El extranjero
Desde el laberinto de ramales que rodeaban la isla de los góidel, una faluca de vela cuadrada se deslizaba sobre las aguas oscuras del río.
En la popa, un barquero la gobernaba mediante el largo remo del timón.
Sentado junto a él, en el fondo de la embarcación, un hombre de cabello rojizo, algo canoso, contemplaba la ciudadela de la triple muralla.
Con ayuda del remero saltó al muelle, cruzó la muralla de adobe y, con paso lento, se adentró en las callejuelas que rodeaban el palacio de Nórax y el templo.
Los muros del palacio lo recibieron, pero el hombre pelirrojo no se dirigió a la entrada principal, sino a un pequeño portillo que daba acceso a los almacenes.
Sentía que no tenía derecho a cruzar la gran puerta, reservada para nobles, ricos comerciantes y hombres cercanos a Nórax.
Dos sirvientes introducían una pesada ánfora de aceite en uno de los almacenes e Ibath se deslizó tras ellos. Cuando dejaron la carga en el suelo y advirtieron su presencia, se volvieron hacia él con desconfianza.
—¿Qué quieres? —le espetaron bruscamente.
El rostro del extranjero, macilento, reseco, denotaba cansancio.
—Busco al príncipe góidel —dijo fatigosamente.
—¿Quién sois?
—Fui compañero de viajes del marino Nórax.
Los criados intercambiaron miradas, evaluando al hombre desaliñado que afirmaba conocer a su señor.
Tenía aspecto de mendigo, no de un antiguo compañero de viaje del noble Nórax.
Intentaron cerrarle el paso. Pero algo en sus ojos oscuros se impuso a ellos.
Parecía haber recorrido grandes distancias, y aún cargaba con el peso de ese viaje.
El silencio se hizo tenso hasta que el hombre del pelo rojo habló con una voz pausada pero con determinación.
—Debo hablar con él.
Lo miraron de nuevo despectivamente y le contestaron sin animarle a que se quedase:
—Mi señor Nórax está muy enfermo, nada debe perturbarlo.
—No me iré hasta hablar con él. Esperaré lo que sea necesario. Lo que le quiero decir es importante.
Los dos criados, al ver su determinación de permanecer en el palacio, lo dejaron pasar.
—¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Ibath. Nórax sabrá quién soy.
Lo condujeron a un cuartucho estrecho y oscuro, un almacén.
El ambiente olía a aceite por las grandes ánforas allí almacenadas.
Un pequeño ventanuco dejaba pasar un haz de luz diurna.
Junto a la pared había un cajón de madera y se sentó en él.
El sol que atravesaba el ventanuco se fue moviendo marcando el paso del tiempo.
Mientras, el hombre del cabello rojizo miraba una y otra vez al ventanuco, preocupado, llevándose las manos a la cabeza, como si algo lo atormentase.
Las sombras de la tarde fueron cayendo lentamente y el cuarto quedó sumido en una penumbra espesa, apenas rota por la luz anaranjada que entraba desde el exterior.
El aire olía a polvo y a piedra caliente.
Ibath aguardó en silencio, cansado por el largo viaje, apoyado contra el muro, con el peso de los años y del camino acumulado sobre los hombros.
Por fin la puerta se abrió. Apareció un hombre alto y fornido, de cabellos claros y mirada transparente.
La luz moribunda del atardecer perfiló sus facciones, revelando una juventud severa, todavía intacta.
Había algo en él que recordaba a Nórax: la firmeza del porte, la serenidad contenida, aquella manera de callar y observar unos segundos antes de hablar.
—Me llamo Gael, Nórax es mi padre. Está muy enfermo. —Ibath lo observó atentamente. Le pareció ver en aquel muchacho los rasgos del hombre que había sido su amigo y de quien tantos años atrás había recibido ayuda—. Dime qué te trae por esta ciudadela en el Nilo.
—Hace años viajé con tu padre. Fuimos amigos. Le debo la vida. Tengo que hablar con él…, es muy importante.
Gael no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil, estudiándolo con cautela, como si tratase de sopesar hasta qué punto debía confiar en aquel extranjero de rostro curtido y mirada agotada.
—Dime lo que quieres. Yo le comunicaré lo que sea preciso.
—No. Tengo que verlo. Lo que he venido a decirle debe escucharlo de mis labios. Además, hay algo que necesito saber, y solo él puede responderme.
La expresión de Gael se entristeció al tiempo que se endurecía.
—Todo le afecta. En realidad, se está muriendo.
Durante unos instantes ninguno habló. El semblante de Ibath traducía una profunda angustia, una necesidad imperiosa de hablar con Nórax.
El silencio quedó suspendido entre ambos, pesado, casi incómodo.
Luego Gael suspiró y asintió. Muchos querían ver a su padre, el príncipe de los góidel, para pedirle favores.
Sin embargo, sintió que Ibath era distinto.
Sus ropas harapientas, el cansancio acumulado del viaje y la mirada inteligente que aún conservaba traslucían algo difícil de explicar.
Finalmente, Gael giró levemente la cabeza en señal de asentimiento y, sin añadir nada más, echó a andar.
Nórax yacía postrado en el lecho. En su rostro pálido y consumido se apreciaba el cansancio. Las manos huesudas, de uñas azuladas, se agarraban a la manta que lo cubría, como si luchase por aferrarse a la vida.
Ibath se conmovió al verlo tan enfermo; le costó reconocer en aquel cuerpo exhausto al capitán de hombres, al fuerte marino, que había conocido tantos años atrás.
Por su parte, Nórax apenas distinguía, a contraluz, la figura que acompañaba a su hijo.
Entrecerró los ojos, esforzándose por enfocar aquel rostro que la penumbra desdibujaba.
Durante unos instantes pareció buscar en la memoria.
Finalmente, cuando Ibath se acercó al lecho, lo reconoció.
—¡Ibath! Cuando nos despedimos en Ur, pensé que jamás volvería a verte. ¿Qué haces en la tierra de Khemet?
La voz de Nórax era débil, entrecortada, apenas un hilo fatigado.
—Viajaba rumbo a Tarsis en vuestra búsqueda.
Hace unos días vi a vuestro hijo entrar en Avaris, celebrando la victoria sobre los tebanos.
Reconocí los estandartes del trisquel, pregunté por ellos y supe que estabais aquí.
—Ibath hizo una breve pausa. También a él parecía costarle ordenar los recuerdos del largo viaje—.
Llevo años buscándoos… para deciros algo muy importante.
Nórax sintió un leve desasosiego. Percibía que le quedaba poco tiempo de vida y no deseaba que nada turbase la frágil calma de aquellos días. Ibath no quería fatigarlo, pero lo que traía consigo pesaba demasiado como para callarlo, y finalmente prosiguió.
—He detectado signos en los cielos que marcan vuestro destino y el de vuestras gentes. Debéis confiar en mí.
Una sonrisa escéptica se dibujó en el rostro de Nórax.
—Años atrás me engañaste…
Su voz era débil, apagada por la enfermedad y la fatiga. Ibath respiró hondo. Bajó la mirada durante unos instantes, como si le costase sostener el peso de aquel recuerdo. Sus dedos se crisparon levemente, y cuando volvió a alzar los ojos se percibía en ellos una gravedad extraña, casi dolorosa.
—Pero ahora os diré toda la verdad.
Calló de nuevo mientras parecía buscar las palabras porque la historia que debía contar era larga y compleja.
—No soy góidel —confesó lentamente—. Soy caldeo, un semita; no desciendo de Jafet, sino de Sem.
—Se detuvo un instante. Luego prosiguió—.
Durante años dediqué mi vida a mirar las estrellas.
Todo lo que ocurre en la tierra está escrito en los cielos.
He sido sacerdote caldeo, uno de esos a los que llaman «magos».
A Nórax le pareció recordar que en Ur le habían hablado de aquellos sacerdotes caldeos que buscaban las señales de los dioses en los cielos. Lo miró fijamente, y el interés que empezaba a despertarse en él le devolvió parte de las fuerzas que había perdido.
—Nací en Babilonia, bajo la dinastía casita.
En mi juventud fui adiestrado para interpretar lo que ocurría en el firmamento y relacionarlo con los destinos humanos.
Me abismaba contemplando las estrellas, siguiendo su curso, intentando descifrar lo que querían revelarme.
—Hizo una breve pausa para retrotraerse más atrás en su pasado—.
De niño —continuó— mis padres me llevaron al gran zigurat de Babilonia.
Allí aprendí que el mundo está regido por dos fuerzas eternas: la luz y la sombra, el orden y el caos.
Los sabios hablaban de Ormuz, el espíritu luminoso y creador, y de Arimán, su contrario: destructor, mentiroso, sembrador de discordia.
—Ahora la voz de Ibath se tornó más grave, casi confidencial—.
Desde mis tiempos de iniciación al pie de un maestro, me atormentaba una duda.
¿Cómo podía Ormuz, creador de todas las cosas, ser igualado por Arimán?
Un dios verdaderamente creador debe ser omnipotente, pues crear el mundo de la nada exige una potencia infinita.
Si existían dos dioses, uno limitaría al otro.
Y entonces ninguno podría ser omnipotente ni verdaderamente creador.
Nórax abrió los ojos con un interés creciente, incorporándose entre los almohadones, atento. Gael le acercó a Ibath un pequeño escabel de madera para que se acomodase junto a su padre.