Las naves de Tarsis El secreto de Nel
83%

El secreto de Nel

Eyrén no podía dormir. Quedaban pocos días para su actuación y estaba asustada; un fallo podía conducirla a la muerte, la de ella o la de sus compañeros.

No sabía lo que era peor, si morir ella o que muriesen aquellos con los que había compartido tantas cosas.

La muerte de alguien cercano no solo le recordaría que ella también era falible, sino que le mostraría el sufrimiento que la iba a acompañar.

En cambio, si ella moría, habría llegado el descanso: alcanzaría la luz inmarcesible de Atón y la paz eterna. Pero ella no deseaba morir.

En su duermevela, pensaba en los ejercicios: media pirueta, salto, rizo, tirabuzón.

Había aprendido mucho desde que varias lunas atrás arribaron a la ciudad del triple anillo, en el estuario del río.

Sentía que físicamente había ganado fuerza y destreza, pero también algo en su corazón había cambiado.

Se sabía amada por Kalios y aquello le infundía coraje, pero se sentía intimidada por Nel y aquello la intranquilizaba.

Deseaba que llegase cuanto antes el momento de bailar ante el toro, ese momento de gloria y peligro, aunque al mismo tiempo lo temía con cada fibra de su ser.

La tarde anterior, Nel les había dicho que los estaba reservando para la gran fiesta de Sopdet, en la que el espectáculo debía ser superior a todo lo realizado previamente.

Por eso no podía dormir. Estaba nerviosa y muy preocupada por las imágenes que invadían su mente.

Estiró el cobertor y giró de un lado a otro.

Sabía que tenía que dormirse porque, si no descansaba, al día siguiente estaría agotada y falta de la concentración necesaria; cualquier error podría ser fatal.

Pero el tiempo seguía pasando y ella continuaba dando vueltas en el lecho, incapaz de conciliar el sueño.

Agotada por su propia inquietud, se levantó y salió del dormitorio, saturado por la respiración profunda de sus compañeras.

Subió la gran escalinata que conducía al exterior.

La luna llena lo bañaba todo con su resplandor blanquecino.

Eyrén se sentó en una grada y fijó la mirada en la arena donde pocos días después debería bailar sobre el toro.

Entonces lo vio, una figura alta y fuerte cuyo cabello entre dorado y plateado brillaba a la luz de la luna, lo que le permitió identificarlo.

¿Qué se traería entre manos aquel hombre extraño que tan a menudo les golpeaba?

A veces, en raras ocasiones, Eyrén percibía un atisbo de piedad en sus ojos, pero esos momentos eran fugaces y escasos.

No lograba entender por qué Kalios siempre lo defendía.

Era como si su compañero de aldea hubiese penetrado en los pensamientos de Nel, como si viese algo más profundo en él.

Sin embargo, en su sencillez, Kalios no sabía expresar lo que había adivinado, y se limitaba a repetirle a Eyrén que Nel era bueno.

Esas palabras solo la enfurecían, mientras que Kalios, con su habitual tranquilidad, simplemente sonreía.

Aquel anochecer, Eyrén advirtió que Nel avanzaba hacia el gran portón de la arena, entreabierto, como si estuviese a punto de marcharse.

Sin saber muy bien por qué, decidió seguirlo.

Durante los meses de entrenamiento intensivo, Eyrén había desarrollado una forma de caminar elegante, suave y saltarina, como si bailase, que no hacía ruido.

Burlando a los guardianes, somnolientos por lo tardío de la hora, salió de la plaza tras él.

Nel, concentrado en su propio camino, no se percató de que Eyrén lo seguía silenciosa como una sombra.

Se perdieron por las callejuelas estrechas de un barrio de menestrales hasta que llegaron a una especie de cobertizo, un lugar que mostraba el símbolo del vino, una tabernucha humilde y oscura.

Nel entró allí sin vacilar, como si hubiera ido muchas otras noches antes.

Con un gesto de triunfo, ella pareció comprender lo que sostenía a Nel: seguramente era el vino.

No se podía llevar la vida que él llevaba, entrenando a tantos para conducirlos a la muerte, sin recurrir a algo que le nublase el entendimiento.

Esa revelación la llenó de desconcierto y de rabia.

Nel, el hombre al que comenzaba a admirar, el que les había inculcado férreos principios de autocontrol y disciplina, estaba traicionando sus propias enseñanzas.

Un saltador no debía probar el zumo fermentado de la vid.

Decidió observarlo desde una de las ventanas.

Los postigos se abrían hacia fuera, pero, por más esfuerzos que hacía, no lograba verlo bien.

Al principio le distinguió junto a una mujer pintarrajeada, «una fulana», pensó ella con desprecio.

«¡Menudo sinvergüenza, ese hombre!», se decía Eyrén, furiosa.

Les repetían que no podían mantener relaciones entre ellos y él se iba con una puta.

Nel desapareció con la mujer tras unas cortinas mugrientas y Eyrén siguió espiando el interior unos instantes más por la ventana.

Oía risotadas y blasfemias contra la diosa, y contra Atón, que solo podían oírse en un lugar como aquel, entremezcladas con el canto de una mujer joven que rasgaba las cuerdas de una pequeña lira.

El ambiente era denso y cargado. Estaba a punto de irse cuando vio que la fulana que había entrado con Nel regresaba a la sala central de la taberna, pero él no estaba con ella.

Le extrañó mucho. No entendía lo que estaba haciendo el jefe de los porenna .

Decidida a averiguar dónde se había metido, Eyrén dio la vuelta a la tabernucha, pero no encontró ninguna otra salida. Nel tenía que seguir dentro.

Esperó hasta que las luces del alba comenzaron a clarear el cielo.

La tabernucha se cerró y todos se fueron.

Se hacía tarde, por lo que decidió regresar a la arena.

Por primera vez, se preocupó por Nel. Alguna vez había llegado tarde a los entrenamientos y la habían reconvenido.

Corrió cuesta arriba por una calle de casas encaladas.

Iba acelerada y, como no quería que la viesen, se introdujo por un burladero lateral para entrar directamente en la plaza.

Antes de bajar por el corredor que descendía hasta las habitaciones de los porenna, algo la detuvo sin saber bien por qué.

Se dio la vuelta. En la arena dorada por el leve hálito del amanecer pudo contemplar a Nel, con los brazos extendidos hacia el sol, en una muda oración.

No entendía cómo había regresado tan rápido y por dónde había abandonado la taberna.

Una vez más, el jefe de porenna la sorprendía.

Definitivamente, había algo muy extraño en aquel hombre.