De nuevo Nel #2
—La Diosa de las Serpientes dice que no somos seres humanos —respondió con amargura—. Que somos feos y oscuros, que somos animales, no hombres, que solo lo bello debe vivir.
Kalios se dio cuenta de que hablaba de Akálide. Era ella. Sin duda. El hombrecillo siguió su explicación:
—Solo el dios Sol nos salva.
—¿A qué dios te refieres? —le preguntó Kalios, intrigado.
—Lo llamamos así. Algunos lo han visto. Es un hombre alto, muy fuerte y con el cabello color del oro, que conduce a los elegidos fuera de aquí.
Hablaba con emoción, describiendo al «dios Sol» con fervor. De pronto Kalios comprendió que el dios Sol no podía ser otro que Nel. Y él venía a buscarlo.
—¿Sabes dónde está ese que llamáis el dios?
—Se dice que viene por allí… —El hombrecillo señaló por donde había entrado Kalios—. Pero siempre sale hacia el mar. Nos lleva hacia el mar sobre sus hombros. Nosotros no sabemos nadar, pero él sí.
De pronto Kalios recordó lo bien que nadaba Nel, su capacidad de permanecer bajo el agua, sin respirar, lo que parecía una eternidad y salir después a la superficie.
—¿Cómo te llamas?
—Sahrik —respondió el pequeño ser esbozando una sonrisa que dejó al descubierto una dentadura amarillenta y sucia.
—Pues bien, Sahrik —propuso Kalios, devolviéndole la sonrisa—, tenemos que buscar a ese dios tuyo.
—Tú también eres un dios.
—Bueno… —rio Kalios, confundido en su sencillez—, en cierto sentido sí lo soy.
—Eres muy fuerte y muy alto —apuntó Sahrik observándolo con admiración.
De nuevo la tierra tembló y Sahrik se asustó mucho.
Una tromba de agua avanzaba por el corredor.
A Kalios no le cubría, pero a Sahrik, sí.
Kalios reaccionó rápidamente, apartándose hacia la roca y agarrando a Sahrik para que la corriente no lo arrastrara.
Durante unos instantes que les parecieron eternos, la tromba de agua los envolvió antes de seguir su curso.
Sahrik levantó la mirada hacia el rostro de Kalios, quien sacudía la cabeza para quitarse toda el agua que le había empapado.
—Es la gran diosa serpiente, la esposa del Cándamo —murmuró Sahrik con temor.
—Tenemos que salir de aquí —resolvió Kalios con decisión—, tenemos que encontrar a Nel.
—¿Llamas Nel al dios?
—Sí. Se llama Nel.
—Hablaré con mis hermanos, quizá sepan algo.
Sahrik guio a Kalios cada vez más profundamente, descendiendo hacia las entrañas de la tierra.
Finalmente alcanzaron una inmensa hondonada donde innumerables esclavos trabajaban sin descanso y una red de túneles oscuros confluía como las raíces retorcidas de un árbol subterráneo.
La hondonada parecía una enorme cúpula, con un extenso pilar central.
Había allí cientos de esclavos: algunos sacaban agua en cubos, como él cuando trabajaba como aguador; otros cargaban el metal en carretones, que acoplaban a los convoyes que Kalios había visto antes; por último, un tercer grupo excavaba en el gran pilar central, que de vez en cuando destellaba oro bajo los golpes de los picos de los trabajadores.
De pronto, cerraron unas compuertas de madera para abrirlas bruscamente de golpe.
La tromba de agua estalló contra el pilar central y, en un instante, un violento terremoto sacudió todo a su alrededor.
Kalios y Sahrik temieron ser aplastados, mientras la tierra vibraba sobre ellos y bajo sus pies.
Después el terremoto cesó y los hombrecillos se dedicaron a recoger los pedruscos que habían caído por la tromba y a desmenuzarlos para extraer el oro.
Kalios y Sahrik observaban todo en silencio.
Una piedra que cayó desde el techo aplastó a un hombre.
Los guardianes no dejaron que los otros lo liberaran del peso de la roca, y debió de morir en poco tiempo.
Kalios se horrorizó y un silencio pesado se abatió sobre ellos.
Al fin pararon los trabajos para que un grupo de esclavos relevase a otro.
Sahrik señaló a uno de los que acababan de salir hacia los túneles laterales y cuchicheó a Kalios:
—Ese es mi hermano. Hacía tiempo que no lo veía…, creí que había muerto. Él sabe todo lo que ocurre aquí.
Lo siguieron pegados a la pared y consiguieron acercarse sin ser vistos.
Cuando Sahrik llegó a su lado, se abrazaron.
Le susurró algo al oído, habló del dios, y el hombre les hizo una señal para que lo siguieran.
Aprovechando la penumbra del túnel, lograron escabullirse de los guardianes.
Retrocedieron por pasadizos más estrechos hasta alcanzar una cueva más amplia, en las profundidades.
Una tea encendida en un rincón arrojaba una luz débil.
Se detuvieron allí, escondidos en un entrante de la roca.
Sahrik agarró la tea para iluminar el pequeño refugio y a la luz vacilante pudieron reconocerse mejor.
Cuando el hermano de Sahrik vio a Kalios, abrió los ojos de par en par y, sin dudarlo, cayó de rodillas ante él como gesto de adoración.
—¡No soy un dios! —exclamó Kalios, asustado.
—Vistes como el dios.
Se miró a sí mismo. Lo único que llevaba era la ropa de saltador. «La misma que viste Nel», pensó.
Inmediatamente, Sahrik le preguntó si sabía dónde podía estar Nel. El hombrecillo se echó a llorar.
—Hubo un desprendimiento en la zona más al norte… donde quedaron atrapados varios. Dicen algunos que el dios está allí.
—¿Cuándo ocurrió? —preguntó Kalios con urgencia.
—Hace dos turnos de trabajo.
—¿Cuánto dura cada turno?
—No estamos muy seguros, pero calculamos que la mitad de un día solar.
—¿Han muerto todos? —intervino Sahrik.
—No. Todavía se oyen los gritos, pero no los rescatan. Eran de los que sueltan el agua, no llevaban oro.
—¡Guíanos! —le urgió Kalios con determinación.
Tras recorrer una maraña de túneles, guiados por el hermano de Sahrik, alcanzaron el lugar donde se había producido el desprendimiento.
Del otro lado se oían los lamentos de los atrapados, abandonados a su suerte.
Kalios gritó el nombre de Nel. Un aullido de alegría resonó al otro lado, apenas audible, pero lleno de esperanza.
Las piedras del desprendimiento eran descomunales, desafiaban incluso la fuerza del antiguo aguador, que se afanaba sobre una de tamaño colosal.
Sahrik lo miraba estupefacto: los músculos de Kalios se tensaron mientras intentaba mover la roca, que al principio no cedía.
Miró en derredor y descubrió en el suelo una barra de metal que debía de haberse caído tiempo atrás de algún convoy.
La agarró e hizo palanca. La barra acabó partiéndose, pero la piedra se desplazó ligeramente.
Kalios hundió los dedos en las aristas y volvió a empujar con todo su cuerpo.
Sahrik y el otro hombrecillo se sumaron también al esfuerzo.
La piedra comenzó a ceder gradualmente hasta que, con un gran estrépito, se deprendió.
Desde el otro lado también empujaban y retiraban escombros.
Finalmente, por la parte alta del derrumbe se abrió un hueco que poco a poco fue ensanchándose.
Continuaron apartando pedruscos hasta que asomó una cabeza rubia: era el jefe de los porenna, Nel.
—Tened cuidado, todo es frágil —advirtió Nel, aún desde dentro, con voz que sonaba débil—. Podría haber otro desprendimiento. Los que construyeron estos túneles no lo apuntalaron y el techo puede ceder.
Con extrema cautela, fueron sacando las piedras una por una, lentamente.
De cuando en cuando, al tirar de alguna, todo se movía, obligándolos a detenerse y apartarse rápidamente para no ser aplastados.
Por fin, el hueco fue lo suficientemente grande como para que pudieran pasar Nel y otros cuatro esclavos, alguno de ellos herido.
Al ver a Sahrik, Nel se apoyó en él para poder salir, aún tembloroso:
—¡Sahrik! Viejo amigo… ¡Siempre me has ayudado en todas mis dificultades! —Después se volvió a Kalios—: Atrás quedan otros que han muerto. ¡Ha sido horrible! —balbuceó.
Su rostro revelaba una fragilidad que Kalios nunca había visto antes. Nel siguió hablando, la voz quebrada por la angustia y la amargura:
—Pensé que mi fin había llegado. Lo que más me preocupaba eran las represalias de los sacerdotes de la diosa. —Entonces Nel, sin poder contenerse, estrechó a Kalios—: ¡Kalios! ¡Cómo podré pagarte!
Kalios sonrió con aquella expresión sencilla que lo caracterizaba y con la que daba a entender que no había hecho nada, y después le propuso:
—No me saques a la arena en una buena temporada y protege a Eyrén.
Nel se quedó serio por un momento. Iba a enfadarse con Kalios, pero tenía presente aún que le había salvado la vida.
—No puedo hacerlo —respondió con frustración—. No me dejan hacerlo. ¡Ya quisiera yo! El que no baila delante del toro tiene como destino el laber para ser sacrificado.
Caminaron juntos, hombro con hombro, seguidos por los hombrecillos de tez oscura, que reían y señalaban asombrados la altura y fortaleza de los dos atletas, como si fueran dioses o seres de otro mundo.
—Deberías regresar cuanto antes —le sugirió Kalios mientras caminaban—. Se ha decretado que un porenna morirá cada día que no estés en tu puesto.
—¡Malditos sean! Alguna vez que me he retrasado, han amenazado con tomar esa represalia, pero yo siempre conseguía regresar a tiempo. Sí, debemos volver. Pero no puedo abandonar a los esclavos de la diosa; cada día que pasan mueren más.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Kalios, sin poder contener su curiosidad.
—El dios me ha encargado esta misión: salvar a los oprimidos por Krysaor.
Se lo debo a Gerión… Se lo debo a Eteria…
—Nel se detuvo y, con la voz temblorosa, como si hablara desde otro lugar en su interior, dijo algo que Kalios no entendió—: Mi padre mató a mi abuelo…
, al que yo amaba. Es un hombre cruel. Debo reparar lo que él hizo.
Estoy lleno de rabia, pero sé también que la rabia puede trasformar el mundo.
—No podrás tú solo.