Apofis y Nórax
Nórax avanzó por el imponente salón del trono de Avaris. La sala alargada se extendía entre columnas coronadas con flores de loto, pintadas en azul profundo y oro desvaído. El techo, alto y hundido en la penumbra, pesaba sobre sus hombros como si fuera a aplastarle.
Frente a él, la gran escultura de la serpiente parecía inclinarse desde las sombras.
Sus colmillos de marfil brillaban a la luz, y sus ojos de obsidiana lo observaban con una fijeza antinatural.
Nórax sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, aunque logró mantenerse erguido: aquella figura no era solo piedra tallada, era un símbolo vivo del poder que lo vigilaba.
Soldados con hachas de bronce custodiaban ambos lados del salón, hieráticos. La luz descendía desde pequeñas aberturas en el techo, un haz de claridad que iluminaba exclusivamente al Señor de las Dos Tierras.
El faraón se sentaba, bajo la serpiente, en lo alto del estrado.
Llevaba delineados los ojos con negro kohl y la doble corona del Alto y Bajo Egipto, roja y blanca.
No había cambiado demasiado desde que Nórax lo viera, más de veinte años atrás.
Las mejillas, antes lisas, mostraban ahora las marcas del tiempo y de la desconfianza.
Pero su mirada seguía siendo la misma: vivaz, penetrante, astuta.
Recibió a Nórax con altivez. No le ofreció asiento ni hizo ningún gesto de cortesía.
El poder de Apofis era inmenso, pero su trono descansaba sobre arenas movedizas.
Los hicsos, pueblo venido de Canaán, no se habían apoderado del delta por la fuerza, sino que habían sido desplazados de sus tierras por la presión de los hititas.
Regían Egipto, sí, pero no lo comprendían del todo.
Adoptaban sus ritos, sus nombres y sus dioses sin dominar su alma.
No eran guerreros formidables, sino comerciantes que habían comprado un imperio y necesitaban mercenarios.
Ahora, en el corazón de Khemet, el sur amenazaba con rebelarse.
La guerra se cernía en el horizonte, y Apofis necesitaba hombres como los góidel: duros, diestros, leales si se les trataba con astucia.
Sabía también que, entre los pueblos del occidente, los artesanos de Tarsis, y en especial los góidel, eran célebres por sus manos, su arte y su metalurgia.
A una leve señal del faraón, los escribas y funcionarios y las damas de la corte se retiraron con pasos rápidos y silenciosos.
Solo una dama tardó en salir. Sus ojos, pintados de kohl, al divisar a Nórax brillaron de un modo especial, aunque él no se dio cuenta.
Los eunucos la empujaron fuera de la sala.
Solo quedaron los guardias nubios, escoltas del faraón, inmóviles como estatuas de bronce, con los ojos fijos en la penumbra y cuya piel negra se fundía en la oscuridad de la sala.
Eran la sombra de la voluntad del faraón: mudos, ciegos, obedientes.
Apofis se alzó lentamente de su trono. La luz del techo perfilaba los bordes de su silueta como si una deidad estuviera descendiendo a la tierra. Bajó con paso firme los peldaños dorados del estrado y, al llegar al nivel del suelo, su voz resonó en la vasta sala, ahora vacía:
—Luchaste contra la serpiente del mar. La venciste. Pareció que había muerto, pero no la derrotaste por completo. Te inoculó un veneno que sigue en tu cuerpo —declaró, con un tono lento casi ceremonial.
Nórax sintió que el aire se volvía espeso, cargado de amenazas.
Apofis se detuvo frente a él, a apenas un palmo de distancia.
Alzó la mano con gesto lento, misterioso, y le tocó el brazo justo en el lugar donde, años atrás, el gobio marino de Hesperia le había hincado su colmillo.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Nórax; primero fue un pinchazo, apenas un ardor leve, pero en segundos el dolor se le expandió como fuego líquido por las venas.
El brazo se tensó, el pecho le palpitó como un tambor sordo y la visión se le nubló.
Apretó los dientes, luchando por mantenerse en pie, pero sus rodillas temblaron y luego cedieron.
Cayó al suelo con un golpe seco. Jadeaba.
El sudor le perlaba la frente. Sentía el veneno revivir dentro de él, como si la mordedura de la serpiente se abriera de nuevo en carne viva.
Apofis no se movió. Lo contemplaba erecto, con una sonrisa mezcla de interés y desprecio contenido.
—Has sido fuerte, capitán de occidente. Pero esa fuerza no era tuya —afirmó en voz baja, con una media sonrisa—. Era del dios al que sirves. Pero yo… conozco tu secreto.
Nórax levantó la vista, con los ojos empañados por el dolor. El faraón no solo buscaba aliados: quería someterlos, controlarlos, y por ello doblegaba a su príncipe, como la serpiente que se enrosca sobre su presa para asfixiarla.
Apofis no apartó su mirada mientras Nórax se retorcía de rodillas, vencido por el fuego que le recorría el brazo. Su voz descendió a un susurro espeso, lento, impregnado de veneno:
—Podría hacerte morir aquí mismo…, pero no lo haré.
No todavía. Necesito la fuerza de tus guerreros, la habilidad de tus artesanos.
A partir de hoy, la mordedura de la serpiente te une a mí.
Ese veneno vive en tu sangre, y es mi sello.
Si me traicionas, si no obedeces, morirás, y puede que también los tuyos.
No podrás escapar de mí, Nórax, ni alejarte de Avaris.
La serpiente no olvida y está siempre vigilante.
El príncipe de los góidel jadeaba, aún en el suelo. El dolor no era solo físico. El veneno liberó la tristeza: el recuerdo de Eteria, de Kendal, de Feder, de Argón. Todo el pasado, con su dureza, pendía sobre él. Pero, sobre todo, el presente que se avecinaba: una esclavitud disfrazada de alianza.
El faraón hizo una pausa. Luego añadió, con esa mezcla de indulgencia calculada y soberbia que poseen los tiranos seguros de su poder:
—Pero también soy un soberano clemente. Me serviréis tú y tu pueblo, y no estaréis lejos de mí: os concedo tierras en el delta. Una isla rodeada por los canales del Nilo, fértil, protegida, cerca de Avaris. Podréis levantar allí vuestras casas mientras me sirváis con una fidelidad sin fisuras.
A una palmada del faraón, dos sirvientes se aproximaron.
Con gestos mecánicos y sin palabras, alzaron a Nórax, que apenas podía mantenerse en pie, y lo escoltaron fuera de la sala del trono.
Lo cargaron en un carro que le llevó de nuevo a la ribera del Nilo.
Tras ellos la guardia del faraón los escoltaba.
El aire del río le procuró algo de alivio. El sol del país de Khemet abrasaba, pero al menos era real y le calentaba el alma. En cuanto el carro llegó al desembarcadero, Gael, Aldair y Kenna lo rodearon.
—¡Padre! —exclamó Gael, corriendo hacia él.
Aldair sujetó a Nórax por los hombros mientras veía cómo su rostro pálido traicionaba el sufrimiento. Kenna lo examinó y se dio cuenta de que el brazo estaba herido: la piel hinchada, enrojecida, mostraba la marca de dos punciones simétricas.
—Esto no es solo veneno. Es un signo —murmuró, mientras aplicaba un ungüento de olor fuerte—. Como si hubieran marcado tu carne con un pacto de muerte.
Nórax cerró los ojos y tragó saliva. Asintió. Luego, con voz áspera, les informó:
—Nos ha concedido tierras. Una isla entre canales del Nilo. Allí construiremos nuestra ciudad.
Aldair y Gael se miraron en silencio. Era una buena noticia, pero la forma en que Nórax lo dijo y su aspecto no sonaban a victoria.
La guardia del faraón que escoltaba a Nórax les indicó con tono brusco que la flota góidel no podía permanecer allí.
Después, varios guardias subieron a una pequeña embarcación de remos y se adentraron por el Nilo para guiarlos.
Todos los góidel los siguieron. Navegaron lentamente entre los canales del delta hasta que, tras un amplio recodo del río, no muy lejos de Avaris, apareció el promontorio: una isla verde, ligeramente elevada, rodeada por las aguas tranquilas del Nilo, con juncos en la orilla y palmeras dispersas.
Desde la barca que los precedía les señalaron aquel lugar, una colina de verdor.
—Aquí —anunció Nórax—. Aquí estará nuestra nueva Nora.
Pero no habría piedra. Esta vez levantarían sus muros con barro cocido y caña. Una ciudadela en tierra ajena, a la sombra de un trono peligroso.
Cubrieron los muros con frescos y alzaron columnas que imitaban el arte cretense, cuyo origen estaba ligado a Tarsis, pero con toques nuevos, propios de la tierra del Nilo.
Elevaron los techos con habilidad, dejando que la luz penetrara y fluyera en las aireadas estancias.
Como en Nora, rodearon la ciudad con una muralla, pero esta vez no era de piedra, sino de adobe pintado de tonos claros y dispuesta en espiral: una triple vuelta circular, distintiva de su antiguo hogar.
Cavaron un foso en torno a los muros y, con canales que zigzagueaban como serpientes dormidas, desviaron las aguas del Nilo para alimentarlo.
En lo más alto del promontorio construyeron el palacio, de columnas rojas y azules, donde residirían el príncipe Nórax y su hijo.
Desde las altas terrazas del edificio palaciego se divisaba, lejana y polvorienta, la ciudad de Avaris.
Junto al palacio se alzaba un templo dedicado a Atón.
Las casas de la ciudad, blancas y con tejados de arcilla cocida en tonos cobrizos, recordaban las de Tarsis: encaladas, con cubiertas de oricalco bajo la luz del mediodía.
No era una réplica exacta de la ciudad perdida, pero ahora brillaba como un eco fiel de la tierra natal de los proscritos.
Mientras la ciudad se edificaba, Nórax no conseguía sanar de aquel extraño mal que Kenna no comprendía y que se había originado después de haber acudido al salón del trono, con el faraón Apofis.
Dirigía las obras de la ciudad, pero cada poco tiempo se retiraba y debía descansar porque se sentía siempre agotado; además, el brazo le dolía como una quemadura.
Aquel día estaban construyendo el templo al dios.
Nórax había estado de pie, supervisándolo todo, pero de cuando en cuando hubo de sentarse en alguno de los montones de ladrillos cocidos hasta que no pudo más y se retiró a su cámara.
Kenna cruzó el patio en silencio. Llevaba consigo una vasija de alabastro con ungüento y el rostro más grave de lo habitual.
Gael, apoyado en el vano de una de las columnas, lo observó, pero no lo siguió.
Trascurrido un tiempo, el sanador le dirigió un leve gesto con la cabeza que Gael comprendió. Caminaron por el patio interior, sin hacer ruido, mientras el sol iluminaba el agua de un estanque extrayéndole destellos.
—No mejora —le comentó Kenna sin rodeos—. He probado raíces amargas, infusiones de resina, incluso sangre de ibis. Nada detiene el deterioro de su salud.
Gael lo miró con seriedad.
—¿Sabes qué lo causa?
Kenna bajó la voz.
—No sé decirlo. Ninguna fiebre, ningún veneno conocido. Es un debilitamiento progresivo, como si algo le hubiese arrebatado la fuerza desde dentro. Cuando regresó del palacio del faraón, tenía una marca.
—¿Crees que fue obra suya?
—Sí, no tiene otra explicación. Lo está devorando desde entonces.
El silencio se prolongó unos instantes. Un ibis cruzó el patio, batiendo las alas con lentitud.
—También le consume lo que no tiene nombre —añadió Kenna, más suave—. La ausencia. La pena. He velado sus noches. A veces, cuando duerme, pronuncia el nombre de Eteria.
Gael asintió lentamente. Tragó saliva al escuchar el nombre de su madre, una herida en su interior.
—Tú la conociste bien —apuntó.
Kenna miró hacia el salón, donde la figura de Nórax se dibujaba entre sombras y columnas.
—Todo lo que sé del arte de sanar lo aprendí de ella. Recuerdo que siempre decía que los males que nacen del alma son los más difíciles de curar. Y esta enfermedad, Gael…, esta enfermedad no afecta a la carne.
El muchacho tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era baja pero firme.
—Entonces no hay medicina…
Kenna le tocó el brazo con un gesto leve. Él no lo rechazó, pero fingió que no lo notaba. Nórax lo era todo para Gael.