Los esclavos
Pasaron varios días sumidos en entrenamientos intensos, casi salvajes.
A Kalios no le chocó que Nel no le volviese a dirigir la palabra después de la conversación que habían mantenido al alba.
Lo trataba con la misma exigencia brutal con la que trataba a todos, o quizá con aún mayor severidad.
Corrían, saltaban y cargaban peso sin parar ni detenerse un momento.
Por las noches caían rendidos, extenuados por el esfuerzo.
Preparaban el nuevo espectáculo, la gran fiesta del año que se iniciaba.
Afortunadamente, Nel no había permitido que los porenna que habían llegado con Eyrén desde la meseta, entre ellos Rob, Yako, Aziz o la pequeña Siwi, participasen en el festival del nacimiento del sol.
Eyrén sentía alivio al saber que ninguno de los suyos corría peligro.
Sin embargo, la tristeza pesaba sobre ella porque dos porenna experimentados habían caído en la arena.
Uno de ellos había sido empitonado en el tórax y murió casi en el acto. Eyrén, que observaba desde la barrera, gritó horrorizada, pero enseguida sintió el latigazo rozándole la piel para obligarla a guardar silencio.
El otro porenna no había falleció en la plaza.
Se cayó al saltar y un enorme toro lo pisoteó.
Se levantó cojeando y fue condenado al altar de la diosa.
Dos fuertes soldados lo agarraron por las axilas y lo arrastraron hasta el ara de los sacrificios.
Eyrén no gritó, se quedó muda viendo cómo el laber segaba el cuello de aquel al que apenas conocía, pero que había sido entrenado con ella pocos días atrás.
El espectáculo, por lo demás, había sido un éxito rotundo y Nel se había lucido con acrobacias que habían dejado al público boquiabierto.
No vacilaba al realizar los saltos, rebosaba seguridad.
Sonrió al público mientras se inclinaba haciendo una reverencia al final de la actuación y recibió los aplausos con lo que parecía calma y satisfacción.
Eyrén no podía entender aquella sonrisa, esbozada tras la cruel muerte de dos de sus compañeros.
El rey Krysaor se levantó de su solio real cautivado por las proezas de Nel y aplaudió enérgicamente.
Finalizaba el espectáculo y ordenó que el capitán de porenna subiese al trono que compartía con Akálide, una mujer envelada, para darle el premio que se solía conceder al mejor atleta.
Sin embargo, Nel había desaparecido, y no consiguieron encontrarlo.
Tanto Eyrén como Kalios se sorprendieron cuando no hizo acto de presencia para recibir el galardón.
El rostro del rey adoptó una expresión dura e impenetrable mientras la reina Akálide apartaba su velo negro, revelando un rostro oscuro y envejecido y marcado por manchas oscuras que acentuaban su aire enigmático.
Con voz baja y susurrante le dijo algo al oído, como instándole a que castigase a quien había osado hacerle el desplante de no recoger el premio.
Krysaor no respondió, pero su expresión no era de enfado, sino de amarga resignación.
Cuando todo hubo terminado, el rey se dejó guiar por su esposa y juntos descendieron por la escalinata que, desde el dosel real, conducía al altar de la diosa. Al pasar ante ella, ambos se inclinaron en señal de reverencia.
Uno de los jóvenes saltadores se acercó a Kalios y le confió:
—Nel nunca sube a recoger el galardón.
—¿Por qué? —preguntó Kalios.
—Nadie sabe por qué, aunque se comenta que es por modestia.
Al oír esa respuesta, Eyrén, irritada aún por la prepotencia del capitán de porenna en los entrenamientos, saltó picada por la rabia:
—No lo creo, es un pavo engreído. Es para hacerse notar aún más.
Kalios pensó que aquel no era el motivo, sino que Nel no quería tener ningún vínculo con la diosa, pero no dijo nada y le preguntó al otro saltador:
—El rey ¿no lo considera un desprecio?
—Al principio intentaron castigarlo, pero el rey Krysaor lo protegió. Ahora se ha aceptado y es parte de la costumbre.
Regresaron a los aposentos subterráneos, pero Nel no estaba por ningún lado. «¿Dónde se habrá metido?», pensó Kalios. Hubo comida y bebida adicional para todos, pero Nel no apareció.
Un poco achispados por la bebida, bajaron a una playa a la que se accedía desde el recinto subterráneo a través de unos túneles que cruzaban por debajo de los tres muelles y desembocaban directamente en el estuario.
Estaba rodeada de acantilados y rocas oscuras.
En ese lugar, Nel había enseñado a nadar a aquellos que, provenientes del interior, no conocían las cálidas aguas de Tarsis.
Los porenna, con ansias de luz y libertad, descendieron por las rocas hasta alcanzar la playa de arenas doradas.
Eyrén siempre pensaba que aquella arena escondía oro, tan hermosa le parecía.
Le había impresionado ver a Nel nadar, y lo que más la asombraba era el tiempo que lograba mantenerse buceando.
Eyrén entendió que para el capitán de porenna el mar era su elemento natural y que adoraba sumergirse en aquellas aguas, cambiantes por las corrientes marinas, unas veces más frías, pero a menudo cálidas.
Cuando llegó el ocaso, casi todos los saltadores se acercaron al extremo oriental de la playa.
A todos les fascinaba contemplar la puesta del sol en Tarsis, cuando el astro incandescente se posaba en el mar dejando una larga estela que en algunas épocas del año se introducía por el canal central.
Muchos de ellos eran secretamente adoradores de un dios solar.
Entonces vieron a Nel, sentado sobre una roca y absorto en el deslumbrante atardecer.
Los que estaban más cerca se dieron cuenta de que sus ojos brillaban húmedos por las lágrimas, quizá de tristeza, quizá de rabia, y algunos incluso apreciaron cómo apretaba los puños con ira y los levantaba amenazando al sol, como si señalase a alguien que se había ido y le suplicase al dios que volviera.