Las naves de Tarsis Sopdet
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Sopdet

La tarde anterior, a las jóvenes se les arregló el pelo moldeándolo en hermosos rizos, se les depiló el cuerpo y se les dio un masaje con aceite para que toda la piel brillase más bajo el sol.

Mientras tanto, la mayoría de los muchachos habían ido a los corrales.

Allí Kalios había visto al enorme animal con el que tendría que lidiar al día siguiente.

Cuando regresó, estaba inusualmente callado.

Eyrén, al verlo tan silencioso, le preguntó cómo era el toro y él le respondió evasivamente:

—Sí, es grande.

Redoblaron los tambores, sonaron las trompetas y los portones se abrieron.

La multitud estalló en aplausos, silbidos y gritos.

Empezaba el numero central, el que todos esperaban.

Los atletas entraron, erguidos, con los maravillosos cuerpos aceitados brillando al sol, cubiertos apenas con túnicas livianas.

Tras ellos, como escoltas, la guardia avanzaba a caballo, seguida, por último, de los operarios que limpiarían la sangre de la arena o recogerían los cadáveres de hombres y animales caídos.

Los saltadores de toros se posicionaron en una formación triangular: al frente de todos, Nel, con su cabello claro resplandeciendo al sol; detrás de él, los atletas más veteranos, y por último, los más bisoños.

Una melodía solemne comenzó a sonar: el himno a Krysaor.

Los atletas formaron el símbolo del rey, un tetrasquel.

Después sonó una música extraña y sensual, el himno de la reina, y los atletas varones formaron un círculo en cuyo centro algunas de las chicas, con Loria al frente, bailaron contoneando las caderas una danza provocadora y lasciva.

Desde las gradas las gentes silbaban y aplaudían frenéticamente, impacientes por ver ya sangre y lucha.

Los porenna regresaron a los vestuarios, dejando la arena vacía.

El espectáculo había comenzado. Algunos de ellos se refugiaron en los burladeros de la plaza para observar lo que sucedía.

Eyrén dirigió una mirada intensa, pesarosa y aterrada hacia Kalios.

El bajó los ojos, incapaz de sostenerla: quizá no debían haber venido nunca a Tarsis.

Si ella moría, se sentiría siempre culpable.

Fuera, los gritos de lucha se mezclaban con el rugido de la multitud. Tras los burladeros, entre las tablas, algunos de los porenna espiaban lo que sucedía en la arena y se lo transmitían a los que estaban detrás.

El espectáculo se inició con el combate entre luchadores.

En aquel momento, dos púgiles competían a golpes en el centro de la arena.

Uno iba perdiendo, pero se defendía de modo salvaje.

Desde las gradas le increpaban al grito de «Lucha, cobarde, en ello te va la vida».

Finalmente, el ganador sujetó al otro contra el suelo y comenzó a golpearlo.

El público emitió un rugido y los puños se elevaron con los pulgares hacia abajo, el símbolo de la muerte.

El derrotado, atrapado por el cuerpo de su oponente, apenas podía moverse.

Se debatía bajo el otro púgil, que, sentado a horcajadas sobre él, lo había inmovilizado.

La guardia de Krysaor levantó sobre sus escudos al ganador y lo paseó por la arena mientras el perdedor era arrastrado hacia el altar de la diosa serpiente, donde lo ajusticiaron sin misericordia bajo los gritos irracionales de la multitud.

Kalios observó a Nel de reojo. Recordó que lo había visto alguna vez hablando con el luchador que acababa de perder la pelea.

Mientras la escena se desarrollaba ante sus ojos, el rostro iba adquiriendo un color gris, inexpresivo, y apenas parpadeaba.

Kalios, sin saber exactamente por qué, intuyó que la suerte de los púgiles, sobre todo de aquel que había sido su amigo, afectaba a Nel.

Sin embargo, no era el mismo dolor profundo que le atravesaba cuando uno de los saltadores de toros caía.

Unos días atrás, durante una función, se había condenado a muerte a uno de los atletas, que había sido ejecutado en el altar de la diosa.

Era uno de los que habían venido del norte, de las fortificaciones de los pozos, con Eyrén y Kalios.

El muchacho, cuando vio salir al enorme toro negro, sintió un terror irracional y, en un acto desesperado, huyó.

Kalios observó la expresión horrorizada de Nel cuando arrastraron al pobre muchacho hacia la grada donde se elevaba el altar de la diosa serpiente, y cuando el laber cayó sobre el cuello del atleta, apretó el puño y se lo llevó al corazón.

El día de Sopdet la muerte del púgil afectó a Nel, pero no tanto como la del atleta, a quien consideraba uno de los suyos, esto es, los saltadores de toros.

Nel cargaba con el peso de sus vidas. Kalios supo que era esa carga la que lo mantenía en pie, aparentemente impasible, aunque en su interior vivía atormentado.

En un lateral, tras la barrera, Nel permanecía inmóvil, aunque sumido en una concentración profunda.

Se dio cuenta de que ahora llegaba el momento decisivo, el instante en que todo el entrenamiento, la disciplina y los sacrificios debían dar fruto.

El éxito o el fracaso de los atletas sería el reflejo de su propia capacidad para protegerlos y guiarlos.

Tras limpiar la arena con grandes rastrillos arrastrados por mulas, sonaron las trompetas que marcaban la hora de la taurocatapsia.

Los saltadores calentaban los músculos en una esquina.

Nel levantó la mirada, de un color verde azulado, traslúcida, triste, de despedida, pero inmediatamente se tapó la cara unos instantes con las manos y, al retirarlas, en su rostro solo había determinación y una expresión concentrada.

El enorme toro negro cetrino que Kalios había visto la tarde anterior irrumpió en la arena.

Inmediatamente, Nel apareció ante el público, corriendo ágilmente delante del animal.

No era una carrera normal, sino una danza muy rápida y precisa, al ritmo de tambores y címbalos.

Nel saltaba extendiendo las piernas en el aire mientras el toro lo seguía, cada vez más bravo.

Con quiebros hábiles, sorteaba las embestidas del toro.

En un momento dado se elevó en un doble salto que desconcertó al animal.

Después, en un acto de pura audacia, se dirigió de frente al toro, se elevó en el aire, enfrentándose a los cuernos, y, agarrado a ellos, saltó hacia atrás, dando una doble voltereta sobre el lomo.

El animal, enfurecido y desorientado, lo persiguió de nuevo.

Nel, con movimientos impecables, lo esquivaba con piruetas y quites elegantes, como si la arena fuera un escenario, y él, el maestro de la función.

El público, que lo amaba, contenía la respiración pendiente de cada uno de sus movimientos, temerosos de que algo pudiese salir mal.

Finalmente, Nel se refugió tras un burladero.

El aplauso fue ensordecedor, mientras el toro, frustrado, arañaba el suelo con las pezuñas; después, con una embestida descontrolada, se lanzó contra las tablas del escondrijo del atleta, corneando la madera.

Del burladero opuesto al que servía de refugio a Nel, salió una hermosa y muy joven porenna .

Era Eyrén. Toda la plaza la observó con sorpresa.

Aquella figura estilizada, de pechos pequeños cubiertos por una leve tela semitransparente y cintura estrecha remarcada por un cinturón del que pendía una corta y vaporosa faldilla que dejaba al descubierto sus estilizadas piernas, era toda una novedad para el público.

Llevaba el cabello oscuro y ensortijado recogido en un tocado en la nuca que le permitía libertad de movimiento.

La música sonó dulce, femenina y muy diferente de la que había acompañado a Nel.

Al címbalo y al tambor se unieron los delicados sonidos de una flauta y un arpa.

Eyrén comenzó a bailar en el centro de la plaza, girando sobre sí misma mientras ejecutaba un ágil tirabuzón.

Después corrió describiendo una diagonal para situarse en el lugar opuesto al toro, que seguía empitonando el burladero.

Esperó inmóvil hasta que el animal advirtió su presencia.

En cuanto el toro se giró hacia ella, Eyrén, sin arredrarse, corrió directamente hacia el enorme animal, que inició una carrera para embestirla.

Al llegar al centro de la plaza, la bestia y la doncella se encontraron.

Justo en ese momento, ella saltó agarrándose con destreza a los cuernos del toro y realizó una doble voltereta sobre el lomo, de tal modo que salió por los cuartos traseros a gran velocidad y lejos del alcance del animal.

La plaza entera estalló en un aplauso. Todos sabían que el salto era peligroso, y que cualquier mínimo fallo podría haber acabado con la atleta empitonada por el toro.

Tras el salto, Eyrén abandonó la plaza y se refugió en el burladero, donde estaba Nel.

Emocionada, sin pensarlo, se abrazó a él, pero Nel se puso rígido y, con un brusco movimiento, se apartó de ella, rechazándola.

—Me descentras, estúpida —masculló. Eyrén, avergonzada y profundamente herida, se retiró sin decir una palabra.

Mientras tanto, en la plaza una nueva melodía comenzó a resonar, estruendosa y marcial, con el compás marcado por el son de tambores.

Kalios entró en la arena, liderando un grupo de cuatro gimnastas.

Con agilidad impresionante, saltaban unos sobre otros hasta formar finalmente una gran torre humana en el centro de la plaza.

Cuando el toro, que estaba corneando el burladero donde permanecía Eyrén, advirtió la presencia de la torre de gimnastas, los embistió.

Pero antes de que llegara a alcanzarlos, la atleta que coronaba la torre, Siwi, se lanzó con valentía sobre el animal y cayó apoyando los brazos sobre su lomo.

El toro, desconcertado, se revolvió contra ella, desviándose así de los atletas, que se separaron y comenzaron a realizar acrobacias en medio de la pista.

Saltos y piruetas espectaculares se sucedían a gran altura, sus cuerpos moviéndose con precisión y velocidad, mientras la multitud observaba, cautivada por la tensión del espectáculo.

Siwi, mientras tanto, distraía al toro. De su cinturón había sacado un paño de color rojo, que desplegó ante el animal para llamar su atención al agitarlo frente a él.

Los otros atletas lo rodeaban y provocaban con trapos de colores vivos, creando un espectáculo vibrante y caótico.

El toro no sabía a quién acudir, porque, cuando se lanzaba sobre uno, desde atrás le tiraban de la cola, o saltaban sobre él, siempre al ritmo de una música salvaje.

Sonaban risas en la plaza. Después, los atletas, de dos en dos, danzaron por la pista y emprendieron una carrera circular perseguidos por el toro, fatigado pero aún con fuerza.

Los cuatro gimnastas salieron de la plaza mientras Kalios, que permanecía en ella, atrajo al toro al centro.

Cambió la música para dar paso al himno a la diosa, el momento central del espectáculo.

El fiero animal, como si intuyera que algo diferente iba a suceder, se detuvo.

Kalios aprovechó para saltar sobre su lomo, y al ponerse de pie, el animal se encabritó.

Desde un lado del ruedo salió Nel, y desde el otro, Eyrén, que empezaron a ejecutar un baile acrobático.

Nel la lanzaba al aire y la recogía como si de una pluma se tratase.

Se fueron aproximando al toro por el lado derecho.

Mientras, Kalios, que había saltado hacia el lado izquierdo, observaba cómo el toro, olvidándose de él, se dirigía a la pareja, que no solo no lo evitó, sino que, sin miedo, se subió al lomo.

En ese preciso momento, el vigoroso siervo se adelantó y se aferró a los cuernos del toro.

Sus músculos se tensaron, y parecía imposible que fuera capaz de contenerlo.

La bestia bramaba y forcejeaba, pero Kalios, con una fuerza sobrehumana, lograba retenerlo.

Nel y Eyrén, mientras tanto, iniciaron sobre el lomo del animal una serie de acrobacias inimaginables y rapidísimas porque las fuerzas de Kalios comenzaban a fallar y no disponían de mucho tiempo.

Eyrén, de pie sobre los hombros de Nel, giró en el aire, dando un triple salto, y fue recogida en los brazos de él, quien la lanzó de nuevo a lo alto.

Volvió a ejecutar una doble pirueta y cayó por delante del toro, más allá de donde Kalios sujetaba al toro.

Este, al borde de sus fuerzas, soltó los cuernos del animal y se apartó a un lado, hacia el burladero.

Nel permaneció aún unos instantes sobre el lomo y, tras dar un impresionante triple salto mortal, salió por detrás del toro.

Los tres atletas se refugiaron en el burladero, mientras la plaza entera se puso en pie, aclamándolos.

El toro, agotado por el intenso esfuerzo, tropezó, cayó al suelo y se levantó con dificultad.

Se oyeron silbidos. Desde las gradas, los espectadores, con los pulgares hacia abajo, determinaron la muerte del animal.

Los guardianes de la diosa le lanzaron gruesos lazos de cuerda de cáñamo y lo inmovilizaron frente al altar.

Allí un sacerdote le clavó el laber en el cuello.

El animal bramó con el grito de la muerte mientras su roja sangre teñía la arena dorada.

Retiraron al toro, que al ser arrastrado por unas mulas fue dejando en la arena un reguero de sangre.

Kalios palideció. Desde niño había aprendido que el toro era sagrado y no debía morir en los espectáculos de taurocatapsia.

Nel cruzaba los brazos sobre el tórax en una expresión indescifrable, quizá de orgullo por la hazaña que habían realizado, quizá, como adorador de Atón, de dolor ante la muerte del noble animal.

Fuera se oían los gritos que pedían otra actuación, otro toro, y el saludo de los artistas.

Nel, Kalios y Eyrén avanzaron hasta el centro de la plaza para recibir la ovación del público.

Nel caminaba delante, despacio, con la dignidad de un rey, hacia el centro de la arena, seguido por sus dos compañeros.

La plaza entera los vitoreó. El rostro de Nel miraba a todos los que aplaudían con una expresión de desdén, difícil de percibir desde las gradas, como si estuviese pensando que aquella gente era despreciable por disfrutar con un espectáculo cruel.

Después miró al sol que iluminaba la plaza y sonrió con la cabeza alzada a lo alto, el rubio cabello revuelto por el ejercicio.

Había en Nel algo que no parecía humano.