La fiesta de los porenna
Aquella noche, hubo una celebración en las estancias bajo la plaza.
Tambores, flautas y címbalos marcaban una música alegre y rítmica.
Los sacerdotes de la diosa les repartieron una bebida a base de alcohol y de hierbas aromáticas, como tantas otras veces, para hacerles olvidar el sangriento espectáculo en el que muchos morían.
Sin embargo, esa noche todo fue diferente.
Reinaba una alegría genuina, casi palpable: ninguno de los atletas había muerto en las acrobacias frente al toro, ninguno había sido entregado a la diosa.
La Señora de las Serpientes se había saciado con la muerte del pugilista y la del toro.
Esta vez los saltadores habían escapado de su sed de sangre.
Por primera vez en mucho tiempo, Nel sonreía, y eso llenaba de alegría a Kalios.
Comprobaba lo que siempre había intuido: que la dureza del capitán de porenna no era frialdad.
La fiesta pronto se desbordó con la euforia de los ritmos frenéticos.
Los músicos subieron por la amplia escalinata y saltaron a la arena.
Los atletas los siguieron, bailando descontroladamente, contagiados por la melodía.
La arena, ahora limpia de todo rastro de sangre, se trasformó en un lugar vibrante donde los porenna danzaban bajo el cielo oscuro estrellado y la suave luz de las antorchas.
Kalios no apartaba los ojos de Eyrén, quien bailaba con una gracia ágil y flexible, su cuerpo moviéndose como si fuera parte de la música.
Él la observaba con adoración mientras ella sonreía porque sentía que tenía la vida por delante.
Había triunfado en la arena y en ese momento era verdaderamente feliz.
Sin embargo, mientras giraba, buscó entre los que participaban en la fiesta a Nel.
No lo encontró. Se dio cuenta de que una vez más había desaparecido, como si se hubiese esfumado.
Por un momento, Eyrén se sintió liberada.
Desde el desplante en el burladero, cada vez que pensaba en él, la vergüenza la asaltaba.
Pero ahora, con Nel fuera de la vista, sentía que podía bailar, sonreír y ser ella misma.
Al cabo, cansada de bailar, se sentó al lado de Siwi en una de las gradas inferiores. Poco después, se les acercó Loria.
—Desde que llegué aquí, es el primer espectáculo en el que nos libramos de la diosa —comentó alegremente Eyrén.
—Sí, es lo mejor que nos podía pasar. Gracias a Nel… —exclamó Loria con una expresión de gratitud.
Eyrén se levantó bruscamente y se colocó delante de Loria mientras flexionaba el codo y la señalaba con el índice.
—¡Es un…!
Loria agarró aquel índice amenazador, lo puso sobre la boca de Eyrén para detener la expresión de desprecio que iba a salir de sus labios y la interrumpió con suavidad.
—Si Nel no os entrenara como lo hace, muchos más morirían.
Eyrén la miró, confundida
—Pero… ¡es cruel!
—No lo es —le cortó Loria con una sonrisa dulce—. Quizá está amargado… y se siente culpable de las muertes de los porenna . Te aseguró que hubo un tiempo, cuando los dos éramos jóvenes, en que pudo haberse ido y no lo hizo por cuidar de los porenna y de mi familia.
Eyrén no quiso darle la razón, no después de lo ocurrido en el burladero, que le había dolido más que los golpes que recibía en los entrenamientos.
—Siempre lo defiendes —le reprochó Eyrén con tono agrio.
—Es mi hermano de leche… —alegó Loria en un tono más bajo, casi como si compartiera un secreto.
Eyrén sintió curiosidad. Nunca había pensado que Nel pudiese tener un pasado ni, mucho menos, una familia.
—¿Sí? —le preguntó, ahora intrigada y mirándola con creciente interés.
Loria sonrió y, en voz muy baja, casi en un susurro, le contó:
—Mi padre era capitán de porenna y mi madre trabajaba como cocinera para el templo y el palacio, en tiempos de Gerión.
Cuando la revolución de Krysaor, mataron a muchos niños de familias contrarias al nuevo rey.
Alguien salvó a Nel y lo ocultó aquí, en la plaza.
Nos criamos con otro hermano que… —Loria echaba mucho de menos a Aldair— se fue tiempo atrás. Siempre hemos vivido cerca de la arena…
Eyrén, al escuchar esta historia, comenzó a entender la estrecha relación entre Nel y Loria.
—Por eso domina la taurocatapsia —concluyó Eyrén reflexionando en voz alta—; desde niño se ha entrenado…
—No es solo eso —replicó Loria—. Nel siempre tuvo un don natural para saltar toros.
—Es despótico y duro con los saltadores —añadió Eyrén, aún molesta—, pero a ti te respeta.
—No siempre —le contestó Loria con una leve sonrisa—, pero yo le hago frente porque lo conozco muy bien.
—¿Sabes adónde ha ido? —preguntó Eyrén, intrigada.
—Nunca se sabe.
—El otro día lo seguí. Entró en un burdel. ¡No es tan perfecto como parece!
Loria la miró con gesto serio, como reconviniéndola.
—No deberías haberlo hecho. Ni tampoco juzgarlo —le espetó en tono firme.
—¿Por qué?
—Podrías haber atraído sobre él a los vigilantes. Si hace algo así, sus motivos tendrá. Yo nunca juzgo a Nel, confío. Sé que nos protege. A nosotros y a otros muchos.
Loria bajó suavemente los párpados y las largas pestañas sombrearon sus hermosos ojos oscuros. Eyrén no se quedó tranquila y la azuzó:
—¿A quiénes protege?
—No puedo decirte más —respondió Loria con firmeza.
Eyrén decidió que no deseaba saber nada más de ese hombre que la había humillado pocas horas atrás.
—Me da igual lo que haga —afirmó Eyrén deprimida—. Esa diosa maligna solo quiere la muerte. Al final, todos moriremos.
—No.
Eyrén se sorprendió porque aquel «no» sonó muy fuerte, firme y categórico. Eyrén, desconcertada, se quedó en silencio, pero Loria continuó con un tono grave pero esperanzado:
—Hay una leyenda que creo que un día se hará realidad.
Siwi, al lado de las dos, no podía seguir bien la conversación, pero al escuchar la palabra «leyenda» se levantó con curiosidad y se acercó para oír mejor lo que Loria estaba diciendo.
—Un día regresarán los góidel .
—¿Quiénes son los góidel ? —le interrumpió Eyrén.
—Son los elegidos, los que adoran al Único en la forma de Atón, el dios solar, y descienden de un hijo de Tarsis llamado Gael.
Los góidel rechazan los sacrificios humanos y el trato cruel con los animales…
Aman la naturaleza, y son grandes navegantes.
Nel y yo nos criamos con ellos… —Se detuvo y tragó saliva—.
Fueron expulsados, pero aún quedan algunos.
Son los que ocultamente conservan la tradición del dios solar en la ciudad.
Eyrén, sorprendida, asintió lentamente:
—En mi poblado también se adoraba a Atón… —confesó, sintiendo una conexión inesperada.
—Y en el mío —afirmó Siwi con complicidad.
Loria movió sus hermosos rizos negros y les siguió explicando:
—Sí. En los poblados de los pozos alejados de esta urbe corrupta por el oro se sigue adorando al Único.
Pero aquí, en Tarsis, la herejía de la diosa entró por el mar con Akálide.
—Loria bajó la mirada, su voz cargada de tristeza—: Nel, que tiene un don para penetrar en la realidad y en el futuro, me ha dicho alguna vez que la ciudad está corrompida y va a desaparecer.
No quedarán de ella ni siquiera los cantos de los poetas.
Los ojos de Loria se llenaron de lágrimas, y Eyrén y Siwi, las dos chiquillas de los poblados, la miraron asustadas. Sin embargo, ella se recompuso.
—Solo queda una esperanza…
—¿Cuál? —preguntó Eyrén.
—El ave blanca. —Loira tomó aire y su voz quedó envuelta en misterio mientras proseguía—.
Cuando los góidel fueron desterrados con su príncipe, llamado Nórax, al zarpar las naves, ocurrió algo.
Una mujer, la esposa del propio Nórax, vestida con ropajes blancos, hizo una profecía, y en sus labios se escuchó la voz del dios.
Después se precipitó al mar. Algunos solo vieron su cuerpo golpeando las rocas, tiñendo el mar de sangre.
Los fieles a Atón oyeron la profecía y la interpretaron como una promesa del dios.
Después la vieron transformarse en luz y en espuma de mar.
—Los ojos de Loria, brillantes, dejaban traslucir la esperanza que anidaba en su corazón mientras decía—: La profecía de Eteria aseguraba que, cuando todo se hundiese, los desterrados volverían con una mujer al frente, el ave blanca, y con ellos vendría la salvación…
—¿Tú crees en ello? —le preguntó Siwi.
—Sí. Firmemente. Fue hace tiempo, pero vi cómo se convertía en luz. Los desterrados volverán con el ave blanca y venceremos al mal. Es la única esperanza. Nel también lo cree.
La música seguía resonando con una armonía rítmica y enloquecedora y Loria se dejó llevar por ella y comenzó a bailar como si quisiese olvidar en la danza sus preocupaciones: la cercanía de la muerte, el miedo latente, la corrupción en la ciudad.
Su hermoso cabello oscuro, entreverado con alguna cana, destelleaba bajo la luz de las antorchas, y el brillo de sus ojos la dotaba de una sensualidad magnética.
Después de un rato entregada al baile, se detuvo y se acercó a los músicos, que la saludaron con complicidad.
Y, a una palabra suya, los instrumentos enmudecieron.
Loria entonó un himno desgarrador, un canto que invitaba a la lucha y a la vida.
Todos guardaron silencio para escucharla, formando un círculo a su alrededor.
La lira de uno de los músicos se unió a su voz, seguida después de una flauta y finalmente del sonido de los címbalos.
Cuando dejó de cantar, el silencio llenó la arena durante unos instantes que se hicieron largos en el corazón de todos, que finalmente estallaron en una ovación cerrada.
Los sacerdotes de la diosa, al ver a los porenna unidos, se sintieron incómodos.
Ordenaron a algunos guardianes que repartiesen entre los saltadores una pócima de hierbas.
No todos la tomaron. Kalios la rechazó —no le gustaba tomar nada que le pudiese debilitar— e impidió que Eyrén la bebiese.
Loria, que conocía lo que era, tampoco lo hizo.
Sin embargo, Siwi, Yako y muchos otros lo hicieron.
Pronto estuvieron en el suelo o deambulando por la arena narcotizados.
Al ver a sus amigos en aquel estado, Eyrén, asustada, se agarró a Kalios.
Él la acogió entre sus brazos para hacerle sentir su apoyo.
Los guardianes de la diosa los observaron con desconfianza y, con gestos bruscos, los separaron.