Las naves de Tarsis Hacia el oriente
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Hacia el oriente

Los proscritos intentaron atracar en varias islas y regiones costeras del Mediterráneo, pero la sombra de Krysaor los precedía. Su condena se había extendido como una maldición por todas las tierras sujetas al dominio de Tarsis.

Las naves avanzaban pegadas a la costa, buscando abrigo entre cabos y ensenadas. A veces, desde cubierta, alcanzaban a distinguir humo elevándose entre los olivares o pequeñas aldeas levantadas sobre la roca. Entonces la esperanza corría de proa a popa.

—Tierra a estribor —gritaban los vigías.

Las mujeres se incorporaban bajo los toldos de los navíos. Los niños asomaban la cabeza entre los fardos. Incluso los remeros, agotados, levantaban la vista.

Pero siempre ocurría lo mismo. En cuanto las gentes de las costas reconocían las velas con el trisquel, las señales de fuego comenzaban a encenderse y los arqueros empuñaban sus arcos.

En los puertos del Tirreno, las antorchas aparecían una tras otra sobre las murallas.

Los guardias cerraban cadenas entre los espigones antes de que las naves pudieran acercarse.

En algunas playas veían reunirse a hombres armados con lanzas y hondas que los observaban desde lejos para impedirles poner pie en tierra.

Una tarde, cerca de una pequeña rada rocosa, Aldair señaló hacia la costa.

—Mira.

Nórax siguió la dirección de su brazo.

Varias figuras aguardaban junto al embarcadero. Uno de ellos agitó los brazos, haciendo señas para que se alejaran. Después levantó una tea y la hizo oscilar como si les negasen el acceso. A los pocos instantes otra llama respondió desde una colina; luego otra, y aún otra más.

Gael observaba la escena junto a la borda.

—Reconocen los trisqueles en las velas.

—Krysaor ha extendido la prohibición —declaró Aldair—. Nos ha convertido en enemigos de Tarsis, de modo que todo el que comercie con nosotros se convierte en enemigo del imperio tartésico.

Gael apretó la mandíbula.

—Ni siquiera nos escuchan.

—Krysaor es poderoso y temido.

Las naves cabeceaban en el oleaje del Mediterráneo, unas veces en calma, otras agitado, pero los vientos los conducían siempre hacia el este.

En Creta, la gran isla del laberinto, alcanzaron a distinguir las columnas rojizas de los palacios minoicos.

Durante un instante, el ánimo cambió. Desde cubierta podían ver terrazas escalonadas, almacenes abiertos hacia el mar y muelles repletos de embarcaciones.

Las naves góidel avanzaron lentamente hacia el puerto.

Entonces sonó un cuerno. En los espigones aparecieron soldados.

Levantaron lanzas y escudos pintados. Varias embarcaciones menores abandonaron el muelle y salieron a interceptarlos.

Un hombre vestido con túnica escarlata avanzó hasta la punta de la escollera.

—Por orden del rey de Creta, el pueblo góidel, liderado por el traidor Nórax, no puede tomar tierra. ¡Deberá partir de inmediato!

La voz cruzó el agua como un golpe. Nadie respondió. Nórax permaneció inmóvil junto al mástil. Sentía las miradas clavadas en él. Farkán escupió por la borda.

—Ni siquiera nos permiten cargar agua.

El emisario alzó el brazo y los arqueros tensaron las cuerdas. Nórax se dio media vuelta y ordenó:

—Virad.

Los remeros cambiaron el rumbo, sin que nadie protestase, y el puerto desapareció lentamente detrás de ellos.

Aquella noche el mar estaba en calma, pero nadie dormía.

Los odres comenzaban a vaciarse. El pan endurecido escaseaba.

Las provisiones cargadas en Sharden apenas alcanzaban ya para unos pocos días.

Gael observaba a una mujer repartir agua entre varios niños mientras las manos le temblaban al llenar cada cuenco.

—Ya no queda casi nada —murmuró Gael.

Nórax permanecía sentado junto a la popa, mirando la oscu­ridad.

—Lo sé.

Gael dudó.

—¿Qué haremos?

Nórax tardó en responder.

—Encontrar tierra antes de que el hambre nos obligue a detenernos en cualquier lugar donde nos alcance el odio de Krysaor.

A la mañana siguiente reunió a los capitanes. Las embarcaciones fueron unidas por cabos y los hombres cruzaron de una cubierta a otra. Se sentaron formando un círculo, bajo el sol, mientras el mar respiraba despacio alrededor de la flota.

Uno de los marinos más veteranos, curtido en antiguas travesías, tomó la palabra.

—Rodeé el África hace años. Más allá del mar interior hay reinos que no obedecen a Tarsis.

—¿Qué propones? —preguntó Aldair.

—Buscar refugio lejos de las rutas vigiladas por Krysaor.

Se mencionó el país de Hatti.

—Los hititas no obedecen a Krysaor —comentó uno de los capitanes.

Otro negó con la cabeza.

—Llegar allí por mar es casi imposible. Habría que atravesar el Egeo. Demasiados puertos hostiles.

—Y después cruzar más allá del Ponto, las tierras orientales de la gran península de Anatolia —añadió Aldair—. No somos hombres de montaña.

Farkán permanecía callado.

—Mittani queda demasiado lejos —apuntó alguien.

—Assur exige abandonar las naves —dijo otro.

Hubo un silencio.

El sonido del agua golpeando los cascos llenó el espacio entre ellos. Entonces uno de los hombres habló desde el extremo del ­círculo.

—El país de Khemet.

Las miradas se alzaron. Repitió lo que estaba diciendo con el nombre tartésico que todos conocían.

—Egipto.

El nombre quedó suspendido en el aire. Todos habían oído hablar del país de las pirámides: a Tarsis llegaban, año tras año, comerciantes que traían especias, joyas, lino, papiros, vasijas de alabastro…

Aldair se quedó reflexionando un momento. Era un hombre joven, pero ya había realizado grandes periplos de navegación y había hablado con marinos curtidos.

—Sí —sentenció con voz clara—. Solo queda un destino posible. Egipto es un gran imperio, no sometido a Krysaor, al que podemos llegar navegando.

Al oír aquel nombre, Nórax sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

La imagen del palacio de Apofis cruzó fugaz por su memoria: columnas cretenses, cantos ceremoniales, el fuego y el horrendo sacrificio ritual realizado en su presencia.

Abrió la boca, quiso hablar, pero algo en su garganta se cerró.

Recordó el círculo de piedras de Albión, donde el dios le había revelado que su destino era luchar contra la serpiente.

Y ahora la serpiente volvía a él, encarnada en la figura de un faraón con nombre de serpiente, Apofis.

Aldair observó el gesto de Nórax.

—¿Qué piensas?

Nórax tardó unos instantes en responder mientras Aldair seguía hablando.

—Egipto es grande e influyente. Sus ciudades no dependen de Krysaor.

—Los hicsos gobiernan el delta del Nilo —comentó uno de los hombres.

—También dicen que buscan guerreros —añadió otro—. Las tierras del sur están dominadas por los tebanos, y hay guerra. Podríamos ofrecernos como mercenarios.

Farkán frunció el ceño y, con el orgullo de su antigua familia, siempre fiel a Atón, espetó:

—No nací para vender mi espada.

Nadie contestó, solo se oyó el sonido del agua contra las cuadernas de madera de los barcos.

El silencio fue más duro que cualquier palabra.

Farkán miró alrededor: vio los rostros consumidos por el cansancio, vio a los hombres que apenas podían mantenerse erguidos después de semanas en el mar y, finalmente, bajó la vista.

—Pero tampoco nacimos para morir embarcados —le rebatió Aldair.

Nórax asintió lentamente:

—Podemos dirigirnos al delta. —Todos aguardaron.

Después, con voz más fuerte, concluyó—: No para quedarnos.

—Entonces levantó la vista hacia el horizonte—.

Una vez allí, remontaremos el Nilo. Cruzaremos hacia Kush.

El rey de Kush odia a Akálide y fue benigno con nosotros.

Y, si no es allí, quizá desde el sur encontremos el camino hacia las tierras lejanas de Mesopotamia.

Gael lo observó porque detectaba algo extraño en la voz de su padre, como si hablara de un destino que ya no pertenecía del todo a los hombres.

Los capitanes fueron asintiendo uno tras otro y la decisión quedó tomada: pusieron proa hacia Khemet. Años más tarde comprenderían que detrás de aquella elección nacida del hambre y la necesidad se escondían los designios del dios Atón.

Desde Creta, la flota góidel puso proa hacia el sur, a las tierras de Libia, bordeó el norte de África y encontró la boca del gran río.

El agua comenzó a cambiar. El mar salado se mezcló con corrientes oscuras y lentas.

El aire olía a barro y vegetación. Bandadas de aves blancas alzaban el vuelo desde los juncos.

Gael permanecía apoyado sobre la borda.

—Es un río enorme, me recuerda al río Tarsis.

Efectivamente, pero lo que en Tarsis era un enorme lago fluvial aquí eran marismas, muy fértiles, islotes cubiertos de papiro y brazos de río. En el brazo oriental llevaba un enorme caudal y desembocaba cerca de la capital, Avaris.

—No es solo un río —respondió Aldair—. Es un país entero. Egipto es un don del Nilo.

Las embarcaciones avanzaron por el canal oriental.

En las orillas aparecían campesinos inclinados sobre la tierra negra y fértil, pescadores en barcas estrechas y aldeas levantadas con adobe.

Los niños dejaban de jugar al verlos pasar.

Algunos corrían mientras otros permanecían inmóviles.

El rumor de la ciudad apareció casi antes de que pudieran verla; después surgieron las torres.

Avaris se alzaba entre palmeras y murallas rojizas. Los canales que la rodeaban hervían de actividad. Embarcaciones mercantes entraban y salían sin descanso. Los templos elevaban columnas pintadas sobre los tejados.

Farkán soltó una exhalación lenta.

—Parece más grande que cualquier ciudad que hayamos conocido.

—Salvo Tarsis… —matizó Aldair con añoranza.

Poco antes de alcanzar la muralla, varias embarcaciones hicsas de cascos largos les cerraron el paso. Los remeros a ambos lados levantaron las palas mientras soldados nubios apostados entre ellos tensaron los arcos.

Gael llevó una mano al mango de la espada.

—¿Nos atacarán?

Nórax observó las naves que se acercaban.

—No. Solo pretenden que nos detengamos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque, si hubieran querido destruirnos, ya habrían disparado las flechas.

Las naves hicsas se colocaron a ambos lados de la flota góidel, escoltándolos.

La noticia de su llegada había alcanzado a la corte.

Cuando finalmente atracaron, el muelle estaba lleno de soldados.

Poco después, un oficial egipcio subió a la nave principal.

Vestía un faldellín corto de lino. El pecho desnudo brillaba bajo el sol.

En la mano llevaba un bastón rematado en oro.

Su mirada recorrió la cubierta con lentitud.

Nórax avanzó hasta él y declaró:

—Venimos en son de paz.

El hombre inclinó apenas la cabeza.

—Mi señor desea hablar con el noble Nórax, príncipe de los góidel . —Dicho esto, hizo una pausa antes de concluir—: Está esperando que le rindáis pleitesía.

Detrás del oficial, los soldados egipcios permanecían inmóviles, alineados junto al muelle. Más allá, Avaris respiraba como un animal inmenso: voces lejanas, ruedas sobre piedra, humo elevándose entre los tejados.

Nórax volvió lentamente la cabeza, buscando a Gael. Su hijo lo observaba desde la cubierta inferior, inmóvil, con la mano apoyada en la empuñadura de la espada. También vio a Aldair y a Farkán, pero ninguno habló. Nórax les hizo un leve gesto y los tres avanzaron unos pasos.

Entonces el oficial levantó la mano.

—Debes venir solo. —Sus palabras fueron secas—. Nadie puede acompañaros. Mi señor os espera.

Por primera vez desde que habían entrado en el delta, Nórax sintió un verdadero peso en el pecho: no era miedo al combate, sino algo antiguo, como si ya hubiese recorrido aquel camino. Con el corazón palpitante, descendió del barco sin apartar la vista del oficial.

En el muelle aguardaba un carro hicso de un solo caballo.

El auriga no lo miró. Cuando Nórax subió, la madera crujió bajo su peso.

El carro comenzó a avanzar vibrando. Atravesaron calles estrechas entre muros de adobe.

El sol caía oblicuo sobre los patios y los canales.

Hombres cargados con cestas se apartaban a su paso.

Mujeres envueltas en lino observaban desde las puertas.

Pero Nórax apenas veía nada. El traqueteo de las ruedas sobre la piedra era constante, pero él apenas lo sentía. Él solo miraba hacia delante.

Las torres del palacio se elevaban al fondo, por encima de la ciudad.

Aunque brillaba el sol de atardecer, le parecieron oscuras y le dio la impresión de que se cimbreaban.

Sintió un escalofrío. Recordó la oscuridad del palacio, las columnas pintadas, la cara de horror de una niña engullida por una serpiente.

Pensó en Albión, en la voz que le había hablado desde el círculo de piedras.

Y comprendió que el destino lo había llevado hasta allí mucho antes de que él pudiera elegir.