Las naves de Tarsis De nuevo Nel
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De nuevo Nel

Después de la fiesta de Sopdet, Nel se esfumó.

Pasaron dos días sin que apareciese por los entrenamientos, de modo que, en su lugar, otros gimnastas menos capacitados que él comenzaron a adiestrar a los porenna.

Eyrén oyó rumores acerca de que tiempo atrás aquello había sucedido ya en varias ocasiones.

Los sacerdotes, y los guardianes de porenna, lo habían amenazado, advirtiéndole de que, si volvía a ocurrir, sería castigado severamente.

La ausencia de Nel no dejaba de rondar la mente de Eyrén. La joven no podía sacárselo de la cabeza. Llegó a soñar con él.

—Como no regrese Nel —le dijo a Kalios—, no podremos hacer el número…

—Y no solo eso —contestó—. Date cuenta de que, al no haber entrenado con Nel, que nos corrige todo, perderemos precisión y potencia.

Esa noche, cuando ya lo daban por perdido, Nel reapareció de repente. Inmediatamente lo detuvieron y lo encerraron un calabozo varios días. Cuando regresó, llevaba las marcas del látigo en la es­palda.

Cuando retomó los entrenamientos, Nel estaba más torpe, pero en pocos días su soltura y destreza volvieron a ser las de siempre.

Los porenna, cuando sentían la presencia de Nel, se esforzaban más.

Aunque no lo expresaban con palabras, su actitud dejaba claro cuánto lo habían echado de menos.

Nel, por su parte, los trataba como siempre, con dureza, sin permitirles faltar a la disciplina.

Esa noche, en su camastro, Eyrén no lograba apartar de su mente a Nel y su corazón latía con fuerza.

Era muy fácil saltar el toro teniendo al lado a alguien tan experto, tan decidido y tan seguro como Nel.

De pronto oyó pasos subiendo por las escaleras.

Se levantó para ver quién era y se dirigió a la sala central.

Allí, bajo la luz tenue de una antorcha, vio la atlética figura de Nel, que con paso elástico y ágil subía los peldaños de la escalera de dos en dos y desaparecía una noche más por la salida de las estancias de los porenna .

Cuando amaneció, y se iniciaron los entrenamientos, el jefe de porenna no aparecía por ningún lado.

Los saltadores de toro intentaron seguir la rutina de los entrenamientos, pero no hablaban entre sí.

Hubo varias caídas porque no tenían coordinación ni mantenían un ritmo continuado.

No quedaba mucho tiempo para el próximo espectáculo, lo que les ponía a todos aún más nerviosos.

Cuando llegó la noche, aumentó la preocupación.

Muchos no podían dormir. Eyrén dio vueltas en el camastro y se durmió de madrugada.

Por la mañana, Nel seguía ausente. Los guardias leyeron un manifiesto: si el jefe de porenna no aparecía, por cada día de retraso se enviaría al laber a uno de los saltadores. La primera ejecución estaba prevista para el día siguiente.

Cuando terminó el entrenamiento, Loria se aproximó a Eyrén, y su voz transmitía una gran inquietud.

—Me dijiste que conocías un lugar al que Nel se dirigió una vez.

—Sí —respondió Eyrén, un tanto incómoda.

—Quizá podrías ir allí y preguntar.

—¡Es un prostíbulo! —exclamó Eyrén, sorprendida.

—Pídele a Kalios que te acompañe. Debemos protegerlo como él nos protege a nosotros. ¡Estoy segura de que algo le ha pasado! ¡Puede que esté en peligro! Y nosotros también… Mañana alguien va a morir si no aparece.

A juzgar por su voz, Loria estaba muy asustada.

—¿Cómo podremos salir? —le preguntó Eyrén.

—Sabes que tengo amigos… Pueden abrir puertas.

Eyrén había oído hablar de aquellos amigos de Loria, sacerdotes de la diosa que, a cambio de determinados favores, la protegían.

—Búscalo. Ve con Kalios. Yo no puedo, me espera… «un amigo» —exclamó Loria con amargura—. Creo que Nel está metido en algo grave. Se ha negado a decirme lo que es.

Sintió el perfume de Loria, que emanaba una sutil sensualidad. Eyrén adivinó que ella y Nel eran algo más que hermanos de leche.

—Tengo miedo de que le haya pasado algo. Nunca ha tardado tanto en regresar.

Aquella noche Eyrén condujo a Kalios hasta la taberna, pero se quedó fuera. Desde la ventana, señaló discretamente hacia el interior y le indicó a Kalios quién era la mujer con la que se había reunido Nel.

—Ella es la única que puede saber adónde se ha dirigido Nel, pregúntale —le susurró.

Kalios entonces entró y, como si fuese un cliente más, se dirigió a la meretriz que había estado con Nel.

Le preguntó si había visto a un amigo y le describió a Nel.

Ella se envaró y le dijo que no conocía a nadie semejante.

Pero se detuvo ante la entrañable mirada de Kalios, que destilaba angustia.

—Si no me dices dónde está, él morirá, y con él, otros muchos. Los sacerdotes han decretado que muera un porenna por cada día que falte Nel. Soy amigo…, soy de fiar. ¡Ayúdame, te lo ruego!

Ella se fijó en su ropa liviana, la que llevaban los saltadores de la diosa. Los ojos de Kalios rebosaban bondad, y su expresión, con esa mirada llena de angustia, le dio confianza.

—Sí —susurró ella—, algo le ha debido de ocurrir. Yo también estoy preocupada porque no ha regresado. ¡Ayúdalo!

Echó un rápido vistazo a su alrededor y, con un gesto desvergonzado, rodeó los hombros de Kalios como si fuera parte de su rutina.

Lo guio hacia el fondo de la taberna, hasta el mismo cuartucho donde había estado con Nel.

Corrió una mugrienta cortina. En el centro había un jergón cubierto por una manta de aspecto desastrado.

Sin titubear, la mujer levantó el jergón, debajo del cual había una angosta trampilla.

Tras señalarla, le aseguró que por allí había desaparecido Nel.

Kalios logró introducir con gran dificultad su enorme cuerpo por el hueco y se deslizó hacia abajo, descendiendo varios codos hacia las profundidades de la tierra. Al llegar al fondo del túnel, se incorporó, mareado por la caída, y se levantó trastabillando.

Al principio no vio nada. Todo estaba sumido en la oscuridad, y le costó un tiempo acostumbrarse a ella.

Finalmente, a lo lejos distinguió una luz tenue y se dio cuenta de que estaba en un corredor estrecho en cuyas paredes se habían labrado toscos peldaños que descendían hacia aquella claridad.

Con cautela, Kalios descendió por los peldaños, practicados en la roca bajo la ciudad.

Al llegar al final de la escalera, se encontró ante un largo pasillo que descendía menos abruptamente, pero que le seguía conduciendo hacia las profundidades.

En el lóbrego corredor, antorchas embreadas parpadeabas a cierta distancia unas de otras y proyectaban una luz mortecina sobre el suelo, donde se veían marcas alargadas, como si algo se hubiera arrastrado.

De pronto un sonido rompió el silencio. Kalios, alerta, se pegó a la pared y contuvo la respiración.

Entonces los vio. Eran aquellos hombres de tez oscura que había visto ya en el puerto.

Unos remolcaban un cargamento tremendamente pesado, tapado con esteras.

Otros de la misma raza empujaban desde atrás, mientras los capataces los azotaban con látigos, instándolos con cada golpe a avanzar más deprisa.

Los esclavos que cargaban con el remolque ascendían con gran esfuerzo por la misma cuesta que Kalios estaba bajando.

Ni ellos ni sus opresores advirtieron la presencia de Kalios, pegado a la pared.

Cuando aquel grupo se alejó, Kalios se mantuvo sigilosamente detrás de ellos.

Oyó a lo lejos una explosión en la roca, seguida de un temblor de tierra.

Un viento húmedo recorrió los túneles, arrastrando ecos de gritos lejanos.

De pronto, todo quedó envuelto en la oscuridad.

Unos instantes después, pudo vislumbrar al final del pasillo una luz tenue y fina que parpadeaba débilmente en las tinieblas.

Siguió descendiendo, con el terror atenazándole el pecho hasta casi dolerle. Aquellos túneles podrían conducirlo al lugar donde, según decían, habitaba el monstruo que tanto aterrorizaba la ciudad, el que llamaban el Cándamo. Quizá los siervos le llevaban comida.

Un trecho más adelante, Kalios descubrió el origen del estruendo: un desprendimiento de tierras había sepultado a varios hombres que conducían un cargamento.

Al examinar el contenido, sus ojos se abrieron con asombro: era oro, mineral de oro puro.

Después se inclinó sobre los cuerpos que habían quedado atrapados por el derrumbe.

Solo uno de ellos continuaba con vida, un hombre pequeño de labios gruesos y rostro ennegrecido.

Con esfuerzo, Kalios lo liberó y lo ayudó a salir bajo los escombros, sano y salvo.

Al mirar alrededor, vio también a un guardián herido, pero el hombre pequeño le hizo gestos desesperados para que escapasen de allí de inmediato.

Siguieron corriendo juntos, avanzando rápidamente por el túnel.

—Tenemos que escapar —jadeó el hombre pequeño—. La tierra volverá a temblar y las rocas nos aplastarán.

—¿Qué… qué es este lugar? —La voz se le entrecortaba mientras corría.

—Los infiernos donde vive la diosa serpiente.

Kalios palideció, asustado.

—¿Qué es lo que hacéis aquí?

—Abrimos túneles por los que entra el agua del mar —explicó con la voz temblorosa por el miedo—, que, una vez destruye la roca, hace aflorar el oro.

Después lo cargamos y lo sacamos en los carretones.

Desde que hemos llegado a estas profundidades, la diosa no deja de hacer temblar la tierra cada vez.

Se producen corrimientos de tierra que nos aplastan.

—Todos creen que sois carne para alimentar a un monstruo bajo la ciudad —le explicó Kalios.

El hombre sonrió tristemente, y sus dientes brillaron fugazmente en la oscuridad.

—Hum…, quizá sea así.

—¿De dónde venís?

—Nos traen de tierras lejanas; del lugar de donde vino la Diosa de las Serpientes. Una vez que entramos aquí, jamás volvemos a salir.

—Es algo cruel y despiadado.