Hekeret nesut
El rumor llegó al caer la tarde. Un grupo de porteadores avanzaba por el camino de tierra que ascendía hasta la ciudadela góidel .
Caminaban despacio, agotados por el peso de una litera cubierta por un techo de juncos y cerrada por telas claras.
El sol descendía sobre el río y teñía de cobre sus aguas, mientras el aire del delta se impregnaba del olor espeso del agua y de los juncos.
Los porteadores parecían nerviosos, y miraban a un lado y a otro como si temiesen ser perseguidos.
Cuando llegaron frente a la entrada principal, dejaron el palanquín en tierra.
Uno de ellos apartó la cortina de lino. Entonces apareció ella: una dama envelada descendió lentamente, apoyándose primero en el palanquín, luego en un bastón fino de madera negra.
Sus movimientos eran inseguros. Vestía lino blanco, muy fino, casi traslúcido.
Un velo cubría parte de su cabello. Sus espaldas anchas y fuertes se inclinaban hacia delante.
Los ojos estaban delineados con kohl oscuro, aunque el maquillaje no conseguía ocultar la debilidad que los rodeaba.
Su piel era tan pálida que parecía no haber recibido luz en mucho tiempo.
Algunos góidel se apartaron, no por miedo, sino por reverencia.
Había algo extraño en aquella mujer; algo militar, distinguido y señorial.
Con una voz melodiosa, preguntó por Nórax y, cuando le dijeron que estaba enfermo, solicitó verlo.
Los guardias de la puerta asintieron. ¿Cómo decir que no a aquella que parecía una reina o quizá lo era?
Con un gesto les indicó a los porteadores que esperaran.
Estos se inclinaron, aunque la miraron con actitud dubitativa.
Quizá sabían que aquella visita no debía producirse.
Los guardias la condujeron al interior a través de corredores en los que la luz, que se colaba desde el techo, iluminaba paredes en las aparecían dibujados el signo solar, toros y delfines.
Al fin llegaron hasta la cámara de Nórax, donde dos guerreros montaban guardia.
El príncipe góidel, con la cabeza baja, estaba sentado en una silla de brazos sobre los que se apoyaba.
Por la abertura descendía la luz del techo de alabastro, que iluminaba sus cabellos grises.
La enfermedad lo obligaba a pasar largas horas allí, cubierto con mantas finas porque siempre tenía frío, a pesar del calor del delta.
Cuando la dama entró en la sala, él levantó la cabeza.
Se miraron y se quedaron inmóviles, en silencio.
En la memoria de ambos surgió algo que parecía ya olvidado: una isla lejana, dos mujeres ya muertas.
Al principio Nórax no supo quién, pero cuando ella levantó la mirada reconoció sus ojos, unos ojos color de ámbar que él nunca podría olvidar porque eran del mismo color que los de Eteria.
Permanecieron inmóviles unos instantes más, sin articular palabra, en un silencio que solo rompía el soplo suave de la brisa del Nilo que entraba a través de los ventanales.
—Nórax… —susurró ella.
Él se levantó lentamente y la observó con atención: el cuerpo frágil, las manos huesudas, la forma en que parecía agotarse incluso al respirar.
—¡Areté! ¿Qué te ha ocurrido? Eras muy fuerte… La mujer más ágil y fuerte que he conocido —dijo al fin.
Areté sonrió apenas.
—Lo fui, pero ya me ves…
Las piernas de Areté cedieron ligeramente. Nórax avanzó unos pasos y la sostuvo por los hombros. La sintió helada, y tan ligera que parecía vacía.
La luz descendía desde el techo de alabastro y formaba reflejos blancos sobre el mármol.
Nórax la ayudó a sentarse en una silla al lado de la que él ocupaba.
Areté lo hizo lentamente. Le vino a la mente la misma Areté, vestida de guardiana, con el faldellín corto y la loriga, estirando el arco.
¿Qué le había ocurrido? No era solo cansancio: aquella mujer estaba muy enferma, y en ella había oscuridad.
La misma oscuridad que había visto consumir a Eteria.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó.
—Escapé del gineceo.
Abrió apenas los labios.
—No fue muy difícil. Hace tiempo que nadie cree que pueda caminar demasiado lejos…
Nórax frunció el ceño.
—Apofis te habría matado si se hubiese enterado de que te has ido.
—Ya me está matando.
La respuesta quedó suspendida entre ambos y el silencio se tornó opresivo. Areté desvió la mirada hacia la luz que descendía desde el techo.
—Hace muchos meses, el día que acudiste a la corte a presentarte ante Apofis…
Nórax levantó la vista.
—¿Estabas allí?
—Junto al trono.
El brillo de los ojos de Areté se volvió melancólico.
—No pude acercarme, pero te vi entrar. —Guardó silencio—. Me emocioné al darme cuenta de que aún seguías vivo. La única persona viva que entroncaba con mis hermanas, y mi pasado…
Ella calló, interrumpida por la emoción y la debilidad, y respiró hondo.
—Areté, eras muy fuerte… ¿Qué te ocurrió?
—Apofis me dominó y me torturó.
—¿Por qué no luchaste contra él?
Areté cerró los ojos unos segundos; cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro.
—Lo hice, pero por un hijo se aguanta todo. —Sus manos temblaban—. Un hijo te obliga a aceptar aquello que jamás habrías aceptado. —Levantó la mirada—. Al principio él no podía conmigo. Me opuse a Apofis con todas mis fuerzas; ya sabes lo luchadora que era.
Nórax asintió lentamente. Sí, la recordaba bien, la más serena de las hermanas, la que jamás retrocedía. La que parecía poseer una fortaleza interna que nunca pertenecía del todo a este mundo.
—No era solo que yo luchase, es que además el dios me protegía —continuó—.
Cuando llegué, Apofis no podía acercarse a mí.
—Su mirada se perdió en algún punto lejano—.
Cada vez que intentaba tocarme, algo salía de mi interior que lo arrojaba lejos.
—Apretó los dedos—. Una fuerza que lo quemaba.
Envió soldados para que me sujetaran, pero yo los vencía.
—Respiró hondo—. Retrocedían ante mí. Como si mi piel fuera fuego.
Me encerró en el hekeret nesut, el gineceo real.
Nórax guardó silencio mientras Areté proseguía su relato.
—Pero él no renunciaba a intentarlo. —El viento agitó levemente la tela de la entrada—. Simplemente, esperaba. —Ella cerró los ojos—. Sabía que tarde o temprano yo me debilitaría.
Durante unos instantes pareció dudar, no muy segura de si debía contar lo siguiente, algo que, fuera lo que fuera, le producía vergüenza, un secreto íntimo. Pero aquel era el principal motivo de su visita a Nórax, de modo que finalmente levantó la cabeza, con orgullo.
—Sabes que las hespérides podemos concebir sin intervención de varón.
—Nórax permaneció inmóvil. No se sorprendió.
Así habían nacido las tres hijas de Gerión, y todas las hespérides—.
Eso me ocurrió. —Su voz se volvió más pausada.
Como si hablara desde el pasado, miró hacia la luz que descendía del techo—.
En los jardines del gineceo, oraba al sol al atardecer, al amanecer y cuando Atón estaba en su cénit.
Su luz me llenaba y me daba fuerza. —Areté sonrió débilmente—.
Era lo único que aún me pertenecía. —Su respiración se volvió más profunda—.
Una noche de primavera había luchado otra vez con Apofis en mi cámara —bajó la cabeza—.
Logré una vez más apartarlo. Pero me quedé destrozada, el esfuerzo había sido intenso…
Sus dedos se aferraron al bastón en el que se apoyaba.
—¿Qué ocurrió? —le preguntó Nórax.
—No dormí aquella noche. —Areté levantó lentamente la vista y sus ojos parecieron estar contemplando un paisaje invisible—.
Salí antes del amanecer al jardín del palacio de Avaris, que asomaba al Nilo.
—El tono de su voz cambió, se hizo más suave, más lejano, con el matiz de una enamorada que recuerda su primer encuentro con el amor—.
El río, ancho y caudaloso, estaba oscuro, y solo se oía su rumor.
No se distinguían aún colores porque todo era sombra.
Me sentí abandonada y lloré con desesperación, suplicándole al dios solar que me ayudase.
Lentamente, y muy poco a poco, apareció una claridad blanca que de modo gradual se volvió rosada.
Las palmeras comenzaron a definirse. El Nilo empezó a reflejar el cielo, con alguna nube alargada.
Pronto las nubes comenzaron a arder, a enrojecerse, al otro lado del agua.
—Cerró los ojos—. Y entonces surgió el primer rayo de sol del amanecer.
—Areté se llevó una mano al pecho—. Aquel rayo no tocó mi piel, sino que penetró muy dentro de mí.
—Su voz se quebró imperceptiblemente—.
Sentí un calor irresistible que recorría todo mi cuerpo, una luz que me atravesaba y llegaba a mi interior…
Escuché entonces una voz. No venía del cielo, sino de la luz, y sin palabras me dijo: «Llevarás en tu vientre a la hija del alba.
Su nombre será Ziwatt. Ella vencerá a la serpiente».
Nórax, que no apartaba la mirada de ella mientras relataba su encuentro con el dios, observó que el rostro de ella al relatar el prodigio se colmó de luz. Después Areté apoyó las manos sobre el regazo.
—En los días siguientes, mi cuerpo me mostró que había concebido, pero no tuve miedo.
Mi hija sería un gran don, que aliviaría mi soledad, aunque también un peligro.
Pero confié en Aquel que me había llenado de su luz.
—Una emoción tenue apareció en sus ojos—.
Durante meses sentí crecer una fuerza dentro de mí.
Llegado el verano, comenzó a moverse. Cuando Sopdet apareció sobre el horizonte, la sentía viva como si ardiera.
—Luego bajó la voz—. Pero, al llegar el equinoccio de otoño, Apofis comprendió lo que ocurría.
En este momento del relato, el aire pareció volverse más pesado.