Las naves de Tarsis Un día de libertad #2
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Un día de libertad #2

Había pasado algún tiempo cuando comenzó a subir la marea y las olas empezaron a golpear con fuerza el embarcadero.

Los dos porenna se aferraron a los postes del malecón para evitar ser arrastrados por el agua.

Estaban confusos y no sabían qué hacer. Sin embargo, pronto los hombres de piel oscura y sus guardianes desaparecieron como por ensalmo.

Los porenna se dieron cuenta de que aquellas gentes no habían subido al muelle circular.

Era como si se hubiesen desvanecido dentro de la pared de piedra, dejando tras de sí un misterio.

Cuando todo quedó en silencio, Eyrén y Kalios, mojados por el oleaje, treparon hasta el muelle de madera.

Mientras subían, Eyrén se dio cuenta de uno de los elementos del muro que sostenía las tablas del muelle parecía una enorme puerta de piedra.

Si aquel era el lugar por donde habían desaparecido los hombres, ¿quién había podido abrirla?

Intrigada, le pidió a Kalios que intentase moverla, pero, a pesar de toda su fuerza, le fue imposible hacerlo.

La puerta permaneció inmóvil, como si estuviera sellada por un poder que ambos no podían comprender.

El sol lanzaba las últimas llamaradas del ocaso cuando Eyrén y Kalios alcanzaron el tercer muelle circular.

Desde allí cruzaron los puentes que los llevaron al segundo y al primero.

Con el cielo oscureciendo, se adentraron en la ciudad a través de estrechas callejuelas.

Se perdieron. No se atrevían a preguntar a los escasos transeúntes, que los miraban con recelo.

Era muy inusual ver a dos porenna deambulando por esas callejas a una hora tan tardía, y la desconfianza en las miradas de los habitantes solo aumentaba en ellos su sensación de vulnerabilidad.

Se hizo de noche, y las antorchas en las entradas de las casas proyectaban sombras inquietantes sobre el enlosado.

Eyrén y Kalios procuraron caminar pegados a la pared, intentando avanzar sin ser vistos.

Desde una de las estrechas callejas desembocaron en una plaza triangular con una hermosa fuente en el centro.

El sonido del agua era armonioso, pero el reflejo de las llamas danzantes acentuaba la tensión en los corazones de los jóvenes.

En una de las tres salidas de la plaza estaban apostados, vigilando la ciudad, dos guardias con corazas metálicas y faldellines cortos.

El reflejo del agua de la fuente captó la luz de las antorchas y reveló la presencia de los dos porenna que se aventuraban en la noche demasiado lejos de la arena.

Los guardias, alertados, levantaron sus lanzas y acorralaron contra una pared a los dos porenna, que ahora se encontraban atrapados y sin posible escapatoria.

—¿Qué hacéis aquí tan lejos de la arena? —les gritaron—. ¿No sabéis que tenéis prohibido salir del recinto de noche?

Ataron a Eyrén y a Kalios y los condujeron de vuelta a la acrópolis .

Por las calles más anchas, donde las gentes reían en tabernas y sentadas a las puertas de las casas, los miraron con extrañeza.

¡Unos atletas atados y escoltados! Escucharon voces que hilaban mil conjeturas.

«Deben de ser desertores», decía uno. «Pues si lo son, morirán», le contestaba otro.

Eyrén y Kalios caminaban con la cabeza gacha, avergonzados por las miradas. Además, estaban muy asustados porque temían enfrentarse a los sacerdotes del templo. Por otro lado, a Kalios no le agradaba la idea de decepcionar al jefe de porenna.

—Os buscábamos por todas partes… —exclamó Nel con una voz en la que resonaba una furia contenida—. ¿Dónde demonios os habíais metido?

—Hemos ido a buscar un ungüento para Kalios —contestó Eyrén, muy nerviosa, farfullando— y nos… nos perdimos…

Las palabras de Eyrén irritaron aún más a Nel, quien gritó con los ojos ardiendo por la cólera y dio un paso adelante mientras levantaba la mano con ademán de ir a golpearla:

—¡Estáis locos! —bramó, la rabia deformando sus rasgos—. Por vuestra imprudencia, me obligáis a adelantar vuestra aparición en la plaza.

El terror se apoderó de Eyrén y su voz se quebró en un sollozo desesperado:

—¡Déjanos prepararnos un poco más! ¡Solo un poco más! —imploró con angustia—. ¡No estamos preparados!

Nel la fulminó con la mirada, con un desprecio cortante, como un filo:

—¡Nadie está preparado! —le gritó, dejando que el eco de sus palabras se ahogara en el silencio que siguió.

«Solo él», pensó Eyrén.

Sabía que no podían actuar tan pronto. Fracasarían, y un error en la plaza no solo sería humillante, sino mortal. Esa noche, con la mente atormentada por la inminente amenaza, Eyrén decidió acudir a Loria. Quizá ella, con su influencia sobre Nel, podría interceder por ellos.

Pero Loria, con una frialdad que Eyrén nunca había visto en ella, respondió sin titubear:

—Solo si alega que vais a actuar pronto y que el espectáculo merecerá la pena, os respetarán…

—se calló y, hablando como para sí, continuó— un tiempo…

—Al oírla, Eyrén bajó la cabeza—. Pero tendréis que ensayar sin cesar porque quedan pocos días para el próximo espectáculo. Te he visto saltar y puedes hacerlo.

Eyrén guardó silencio y agachó la cabeza, preocupada.

Sin decir una palabra más, se retiró a acostarse.

Las mujeres porenna dormían en jergones de paja humildes y austeros.

Eyrén, como de costumbre, se recostó entre Loria y Siwi, pero aquella noche no era capaz de conciliar el sueño porque no dejaba de recordar todo lo que había sucedido en el día.

El leve crujido de la paja bajo el cuerpo de Eyrén no pasó desapercibido para Siwi, que la escuchó dar vueltas, inquieta:

—¿Qué te ocurre?

Eyrén le contó a Siwi lo que había visto, lo extraños que parecían aquellos hombres de piel oscura que se desvanecieron tras las piedras del dique, como sombras tragadas por la tierra. Había algo en su mirada, en su caminar, que la había infundido un temor inexplicable.

Loria, que tampoco lograba conciliar el sueño y las estaba escuchando en silencio, intervino en la conversación. Quizá quería suavizar la dureza con que había tratado a Eyrén. Le dijo que aquellos seres eran esclavos, traídos en naves desde lejanos lugares, y que eran la ofrenda al Cándamo.

—¿Qué es el Cándamo? —se atrevió a preguntar Eyrén.

—Dicen que es el esposo de la diosa serpiente, un ser que se alimenta de carne humana —le contestó Loria—, pero yo no creo en esas leyendas. A esos pobres seres los envían al fondo de las cuevas, bajo la ciudad, y nunca regresan a la luz del sol.

—¿Lo has visto alguna vez?

Loria suspiró.

—Nadie lo ha visto nunca.

—Y…

—Vamos, dejemos de hablar, hay que dormir. Mañana tenéis que entrenar.

—¿Tú no entrenas?

—Yo canto. —Sonrió—. Soy capaz de curar las heridas del alma con mi voz.

Loria se incorporó del lecho y, en voz muy baja pero audible para las otras dos, entonó una suave melodía que hablaba del mar, del brillo del sol sobre el gran océano exterior, y que parecía el rumor de las olas rompiendo en la orilla.

Poco a poco, aquel canto, como un suave susurro del mismo mar, fue envolviendo a las dos jóvenes, calmando sus pequeñas almas atribuladas, tranquilizándolas hasta que, arrulladas por él, se durmieron.

Cuando las vio dormidas, Loria guardó silencio y se sentó en su jergón observando a sus compañeras con una mezcla de ternura y tristeza. Una garra le apretó el corazón. Las vio tan jóvenes, tan inexpertas, tan frágiles… ¿Cuánto tiempo podrían sobrevivir en la arena?

Loria, ya veterana, de la edad de Nel, había sido agraciada con una hermosa voz, y por eso sus ejercicios no eran como los del resto de porenna .

Bailaba y cantaba en medio de la plaza, lo que la había librado de ser corneada por el toro y del laber .

Gracias a ello, a diferencia de tantas otras, había sobrevivido.

A lo largo de los años que había servido en la arena, Loria había visto pasar a muchas jóvenes como Eyrén y Siwi.

La mayoría no habían vivido para contarlo.

Esa realidad, dura e implacable, la hacía sentirse profundamente inquieta y conmovida ante la fragilidad de las nuevas atletas, casi niñas, que no comprendían del todo el destino que las aguardaba.

Las lágrimas, silenciosas, comenzaron a humedecer sus ojos.

En su corazón, elevó una oración a Atón, rogando compasión hacia sus compañeras.

El rostro de Nel se deslizó en su mente, un rostro que, a pesar del paso del tiempo, permanecía perennemente joven.

Sin embargo, se había endurecido. Loria recordaba con claridad su infancia, cuando Nel no conocía la ira y su corazón rebosaba bondad.

Pero ahora esa afabilidad se había desvanecido, dejando tras de sí un rastro de amargura que ella no podía disipar por más que lo intentara.

Los recuerdos la trasportaron a aquellos días, cuando aprendían bajo la sombra protectora del sauce, bebiendo la sabiduría de Eteria.

Ahora ella ya no estaba. Eteria le había augurado que sería el apoyo de Nel.

Y durante todos aquellos años había sido así.

Sabía que había sido su fortaleza y su consuelo.

Pero ahora el peso de los años y de la tristeza comenzaba a aplastarla.

Sentía que el cansancio y los años se apoderaban de su espíritu.

Mientras ella envejecía, Nel permanecía inmutable, una figura joven e imperturbable.

Loria se tumbó en su jergón, sus pensamientos pesados como piedras. Miró al techo, intentando encontrar consuelo en la oscuridad, y pasado un rato el cansancio la venció, sumiéndola en un sueño inquieto y lleno de sombras. En sus sueños vio a Nórax y a su hermano Aldair, a quien añoraba.