Las naves de Tarsis La guerra
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La guerra

Nórax, encorvado sobre su sitial, ya no podía blandir la espada ni dirigir a sus hombres.

Su brazo temblaba al alzar una copa. En los consejos, su voz se quebraba.

Kenna, taciturno, se mantenía a su lado, impotente.

Fue entonces cuando Gael asumió el mando de los góidel de un modo efectivo.

No hubo ceremonia. Ningún gesto solemne.

Rubio como su padre, alto y de fuerte complexión, empuñó la espada heredada y montó a caballo en silencio mientras los guerreros lo observaban con respeto en la explanada.

Cuando partió al frente, no dio órdenes; simplemente lo siguieron.

Y fue en los días siguientes, entre polvo y sangre, cuando su nombre comenzó a correr de boca en boca. En las escaramuzas a orillas del Nilo, en los desfiladeros de piedra seca del sur, donde el sol no daba tregua, los soldados tartesios lo seguían como si fuese su estandarte, gritando:

—¡Gael! ¡Gael!

Era rápido, impredecible. Su lanza atravesaba escudos como si conociera su punto exacto de penetración.

Sus ojos brillaban como si algo más, algo antiguo, heredado de los grandes patriarcas de su estirpe, habitara en él.

Peleaba con furia y con un extraño silencio.

Y detrás de él, los suyos nunca retrocedían.

Aldair, quien le había enseñado a luchar, combatía a su lado con orgullo.

Para los egipcios, era un jinete venido del mar.

Para los góidel, un guerrero de luz. Decían que la muerte lo buscaba, pero no lo hallaba.

Que las flechas se desviaban antes de tocarlo.

Que en su rostro aún vivía la mirada de alguien sobrenatural.

Nórax sabía que era la mirada de Eteria.

Y, mientras las tierras de Khemet ardían en dos bandos, Gael comenzaba a convertirse no en el hijo de Nórax, sino en el que tomaría su lugar.

La guerra había llegado al corazón del Alto Egipto.

Las tropas hicsas, endurecidas por meses de escaramuzas, descendían como una sombra sobre las tierras del sur.

Gael marchaba al frente, convertido ya en leyenda entre los suyos, que gritaban su nombre al cargar sobre los tebanos, como si esa sola palabra los protegiera del hierro y la muerte.

Ese día, bajo el cielo abrasado, Gael, con mirada serena y pasos firmes, encabezaba el ataque en la llanura cercana a Tebas.

Avanzaba con el hacha de guerra alzada como una extensión de su propio cuerpo.

En medio del fragor, fue cercado por un grupo de soldados tebanos.

Eran tres, quizá cuatro, curtidos por el desierto y el odio.

Al frente de ellos, avanzaba hacia Gael un hombre alto, delgado y fuerte, de rostro alargado y pómulos marcados.

Transmitía fuerza y una actitud que imponía respeto.

Gael retrocedió un paso, sin perder la firmeza, con los ojos encendidos y el cuerpo erguido.

De pronto, con un giro brutal, levantó el hacha sobre su cabeza y la lanzó con toda su fuerza.

Voló como un rayo negro entre lanzas y gritos… y encontró su blanco.

El golpe fue seco, terrible. El filo se hundió en el cráneo de aquel hombre alto, al parecer el jefe enemigo, quien cayó de rodillas con la mirada ya vacía mientras a su alrededor los tebanos gritaban con espanto y trataban de abrirse paso entre la confusión.

Por un instante, el combate se detuvo. Luego el nombre de Seqenenra, el faraón del sur, se propagó como un gemido entre las filas tebanas.

Los hicsos que rodeaban a Gael se abalanzaron entonces sobre el cuerpo caído y, cegados por la furia de la batalla, se ensañaron con él.

Entre golpes de hacha, lanzas y puñales, destrozaron todavía más aquella cabeza antes de que los tebanos lograsen recuperar el cadáver de su rey.

Un clamor de horror recorrió el frente tebano como un escalofrío. Muchos retrocedieron. Otros cayeron de rodillas. En las líneas hicsas, en cambio, estalló un rugido de júbilo.

—¡Ha muerto! ¡Seqenenra ha caído! —gritaban una y otra vez.

En aquella llanura abrasada por la guerra, la caída del rey cambió el destino del día. Gael, con la sangre ajena aún salpicando su rostro, comprendió que se había ganado algo más que una batalla.

La muerte de Seqenenra Taa, el faraón de Tebas, selló el destino de la guerra en el Alto Egipto.

Con él caía no solo un hombre, sino un símbolo: el sur perdía a su líder, su esperanza de resistir.

Las tropas góidel, al frente de los mercenarios hicsos, barrieron a los tebanos.

La batalla había sido cruenta. La arena quedó sembrada de cuerpos, sobre todo del bando tebano.

Cuando el grupo de góidel liderado por Gael finalmente pudo acercarse al lugar donde yacía el cuerpo del rey tebano para llevárselo triunfalmente hasta Avaris, lo encontraron con la faz totalmente desfigurada.

Incluso a Gael, curtido ya por la guerra y acostumbrado al campo de batalla, le impresionó la carnicería que se había hecho con el caído.

Se arrodilló junto al cuerpo del faraón y lo examinó en silencio.

El cráneo estaba hundido y abierto en varios puntos, la sangre ennegrecida se mezclaba con el polvo de la llanura y apenas quedaban rasgos reconocibles en aquel rostro que, poco antes, había conservado todavía dignidad y majestad en medio del combate.

Entonces, cuando levantó la mirada, dos figuras se interpusieron ante él.

El primero era un joven erguido, de rostro tenso y mandíbula apretada, que lo observaba con los puños cerrados y una expresión cargada de odio contenido.

A su lado, un muchacho apenas mayor que un niño sostenía con ambas manos un largo puñal que temblaba ligeramente entre sus dedos.

Permanecieron inmóviles frente a Gael, mirándolo con una furia silenciosa que parecía más profunda que el miedo.

Más tarde supieron sus nombres. El mayor era Khamose; el niño, Ahmose.

Gael, aún con el calor de la sangre reciente en sus venas, nunca olvidaría aquella mirada. La del niño ardía con una rabia que no era propia de su edad: el fuego puro del odio. El germen de una venganza que tardaría años en cumplirse, pero a la que un día él mismo se tendría que enfrentar.

Gael hizo sonar el cuerno de retirada. Permitió que los tebanos recogieran a sus muertos para que pudieran embalsamarlos y darles sepultura conforme a los ritos funerarios acostumbrados.

Sin embargo, la mirada del joven Ahmose no se borraba de su memoria.

En aquellos ojos oscuros latía el odio más gélido, una promesa silenciosa de venganza.

Al regresar a Avaris, Gael relató a su padre lo ocurrido. Nórax, desde su sitial, lo escuchó con atención.

—Nunca lo perdonará —exclamó Nórax, con tono grave.

—Es la guerra… —musitó Gael.

—Sí, pero ese muchacho posiblemente aún no esté preparado para asumir la desgracia.

Gael asintió, con la mirada perdida.

—Intuyo que así será. Lo vi en sus ojos…, solo odia.

No solo en aquella ocasión, tras la batalla donde murió Seqenenra.

En muchas otras, Gael recurría a su padre en busca de consejo, pero Nórax se debilitaba con cada luna.

La enfermedad avanzaba con lentitud, pero implacable.

A veces, solo para respirar, debía hacer una pausa y cerrar los ojos.

Sin embargo, en sus pupilas cansadas brillaba una sabiduría que fue aumentando a lo largo del tiempo.

El tiempo transcurría lento en la ciudadela del delta, y Nórax, reclinado en su lecho, apenas salía ya de la estancia donde dormía.

Las voces del palacio le llegaban como ecos lejanos.

En sus ojos no había amargura, pero sí una pena antigua que pesaba más que su cuerpo enfermo.

Durante días, contemplaba en silencio los frescos del techo, los nudos interminables que él mismo había mandado pintar, símbolos de un saber que apenas comprendía ya, salvo en su hondura última: la del amor perdido.

El deseo de volver a ver a Eteria se hacía acuciante y desesperado.

Una tarde, mientras la luz del ocaso se colaba oblicua por la celosía, un recuerdo se le impuso con fuerza: Areté sosteniendo la piedra de luz. Nunca la había tocado, excepto el día que lo visitó Areté, pero de pronto recordó que ambos pudieron ver unas figuras en la piedra.

Con manos temblorosas, Nórax se acercó al cofre de caoba y abrió la tapa. Dentro, como dormida en su lecho de lino, la piedra de luz resplandecía con reflejos tornasolados. No brillaba como en manos de Eteria y de Areté, pero seguía siendo hermosa, y estaba misteriosamente viva.

Tomó la gema entre las manos. Por un momento, solo sintió el peso frío del cristal. Pero, entonces, algo en la piedra cambió. Un temblor leve, una pulsación cálida. Una paz profunda lo envolvió. Cerró los ojos, con la piedra aún entre las manos. Por fin, el silencio no era vacío, sino plenitud.

Desde aquel día, Nórax vivió en paz. Una serenidad nueva, casi luminosa, se había instalado en sus gestos, en su voz, incluso en su silencio.

Gael lo notaba. Lo sentía en la forma en que su padre lo miraba, como si ya nada pudiera herirlo, como si algo —o alguien— lo llamara desde más allá del mundo.

A Gael le habría encantado permanecer largas horas a su lado, sentado a los pies del viejo almirante de las naves de Tarsis, escuchando una vez más las historias que conocía de memoria, solo por el placer de oír su voz.

Pero el deber lo reclamaba constantemente.

El faraón, que veía en él a su guerrero más leal y hábil, le encomendaba una y otra misión, confiándole tareas que pocos podían cumplir.

Una tarde, con la brisa tibia entrando por las celosías del aposento, Nórax supo que Gael estaba en la ciudadela y lo llamó a su lado. Sus manos, envejecidas, acariciaron el cofre una última vez antes de abrirlo. Dentro, la piedra de luz brilló débilmente, como si despertara del sueño.

—Quiero que sepas —dijo Nórax con voz tenue, casi quebrada— lo que esta joya ha significado. Cómo conocí a tu madre. Lo que tuvimos que hacer para que nunca cayera en manos de la oscuridad. Esta piedra no debe usarse salvo cuando el alma lo exija con pureza… o desesperación.

Gael se dispuso a escuchar sin interrumpirlo. Su padre comenzó a hablar, despacio, deteniéndose a veces, pero con paz. Le contó una historia de la que ya conocía muchos hechos, pero que ahora se le revelaba con profusión de detalles que ya intuía y que recibía como quien es ungido por un legado.

—Yo me iré —añadió su padre—, pero la piedra te unirá a nosotros.

A tu madre. A mí. Nunca estarás solo. —Entonces, la mirada de Nórax pareció perderse más allá del tiempo, y con un tono grave, profético, añadió—: Un día encontrarás a una mujer.

No sabrás al principio quién es, pero ella hará brillar de nuevo la piedra.

Esa mujer será una hespéride. Y lo sabrás porque no podrás apartarte de ella. Es la hija del alba y se llama Ziwatt.

Le hizo un gesto con la mano temblorosa, señalando la caja.

Gael tomo la gema sagrada y la puso en alto.

La luz del atardecer incidía en su superficie.

En el interior de la piedra, como de un agua antigua, surgió la imagen de una mujer de espaldas vestida con una larga túnica blanca, de un tejido muy fino, y de cuyos hombros colgaba un manto largo y blanco que semejaba las alas de un ave blanca.

Gael la vio también: unos ojos grandes, levemente rasgados y de color melaza, que a Gael le recordaron los de su madre.

—Ella es el ave blanca, la que conducirá de regreso a nuestro pueblo a Tarsis.

Después los dos guardaron silencio.