Las naves de Tarsis El nuevo espectáculo
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El nuevo espectáculo

Nel no les dejaba parar. Desde que las primeras luces del amanecer comenzaban a iluminar la plaza hasta la caída del sol, adiestraba a los porenna obligándolos a repetir los ejercicios una y otra vez.

Lo hacía con todos, pero exigía más que a ninguno a Eyrén y a Kalios.

La urgencia de adelantar su exhibición en la arena lo obligaba a forzarles al máximo, presionándolos hasta que el sudor y el cansancio los quebraran, para mostrarles hasta dónde podrían llegar.

Antes de salir a entrenar, Kalios le puso a Eyrén en la mano un paquete envuelto en tela. Ella lo abrió. Eran unas zapatillas de salto.

—¿Dónde las has conseguido?

Él respondió con una evasiva. No quería decírselo porque eran de una porenna muerta. Se las habían dado a cambio de parte de su comida. Mientras palpaba el cuero fino que se amoldaba perfectamente a sus pies y se ataba los finos cordones también de piel, Eyrén le dijo:

—¿Cómo puedo agradecer lo que haces por mí? —Su voz sonaba enternecida

Eyrén se puso de pie y dio varios saltos como si quisiera asegurarse de que las zapatillas se ajustaban bien. Él extendió los brazos y la recogió en el aire. Después miró a un lado y a otro para asegurarse de que no había nadie cerca. Entonces la besó en el cuello.

—Yo… te amo. Te deseo más que a nada. Has huido de una vida fácil en el poblado y estás aquí, jugándote la vida por un tonto como yo. No puedo más… ¡vuelve a ser mía! —susurró con la voz rota por la pasión.

Ella se zafó inmediatamente de su abrazo. Sus ojos, que antes destellaban ternura, ahora se endurecieron.

—¡No! No puedo hacerlo; si me quedase encinta, sería el fin de los dos.

—No pasó. Hay medios —intentó persuadirla, su voz temblando de deseo y desesperación.

—¡No! —gritó ella—. Es imposible. ¿Dónde? ¿Cómo? Nos vigilan mil ojos.

—En la playa estuvimos solos.

—¡No! —repitió ella de nuevo, con más fuerza, retrocediendo un paso—. ¡Déjame! Nunca…

Y en ese instante su negativa no se refería solo a sus palabras, sino al abismo que sentía crecer entre ellos, un abismo que él no podría cruzar por más que lo intentara.

Sabía que, indudablemente, él la amaba, pero se sintió tratada como un objeto del que solo él iba a disfrutar porque a ella la situación le provocaría únicamente sufrimiento y angustia por lo que pudiese pasar.

Kalios, apesadumbrado al verla reaccionar de aquel modo, le pidió perdón.

Su voz sonaba como cuando, siervo en la aldea, le respondía al jefe de los aguadores tras haberle reprendido por algo.

—¡Vete! Déjame sola.

Kalios bajó la cabeza y se dirigió lentamente hacia la escalinata que conducía a la arena, pero antes de que pisase el primer peldaño, ella le confesó con voz alta y apesadumbrada:

—Te quiero, Kalios, con todo mi corazón, pero tengo miedo.

El muchacho se detuvo al oír esas palabras, se dio la vuelta y la miró. Los ojos de Eyrén rebosaban lágrimas, y él retrocedió algún paso hacia ella con intención de consolarla, pero antes de que pudiera hacerlo se detuvo porque Siwi, desde lo alto de la escalinata, les gritaba:

—¿Qué estáis haciendo ahí abajo? Es hora de entrenar. Nel os está buscando.

Salieron del claroscuro de la estancia bajo la plaza a la luz del dios Atón, que brillaba y calentaba con fuerza.

Los porenna corrían por la arena y ellos se unieron al grupo.

Unos tambores golpeados parsimoniosamente marcaban la cadencia de una extraña música y los atletas saltaban siguiendo el ritmo y abriendo mucho las piernas en el aire, a una gran velocidad.

Soltaron una vaquilla y les ordenaron que la saltasen por turnos, al ritmo de la música.

A Kalios y a Eyrén todas las acrobacias que tanto habían entrenado los días anteriores les parecieron absurdas.

El animal no seguía el ritmo de la danza, y por eso juzgaron imposible integrar los movimientos de la vaquilla en la melodía. Nel, harto de su torpeza, les gritó:

—Todos fuera de la pista.

En un prodigio de ritmo y de ligereza, se subió al lomo e hizo que la vaquilla culebrease por la arena de tal modo que acompasó su movimiento al son de los tambores.

Algunas veces lo habían visto bailar así con el toro durante un espectáculo en la arena, y era maravilloso contemplarlo.

Loria y los porenna más veteranos comenzaron a dar palmas al ritmo del tambor mientras Nel sonreía disfrutando con su propia danza.

Al final, sudoroso y respirando muy deprisa, se detuvo mientras la vaquilla, en el centro de la pista, mugía.

Cuando terminó, Nel llamó a Kalios y le susurró algo al oído.

El musculoso porenna se dirigió a la vaquilla y la sostuvo por los cuernos.

Sus músculos se tensaron mientras el animal bramaba.

Nel, con voz autoritaria, ordenó que todos fuesen saltando por turno sobre la bestia.

Eyrén fue la última en intentarlo. Nerviosa, calculó mal su salto y estuvo a punto de caer, pero de repente se sintió sostenida por los poderosos brazos de Nel, como si de una pluma se tratase.

Quedaron ambos a horcajadas sobre el lomo del animal.

En ese instante, Nel ordenó a Kalios que soltara a la vaquilla, que salió al galope con Eyrén y Nel sobre su lomo.

Mantenerse encima de la criatura embravecida era casi imposible.

Eyrén chilló de miedo, pero las manos firmes de Nel en su cintura la mantenían firme en su sitio. Nel le gritó:

—Debes ser capaz de sostenerte sobre un animal embravecido.

De repente, saltó ágilmente y la dejó sola sobre la vaquilla, que, enfurecida, daba coces al aire con sus cuartos traseros. Eyrén, luchando contra el pánico, logró aguantar hasta que finalmente el animal la tiró al suelo.

Magullada y dolorida, Eyrén se incorporó lentamente, sintiendo que la mano de Nel la ayudaba a ponerse en pie.

—Pretendía que aprendieses a mantenerte en pie sobre un animal enfurecido.

Ella, airada, no le respondió, pero sus ojos verde avellana brillaban con una ira contenida. Sin mirar ni a Nel ni a Kalios, se quedó a un lado, contemplando cómo los otros atletas corrían por la pista o saltaban obstáculos.

Al finalizar el entrenamiento, Nel indicó a Kalios y Eyrén que se acercasen. Con una expresión seria, los guio hacia el vallado de la arena, donde los otros no podrían escuchar. Quería hablar con ellos en privado.

—Por vuestra conducta irresponsable, tendréis que actuar en las próximas fiestas. Queda muy poco tiempo. ¡No estáis aún preparados para hacerlo! Solo vais a tener una oportunidad: ensayaréis conmigo un número que hará que todo se os perdone…

Nel les explicó con calma todo lo que debían hacer ante la mirada escéptica y enfadada de Eyrén, que no dijo nada.

Cuando por fin pudo hablar con Kalios, Eyrén expresó enérgicamente su descontento con el ejercicio que el jefe de porenna les había propuesto, que tachó de peligroso y casi imposible de ejecutar. Sin embargo, el muchacho, con una firmeza inesperada, objetó:

—Nel sabe lo que hace. Estoy seguro de que eso nos puede salvar la vida o, al menos, alargarla.

Eyrén protestó de nuevo, pero Kalios mantuvo su postura, defendiendo al jefe de los porenna con una determinación inusual en él.

A partir de ese momento, el adiestramiento se volvió extremadamente exigente.

Ensayaban durante el día bajo la luz de Atón y de noche bajo la luz de las antorchas que iluminaban la plaza.

No se retiraban hasta altas horas de la madrugada.

Eyrén, exhausta, sentía que su cuerpo estaba cada vez más al límite, pero Nel no mostraba compasión alguna.

Incluso el paciente Kalios, siempre dispuesto a soportar lo que fuera necesario, comenzó a quejarse del agotador ritmo que implicaba ensayar día y noche sin descanso.

Eyrén y Nel repetían el número una y otra vez: primero, sobre el suelo; después, sobre el ingenio de madera con cuernos, y, por último, sobre el lomo de una vaca.

Mientras tanto, Kalios se sometía a pruebas de fuerza que desafiaban su resistencia. Levantaba piedras de cada vez mayor peso o se medía con atletas tan corpulentos como él en combates cuyo objetivo era derribar al oponente.

Cada vez con más destreza y confianza en sí misma, Eyrén disfrutaba sobre la vaquilla, sostenida firmemente por Nel.

Logró algo que al principio parecía imposible: subirse a los hombros del jefe de porenna con un salto preciso desde el lomo del animal.

Con el tiempo, la relación entre ambos se transformó en un complejo baile de confianza y desafío.

Cuando Nel y Eyrén alcanzaron la armonía en su danza, comenzaron a entrenar con Kalios, los tres a la par.

Repetían varias veces las acrobacias mientras el resto de porenna los observaban en silencio, llenos de admiración.

La música se volvió endiabladamente rápida mientras Eyrén danzaba en torno a la vaquilla con una gracilidad y rapidez pasmosas.

Parecía volar. Mientras tanto, Nel asió por la cola al animal, que se revolvía furioso, y Kalios lo sujetó firmemente por los cuernos.

En un movimiento sincronizado, Nel soltó la cola, se subió al lomo y extendió la mano hacia Eyrén.

Con un solo impulso, como si fuera una pluma, no solo la subió al animal, sino que la alzó sobre sus hombros, manteniendo ambos un equilibrio perfecto.

La vaquilla bramaba sujeta por Kalios e intentaba revolverse mientras, sobre su lomo, Nel y Eyrén continuaron la danza, uno apoyado en el otro.

Nel sostuvo con una sola mano a Eyrén durante unos instantes y ella ejecutó una doble voltereta para caer con precisión sobre los hombros de él, con las piernas rectas hacia delante como si fuese una pinza.

Con un movimiento ágil, Nel aferró los pies de Eyrén y la levantó por encima de su cabeza.

En un solo impulso, la lanzó hacia arriba y ella, dando una grácil voltereta sobre sí misma en el aire, cayó por delante de Kalios, que seguía sosteniendo al animal.

La salida de Nel fue espectacular: saltó hacia arriba, hizo una triple voltereta y un tirabuzón perfecto, con el que dio la impresión de que volaba, y aterrizó delante de Kalios.

En ese momento, Kalios, agarrando aún los cuernos de la vaquilla, levantó los pies del suelo y, dando un salto hacia atrás, se situó sobre el lomo, cayendo a horcajadas, y galopó unos segundos más sobre el animal furioso mientras mantenía el equilibrio agarrándose a la piel del pescuezo del cuadrúpedo, al tiempo que levantaba la mano hacia el público, en un gesto de saludo simpático.

Los compañeros rieron. Finalmente salió hacia un lado e hizo una reverencia.

El ejercicio había sido prácticamente perfecto. Nel esbozó una sonrisa apenas perceptible antes de gritarle a Kalios:

—¡No está mal, pero una vaquilla no es un toro! El toro es más lento, menos nervioso, hay más espacio sobre su lomo, pero es más peligroso. Aún hay mucho que entrenar. Kalios, deberías fortalecerte más levantando pesos.

—Ya lo hago, mi señor.

—Le duele la espalda —intervino Eyrén, defendiéndolo— desde que se cayó.

Nel se giró hacia ella, enfurecido por la respuesta. Sus ojos chispearon de rabia cuando le gritó:

—Más le va a doler si el toro lo embiste y lo atraviesa. Y más vas a sufrir tú cuando lo sacrifiquen a la diosa. —Nel la fulminó con la mirada antes de añadir—: Y tú, chiquilla, tienes que ensayar más. Te falta agilidad, estabas inestable sobre mis hombros. Esta tarde lo haremos con un caballo.

Salieron de la arena. A los que iban a actuar en el próximo festival de la diosa les ofrecieron una comida suplementaria y Kalios y Eyrén se sentaron juntos para compartirla. Ella empezó a comentar que detestaba profundamente a aquel hombre, que no tenía compasión.

Kalios, que era capaz de interpretar el corazón de los demás, le preguntó:

—¿Estás segura de que lo aborreces tanto?

Ella reaccionó con firmeza y, moviendo su cabello oscuro, y casi escupiendo las palabras, masculló:

—Lo detesto.

Por la tarde, sacaron a la plaza una yegua mansa, un hermoso animal que toleraba muy bien los saltos de los atletas.

Eyrén y Nel cabalgaban de pie sobre el lomo mientras este sostenía unas largas riendas, dirigiendo firmemente al bruto.

Ordenó a Eyrén que se subiese sobre sus hombros.

Ella lo logró con habilidad y después abrió los brazos para mantener el equilibrio.

Desde abajo sus figuras parecían una cruz humana.

Entonces Nel azuzó a la yegua, que inmediatamente comenzó a galopar.

Fue en ese instante cuando la joven perdió estabilidad.

Se desplomó delante de Nel, quien la agarró por la cintura con fuerza para evitar la caída al suelo.

Durante unos instantes galoparon juntos, las manos de Nel aferradas a su cintura, firmes y protectoras.

Eyrén experimentó algo inesperado: un temblor le recorrió el cuerpo y la sangre acudió a sus mejillas.

Sintió el gesto de Nel como una caricia no buscada, pero imposible de ignorar.

Kalios, en el otro extremo de la arena, levantaba bloques de piedra como si fuesen de madera.

Sus músculos se tensaban con cada esfuerzo.

En un momento dado, su mirada se desvió y vio a Nel rodeando la cintura de Eyrén en un abrazo firme.

Algo agónico le alcanzó muy dentro, como si un estilete agudo lo atravesase.

Se sintió abandonado, triste y deprimido.

Al poco, agitó con despreocupación la cabeza, intentando ahuyentar todos esos pensamientos oscuros, y decidió recuperar su alegría esbozando una sonrisa forzada que, pasados unos instantes, se volvió auténtica pero cargada aún de una sutil tristeza.

De lejos, Eyrén, ya desmontada del caballo, le hizo un gesto cariñoso y le sonrió afectuosamente. Y aquel gesto de ella disipó por completo su tristeza.