ahora con una luz serena, como si en él asomara la esperanza.
—Desde Haram, la tierra de los arameos, regresé a Etememenki, el gran zigurat de Babilonia, fundamento del cielo y de la tierra.
Aquel lugar sagrado está más cerca del cielo que ningún otro.
Ayuné y oré, y en las noches estrelladas miraba al cielo pidiendo ayuda contra el mal, que intuía acechando a la humanidad.
Un día, en lo alto del zigurat, Ormuz, el buen dios, se me reveló.
Sentí el calor de un amor sin fin, una armonía que no cabía en palabras, y comprendí que mi destino era combatir a la serpiente y luchar para que la luz benigna de Ormuz se extendiera sobre la tierra.
Nórax sintió un estremecimiento.
—Ese es también mi destino —respondió con voz quebrada—. A mí se me reveló en el templo solar de Albión.
Hubo un instante de silencio, denso; lo sagrado se interponía entre ambos.
—Por eso te he buscado. Tú y los tuyos sois esenciales en esta batalla entre Ormuz y Arimán.
Vuestra estirpe se ha generado a través de las hespérides, que son las elegidas de Ormuz, a quien llamáis Atón, y ha sido llamada a combatir a la serpiente y a sus hijos, los lilim.
Por eso vuestro destino no es ajeno a cuanto está ocurriendo.
—Ibath bajó ligeramente la voz—. Los magos de Babilonia conocen los cielos —prosiguió— y afirman que los astros hablan de aquello que acontece en la tierra.
Me dijeron que cada vez que nace un hijo de Arimán, el señor del caos, cada vez que nace un lilim, una estrella roja aparece en el firmamento.
La fatiga oprimía el pecho de Nórax. Lo que Ibath le contaba le dolía, pero necesitaba saber. Más que nunca deseaba comprender los designios del dios sobre la humanidad y sobre su propia vida, ahora que esta se apagaba. Con un leve gesto, animó a Ibath a que prosiguiera.
—Una noche, las estrellas se alinearon y bajo la constelación de Ofiuco, la gran constelación de la serpiente, aparecieron dos estrellas rojas en el firmamento.
Una de ellas alumbraba hacia el occidente, hacia Tarsis, el país del fin del mundo.
La otra teñía con su fulgor cárdeno el país del río, Egipto.
Comprendí entonces que dos lilim, dos hijos de la serpiente, habían venido a la tierra.
Y supe que mi destino era encontrarlos y oponerme a ellos.
—Apofis y Akálide —musitó Nórax—. Ambos son principios del mal.
De nuevo Nórax se detuvo, agotado por la enfermedad que lo consumía.
—Me dirigí a Egipto. Allí el faraón llevaba el nombre de una serpiente: Apofis.
No tardé en comprender que uno de los lilim era él.
Pero no podía hacer nada; era demasiado poderoso.
Reinaba con crueldad en Egipto. Solo podía vigilar y esperar las señales de Ormuz.
Así que, desde el delta, me embarqué hacia Tarsis.
Cuando llegué, reinaba el bondadoso Gerión.
Nada en su corte parecía albergar el mal.
Apesadumbrado, Nórax asintió con lentitud, mientras decía:
—Akálide ya estaba en Tarsis.
—Sí… La serpiente ya estaba allí, pero no logré comprender que era ella.
En una noche de luna llena, sentí que debía regresar a Mesopotamia…
, volver a ascender a un zigurat y encontrar allí las respuestas que aún me faltaban.
Sabía que habían llegado dos seres malignos, dos lilim, pero ¿cómo luchar contra el mal, que reaparecía bajo nuevas formas?
No entendía por qué Ormuz me había dirigido hacia Tarsis.
Ahora lo sé. Debía encontrarme contigo y con los tuyos.
Tú eras una de las respuestas. Fue entonces, mientras deambulaba por el puerto, cuando encontré a un grupo de jóvenes marinos con ansias de aventura: tú y tus compañeros.
Os propuse viajar al país de los dos ríos, y aceptasteis.
»Al llegar a Ur, busqué a uno de los sabios caldeos de la ciudad y le rogué que me permitiera subir al zigurat.
Se negó. Aquel santuario estaba consagrado a Inanna, diosa de la luna.
No era casualidad: en Tarsis había sentido la urgencia de regresar precisamente en una noche de plenilunio, y que en Ur hubiese un templo a la luna también era una señal. Debía subir al zigurat de Ur.