Hekeret nesut #2
—Sabía que ningún hombre había entrado en mis aposentos, y conocía las antiguas historias.
Sabía que una hespéride puede concebir sin varón.
La niña nacería en el solsticio de invierno, era hija de una hespéride, y ella misma lo sería.
Apofis me sonrió, pero su sonrisa era torcida, no era una sonrisa humana.
—La voz de Areté se tornó apesadumbrada y bajó la cabeza—.
Me dijo que, si nacía una niña, yo sería suya y que, si no lo permitía, mi hija moriría. Si era un varón, me mataría.
Nórax sintió una presión oscura en el pecho.
—Ziwatt nació al ocaso del solsticio. —Areté cerró los ojos y una lágrima descendió por su mejilla—. Mientras el sol desaparecía en el horizonte. La tuve entre mis brazos… y comprendí que jamás volvería a ser libre.
El silencio se abatió entre ambos. Nórax la observó: había algo más. Algo que ella aún no había dicho.
—¿Qué te hizo? —preguntó.
Areté tardó en responder; se miró las manos.
—No me toca como un hombre. Sé que me posee, aunque no recuerde casi nada de lo que ocurre, pero cada solsticio me reclama. Después despierto vacía, sin energía. Solo la luz del sol me cura, y lentamente me voy debilitando…
Se detuvo e intentó levantarse, pero casi cae. Nórax la agarró fuerte para evitarlo. Ella lo miró a los ojos y se fijó en las arrugas que surcaban su cara, en su tez pálida con un tinte macilento.
—Tú también estás enfermo, dominado por el faraón.
—Apofis activó el veneno que un día me inoculó la serpiente de mar.
—En su momento Eteria te curó —le recordó Areté—. No se puede hacer nada…
Una idea cruzó la mente de Nórax. Permaneció inmóvil y en silencio unos instantes y después, lentamente, se puso en pie y avanzó con dificultad hacia un cofre de caoba depositado en un hueco en la pared de la estancia.
Abrió la tapa. Dentro reposaba la gema sagrada, la piedra de Jafet, oscura; una piedra preciosa que destelleaba suavemente, reflejando la luz solar.
Nórax la tomó entre las manos. El cristal parecía contener una claridad dormida. Regresó junto a Areté.
—Solo hay una cura para el veneno de la serpiente.
Ella lo miró.
Nórax depositó la piedra en las manos de Areté y, en el instante en que rozó la piel de la hespéride, toda la luz del techo de alabastro descendió sobre la gema, que comenzó a brillar intensamente, con una luminosidad creciente.
La estancia entera se llenó de claridad.
No era una luz común, era como si toda la luz del sol hubiera penetrado en la piedra.
Areté cerró los ojos y un estremecimiento recorrió su cuerpo.
Sintió la felicidad del calor del sol, la misma felicidad de aquella primavera cuando concibió a Ziwatt.
Al mismo tiempo, Nórax notó que algo se desprendía de él, una oscuridad, una presión antigua, y el dolor que Apofis le había causado comenzó a mitigarse.
La respiración de Areté cambió, su rostro dejó de parecer consumido, la piel recuperó un tono cálido, la luz los envolvió a ambos.
Dentro de la piedra apareció una forma, primero imprecisa, pero luego más clara: dos figuras, dos mujeres, Eglea y Eteria.
Ambas parecían hechas de luz. No hablaban, pero su expresión era de felicidad.
Areté soltó un gemido ahogado y cayó de rodillas con la piedra en las palmas de las manos, abiertas hacia el techo.
Nórax hizo lo mismo, se prosternó también ante la piedra. Ambos inclinaron la cabeza.
La claridad descendía desde el techo y atravesaba la piedra.
El aire olía a lluvia, a sal, a un mar antiguo.
Por un instante, el peso de la serpiente que los había oprimido desapareció.
Pero la felicidad no duró mucho. Antes de que la piedra hiciera su efecto completo y los sanara, se oyeron gritos fuera de la estancia: pasos, golpes, voces, el rumor de armas y de espadas.
—¡Paso a la guardia real!
Nórax reaccionó: rápidamente tomó de la mano de Areté la piedra.
Al tocarla y cerrar su puño sobre ella, la luz que inundaba la cámara se extinguió de golpe, y solo quedó la claridad que penetraba por el techo de alabastro.
La estancia quedó envuelta en penumbra. Rápidamente, Nórax introdujo la gema en el cofre.
En ese momento la puerta se abrió violentamente y penetraron los soldados egipcios, la guardia del faraón, portando lanzas y corazas ligeras.
Uno de ellos señaló a Areté.
—Por orden del faraón, estás presa. ¡Sabes bien que no puedes salir del hekeret nesut !
Dos guardias la sujetaron y ella apenas opuso resistencia. El alivio que le había causado la piedra de luz no la había curado por completo, todavía parecía debilitada.
Nórax avanzó un paso, pero se detuvo porque sabía que intervenir sería inútil.
Areté levantó la mirada y sus ojos buscaron los de él.
Durante un instante permanecieron inmóviles, comprendiendo algo sin necesidad de palabras: ambos estaban marcados, habían recibido la herida de la serpiente, y solo la luz de la piedra de Jafet podía aliviarla.
Una luz que solo saldría de la piedra, y únicamente en las manos de una hespéride, pero ya no volverían a encontrarse.
Mientras se iba, arrastrada por la guardia, Areté sonrió apenas, una sonrisa triste aunque serena.
—Adiós, Nórax. —Su voz era casi inaudible—. Siempre fuiste un hombre noble. —Después, casi en un susurro y con mirada anhelante, le suplicó—: Si algo puedes, protege a mi hija, protege a Ziwatt. ¡Por eso he venido!
Nórax asintió mientras los soldados tiraban de ella, pero Areté aún logró volver el rostro para decirle:
—A mí ya no me queda tiempo… —Su voz, cada vez más lejana y débil, llegó a Nórax con un mensaje que sonaba a despedida—: Nos encontraremos en las islas de la inmortalidad.
La sacaron fuera. El sonido de sus pasos se fue alejando hasta que llegó el silencio. Nórax, de nuevo debilitado, se derrumbó en la silla de largos brazos y permaneció inmóvil durante mucho tiempo. Solo observó el cofre cerrado. Y la luz que descendía desde el techo de alabastro.
Días después comenzó a correr un rumor por Avaris según el cual la gran esposa de Apofis había desaparecido tras caer al Nilo. Las aguas nunca devolvieron su cuerpo. Otros afirmaron que la vieron arrojarse al Nilo y que, al hundirse, se había transformado en espuma y en luz.