De nuevo Nel #3
—Pero lo intento —respondió Nel con firmeza—.
Salvo a los que puedo. Quiero vengarme, y sé que, protegiendo a estos hombres de la mina, lo hago.
Me vengo de Krysaor. ¡Cuánto lo detesto!
—Nel dejó de hablar porque la cuesta se empinaba hacia arriba, casi vertical.
El ascenso se hizo arduo. Cuando llegaron al punto más alto, se volvió hacia Sahrik y le dijo—: Llama a todos los que puedas.
Tenéis que iros. Yo no sé si podré regresar. ¡Por allí!
Señaló un lugar. Sahrik entendió lo que le quería decir, afirmó con la cabeza y salió corriendo.
Siguieron avanzando, recorriendo distintos pasillos que ascendían en la roca, hasta que llegaron a un lugar donde el corredor se hacía más espacioso.
Allí se detuvieron a esperar y Kalios aprovechó para seguir interrogándolo.
—¿Por qué vienes aquí? ¿Desde cuándo? —le preguntó.
—Hace muchos años descubrí la situación de estos seres. Los capturan en costas lejanas y los meten bajo tierra. En la ciudad se cree que son ofrendas al Cándamo, pero no es así. Simplemente son esclavos para conseguir oro en las profundidades de la tierra.
—Y ¿el dios toro? ¿El Cándamo?
—No existe ningún dios toro. No hay ningún monstruo bajo Tarsis.
Es una leyenda que ha inventado Akálide para aterrorizar a la gente.
La reina sabe que, cuando se excava, la ciudad tiembla.
Cuando quiere infundir miedo entre la población, ordena incrementar el ritmo de las excavaciones.
El verdadero monstruo es ella…, o quizá la insaciable sed de oro de los tartésicos, una codicia que acabará por destruirlos.
—Kalios lo observó con asombro mientras el semblante de Nel revelaba un profundo sufrimiento—.
Nuestra civilización se hunde, y eso no es solo una metáfora.
La ciudad caerá un día porque está asentada sobre un enorme pilar que contiene el oro.
Al tocar ese pilar, las tierras se vuelven inestables, de tal modo que estamos corroyendo los cimientos de nuestro propio mundo.
Llegará un día en que el mar entre en todas estas cuevas, y eso será el fin de todo lo que conocemos.
—Se quedó un instante callado y después su tono cambió—.
Estos seres me apenan, y por eso quiero ir liberando a los que pueda y enseñarles el camino de salida para que el día que la ciudad se hunda sean capaces de escapar.
—Y… ¡arriesgas tu vida por ellos! —afirmó Kalios, admirado.
Nel fingió que no lo había escuchado y siguió avanzando hacia la salida en la costa. Poco después regresó Sahrik, acompañado de muchos de sus congéneres.
Se formó una larga fila de esclavos dirigida por Nel y Kalios y a la que se iban sumando muchos más a medida que avanzaban.
El camino labrado en la roca seguía subiendo hasta que se vislumbró algo de luminosidad al final de un túnel.
Cuando se iban aproximando a la claridad, percibieron el rumor del oleaje y el olor a salitre.
Desembocaron en una cueva que se abría a una playa, detrás el gran malecón del tercer círculo de Tarsis.
Al salir, Kalios vio brillar las mismas estrellas que había contemplado al salir de la arena.
No había amanecido aún, y una luna plena y redonda iluminaba todo el estuario.
La visión era hermosa, sobre todo para aquellos que habían pasado tantos años bajo tierra.
Atracada en la playa había una balsa hecha con restos de los carretones que trasportaban el oro.
La había construido el propio Nel tiempo atrás, con la ayuda de Sahrik.
Nel les ordenó que la empujasen hacia el agua y se subió a bordo.
No había espacio suficiente para todos. Algunos protestaron, pero él les explicó que, si subían todos, la barca se hundiría.
Se dirigió a Sahrik y le indicó que construyesen balsas y las llevasen de noche hasta aquel lugar.
Le pidió a Kalios que se echara al agua para llevar a otros consigo.
Indicó a uno de los siervos que se sujetara a los hombros del gigantón, y después, a otro, que se agarrara a los hombros del primero, así hasta formar una cadena de tres.
Más no era posible porque se hundirían. Luego Nel le hizo una señal a Kalios para que nadase hacia la costa del estuario mientras él comenzaba a remar hacia la lejana ribera.
En la playa quedaron muchos que no sabían nadar y no cabían en la barca.
Todos se mostraban cabizbajos. Antes de partir, Nel abrazó a Sahrik y le sugirió que siguiese construyendo balsas y sacando de allí a todos los esclavos que pudiera.
El hombrecillo asintió con la cabeza, con los ojos brillantes.
Kalios avanzaba lentamente con el peso de los esclavos sobre sus espaldas.
Los hombrecillos tiraban de él hacia abajo, dificultando su avance.
Al darse cuenta de que estaba en apuros, Nel le gritó que se agarrase a la balsa.
La embarcación se hundió un poco más al recibir un peso adicional, y los que estaban dentro comenzaron a achicar agua intentando mantenerla a flote.
El amanecer despuntaba ya cuando finalmente llegaron a una playa y los de la balsa saltaron a tierra. Cuando el agua ya no les cubría, los siervos soltaron los hombros de Kalios y comenzaron a caminar torpemente por la orilla.
Una vez que estuvieron todos reunidos al otro lado del estuario, dieron brincos de gozo. Después se arrodillaron ante Nel y pegaron la frente en la arena. Con el gesto malhumorado que a veces lo caracterizaba, Nel les levantó de inmediato.
—No os arrodilléis, no soy un dios ni puedo hacer nada más por vosotros —les dijo con firmeza.
La luna llena palidecía bajo la luz del alba cuando Nel señaló el amplio río de Tarsis que desembocaba en el estuario y les indicó que siguieran su curso contracorriente. Más arriba, en las montañas, quizá encontrasen un lugar donde poder refugiarse, muy lejos de la servidumbre de la diosa.
Después se dirigió a Kalios:
—Tenemos que regresar.
—¿Cómo? La balsa hace aguas, no aguantará la travesía.
—Nadando, volveremos a la arena.
—Llegaremos tarde —objetó Kalios.
—No si lo hacemos deprisa.
—Te buscan. Te castigarán si regresas.
—Sé cómo defenderme —alegó Nel con una mezcla de orgullo y resignación.
Se lanzaron al mar y el agua, fresca en un principio pero pronto más agradable, los envolvió mientras braceaban con fuerza hacia la isla. Finalmente alcanzaron la playa cercana a la plaza donde se alzaban el templo y la arena.
—¿Desde cuándo estás fuera? —le preguntó Nel.
—Salí cuando todos se acostaron. Eyrén me guio hasta la taberna. Fuimos a buscarte porque Loria nos lo pidió.
—Loria siempre se preocupa por mí. —Sonrió Nel—. Seguramente no se habrán dado cuenta aún de tu ausencia. Entraremos por separado. Sube tú primero y mézclate entre los atletas. Después llegaré yo.
Kalios trepó ágilmente entre las rocas que rodeaban la pequeña cala mientras Nel lo hacía en otra dirección.
El aguador cruzó varias callejas y entró en la gran plaza.
Las luces del alba asomaban hacia el oriente cuando los gritos de los porenna, empujados a la plaza, resonaron por todas partes mientras se situaban en un semicírculo bordeando la plaza.
Se estaba sorteando quién iba a ser ejecutado.
Eyrén y Loria, al distinguir a Kalios a lo lejos en el corredor que conducía a la arena, se miraron con angustia.
Cuando ocupó a su lugar entre los porenna, en los ojos de ellas asomó una muda pregunta sobre Nel.
Kalios, por toda respuesta, sonrió con confianza.
En las gradas, los sacerdotes, que mostraban una expresión adusta, comenzaron a nombrar a atletas para que diesen un paso al frente. Uno de ellos debía morir.
Justo en ese momento, cuando el dios Atón se alzaba con fuerza, Nel hizo su entrada. Todos dirigieron sus miradas hacia él. Se había puesto una túnica nueva, y su cabello resplandecía bajo el sol. Eyrén enrojeció al verlo.
Lo detuvieron. El gran sacerdote de la diosa se dirigió a él, amenazador, increpándole y proclamando a gritos que iba a morir. Nel no se arredró, sino que en voz baja y lentamente comenzó a hablarle. Algunos lograron escuchar sus palabras.
—El rey Krysaor nunca aprobará mi muerte…, lo sabes bien. Además, necesitáis el espectáculo, y yo soy el único capaz de mantener viva la taurocatapsia en la arena.
—Ten cuidado —le gritó el gran sacerdote—, un día caerás en desgracia, y ese día pagarás muy caro tu atrevimiento.
—Veremos… —masculló Nel para sí mismo.
Sin embargo, su voz no tenía la firmeza de otras veces.