Un día de libertad
La noche discurrió agitada para muchos de ellos, con sueños en los que revivían la angustia que habían sentido en la plaza.
Tenían la impresión de que les amenazaba un ominoso futuro.
Al fin, el día llegó. Después de una actuación tan intensa como la que habían tenido el día anterior, por orden de Nel se les permitió descansar, e incluso salir del recinto.
El capitán de porenna había desaparecido.
Por la tarde, los porenna salieron todos juntos de la plaza, pero pronto se dispersaron por las calles de la ciudad.
Parecían estar libres, pero no era así, A Kalios y a Eyrén les habían explicado los otros atletas que nada estaba oculto a los ojos de los sacerdotes de la diosa y que la ciudad estaba tomada por los esbirros de Krysaor.
Los saltadores, con sus trajes livianos, se entremezclaban con la gente.
Pero esas mismas vestimentas, que apenas cubrían unos cuerpos perfectos, entrenados por el salto del toro, les delataban a los ojos vigilantes de la guardia, apostada en las esquinas de las calles, en las plazas, custodiando siempre la ciudad.
Si se hubiesen atrevido a traspasar las murallas o a cruzar el puente, habrían sido detenidos y condenados al laber, y todos lo sabían.
Las gentes los observaban con admiración por su belleza, pero también con desprecio y con cierta lástima porque eran muertos en vida que no durarían mucho; antes o después sucumbirían ante el altar de la diosa.
Eyrén conservaba algunas pequeñas pepitas de oro y plata que le habían dado sus hermanos cuando abandonó la aldea del pozo y trataba de cambiarlas por un ungüento para la dolorida espalda de Kalios.
Desde la caída, su amigo se quejaba ante movimientos bruscos.
Preguntaron a una rolliza ama de cría dónde podrían encontrar el ungüento y ella les indicó una calleja que conducía a un barrio de casas bajas de solo un piso.
Caminaron en aquella dirección y pronto se percataron de que aquel arrabal no estaba tan controlado por los soldados como los elegantes barrios junto al templo y la acrópolis.
En una calleja estrecha y vacía se cogieron de la mano, pero se soltaron cuando llegaron a una calle algo más amplia, llena de menestrales y pescadores.
Allí las gentes más sencillas no los miraron con desdén, sino con cierta compasión.
Animados por la expresión amable de las caras, volvieron a preguntar y les indicaron una pequeña casucha en cuya puerta una vieja desdentada y con mal aspecto vendía ungüentos.
Eyrén le pidió lo que deseaba. La vieja le sonrió y sacó de debajo de toda la pila de tarros de cerámica basta una que olía extraordinariamente bien, a pino y a romero.
La viejuca les dijo que, además de contener aquellas sustancias, la crema estaba elaborada con corteza de sauce.
Ordenó a Kalios que se descubriese la espalda e introdujo un dedo oscuro en el tarro.
Sus hábiles manos frotaron con el ungüento la zona dolorida en la espalda de Kalios, sorprendido ante los movimientos de la anciana sobre su piel que se le antojaban caricias.
Sintió un calor interno como de vergüenza.
Después la anciana le explicó a Eyrén que debía friccionarle en el lugar dañado y dejar que el ungüento se evaporase al sol.
Tras abandonar la casa, subieron al muelle circular que circunvalaba Tarsis.
La vista era espectacular con la enorme bahía, un lago de agua dulce, rodeada por pequeños montes que se abrían hacia la boca del estuario a la mar abierta.
Andando por el amplio muelle circular, adoquinado, se cruzaron con una cuadriga que tiraba de un carro de combate y, más allá, con dos carretas arrastradas por mulas.
Buscaban un lugar donde poder estar a solas sin que los viesen.
Siguieron más adelante y a través de un puente llegaron al muelle exterior, transitado por mercaderes y marineros.
De los tres diques circulares que rodeaban la ciudad, el exterior era el que tenía más fondeaderos.
En la parte norte se cargaban las mercaderías que llegaban del interior de las tierras más allá del río de Tarsis, navegable desde las montañas de la Oretania.
Al oeste de la ciudad, el muelle se abría hacia el estuario.
Allí decía una leyenda que una mujer se había transformado en ave blanca y en espuma de mar tras gritar una profecía que pocos ya recordaban.
Después de deambular un largo rato por lo alto del enorme malecón, se encontraron con una estrecha escalera de piedra que bajaba hacia un desembarcadero en el lado exterior de la muralla.
Allí había una estrecha franja de arena que posiblemente desaparecería con la pleamar.
La arena de la playita estaba seca por el calor y aquel lugar les brindaba protección frente a miradas indiscretas.
Era un lugar donde parecía que nadie les estuviese vigilando.
Kalios se tumbó sobre la arena y Eyrén empezó a masajearle la espalda en el lugar de la caída.
El ungüento, al aplicarlo, le producía calor.
Eyrén, al notar entre sus manos las fibras del músculo contraído, sintió una enorme ternura hacia él, tan fuerte, tan bueno.
Deseó ser abrazada por él. Miró en derredor, sin dejar de darle el masaje, y le pareció ver una sombra en la altura de uno de los paredones que rodeaban la playa.
Entonces dejó de frotarle la espalda y se estiró hacia el muro que tenía detrás para que no se la viese desde arriba.
Después la sombra desapareció. Eyrén empezó de nuevo a masajear a Kalios.
Al cabo de un rato, la espalda, tras las friegas, mostraba un aspecto levemente enrojecido.
Eyrén levantó las manos y depositó un beso sobre la piel de Kairos con tal suavidad que a este le provocó una sonrisa.
Kalios se dio la vuelta y ambos se observaron sonrientes.
—¿Sabes que cuando la anciana que nos vendió el ungüento me lo aplicó, me hizo con la uña un signo en la espalda?
—¿Cuál?
Kalios dibujó en la arena mojada una triple espiral unida por el medio.
—¿Sabes qué puede significar?
—No lo sé —dijo ella—, pero quizá alguno de los porenna mayores lo sepa. Preguntaré cuando volvamos.
—¡Me encantaría no regresar nunca! Seguir aquí, siempre contigo.
Ella enrojeció.
—Podíamos irnos… —sugirió Eyrén.
—Un porenna fugado es un porenna muerto. Yako me dijo el otro día que habían detenido a uno que se había escapado. Lo torturaron despellejándole…
Eyrén se tapó los oídos mientras decía:
—No me des detalles.
Kalios guardó silencio para no preocuparla más. Al ver que callaba, ella se destapó los oídos y le confesó:
—Estoy aterrorizada. Para nosotros esta ciudad es una cárcel, todo el imperio lo es. Nada está fuera del poder de Akálide y de los sacerdotes de la diosa.
Se quedaron callados, pues esa había sido su lección.
Se conocían desde niños, y siempre habían jugado juntos.
Pero aquel juego, con el fuego de la adolescencia, los había lanzado a uno en los brazos del otro.
Para él había sido maravilloso, pero a ella le resultó angustioso.
Había cedido, insegura, presionada por la insistencia de Kalios y por el amor sincero que sentía por él.
Poco después de aquello, el padre de Eyrén la había prometido con uno de los hijos de un hombre principal en el poblado.
Eyrén, aterrorizada por el hecho de que su futuro esposo descubriría que no era virgen, aceptó ofrecerse a los mercaderes de porenna .
Kalios posó la mirada en el brillante y oscuro cabello de Eyrén, anudado con una cuerda y del que el sol extraía destellos cobrizos. La deseó. Ella, que tenía la frente apoyada en las rodillas, levantó la cabeza y deslizó su mano sobre la espalda de Kalios.
—Estoy mucho mejor —confesó este—, pero me calman más tus manos que el ungüento. Te necesito.
Eyrén guardó silencio unos instantes. Su corazón latía aceleradamente, y sentía que le ocurría lo mismo que a Kalios. Después se sinceró:
—Tengo miedo. Dentro de nada, nos tocará a nosotros.
¿Te has dado cuenta? Están sedientos de sangre.
Detesto a esa diosa de pechos descubiertos y serpientes entre las manos.
—Mientras hablaba, el sol posó sus rayos sobre el mar, tornándolo incandescente, y el horizonte se llenó de resplandores rojizos y violáceos—.
¿Recuerdas la leyenda que dice que es la serpiente la que persigue al sol en su recorrido en la noche? Es la gran enemiga de Atón.
Kalios movió la cabeza afirmativamente y, con ingenuidad y profunda convicción, razonó:
—Saltamos para rendir culto al sol, y él nos salvará de la diosa serpiente. Nel nos entrena bien, y yo creo que quiere protegernos.
—¡Pues no lo parece! ¡Es un ser inhumano! Busca únicamente lucirse y está lleno de odio.
—No lo creo así —rebatió Kalios mientras una expresión de apoyo al capitán de porenna asomaba a sus castaños y amables ojos. Después hizo un gesto de rechazo con el que daba a entender que no debía hablar así de él y se levantó—. Es tiempo de regresar.
Mirando en derredor, la besó suavemente en la mejilla.
—Por lo menos, nos tenemos el uno al otro —suspiró ella.
Estaban a punto de subir hacia el muelle cuando desde la playa oyeron el sonido de unas barcas a remo aproximándose al otro lado del dique de madera.
Les llegaron gritos y el ruido de cuerdas lanzadas contra los postes del malecón.
Eyrén y Kalios, temiendo ser descubiertos aislados y juntos, se ocultaron bajo las tablas del embarcadero.
Desde su escondite oyeron el inconfundible sonido del restallar del látigo y quejidos.
A través de las rendijas entre las tablas pudieron divisar unas piernas de color muy oscuro y adornadas con zarcillos brillantes, algo que les resultó extraño a los dos porenna.
Los seres oscuros gritaban, profiriendo gemidos en un lenguaje ininteligible.