Las naves de Tarsis El jefe de los porenna #2
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El jefe de los porenna #2

Observó a Nel. Sabía que el capitán era un hombre maduro, curtido en la plaza, pero parecía joven.

Su cuerpo rozagante rezumaba plenitud, con caderas fuertes, piernas rectas, pecho poderoso y músculos potentes, más firmes que abultados, y brillaba al sol por el aceite con el que lo había impregnado.

Como todos los porenna, estaba enteramente depilado.

Aunque su cabello era rubio, y resplandecía con la luz del amanecer, tenía la piel dorada por los rayos del sol.

El rostro, con los ojos ahora entrecerrados, expresaba firmeza: la mandíbula cuadrada, la nariz recta, el cuello largo y de nuez prominente.

Kalios, al darse cuenta de lo que Nel estaba haciendo, retrocedió para no molestarle en un momento que intuía íntimo para él. Sin embargo, este debió de percibir el ruido de los pasos del aguador cuando retrocedía y comenzaba a bajar por las gradas que conducían a las estancias de los porenna .

—¿Me espías? —le gritó con una voz cortante como un látigo.

Kalios se giró y vio los ojos de Nel, de un color verde agua, fijos en él. Eran, en ese momento, fríos como el hielo. Kalios, como atraído por ellos, subió los peldaños de nuevo hasta situarse otra vez en la arena cerca de Nel y, con cautela, se dirigió al capitán.

—No, no…, mi señor. Perdonad mi intromisión… —respondió Kalios rápidamente, intentando calmarle.

—Entonces, ¿por qué te vas? —insistió Nel, cuyo tono gélido iba cargado de sospecha.

—No quería interrumpiros en vuestra plegaria al sol… —contestó Kalios, con respeto.

Los ojos de Nel, enfurecidos, brillaban ahora por la ira, molesto por la intrusión de Kalios.

—¿La conoces?

—En mi aldea nos la enseñaron de niños a Eyrén y a mí.

—¿Sois amantes? —le espetó Nel con brusquedad y dureza.

Kalios no podía mentir ante aquella mirada que lo atravesaba, y además no sabía hacerlo. Así que optó por responder con una pregunta ingenua:

—¿Qué creéis, mi señor?

—Que estáis locos si intentáis mantener una relación prohibida en este lugar donde todo se comparte.

—No lo haremos —repuso prudentemente Kalios—, pero ella iba a ser entregada a un hombre al que no amaba y decidimos ofrecernos como porenna a los mercaderes que frecuentaban nuestro poblado…

—Morir… —rio sarcásticamente—. Aquí, en la arena de Tarsis, entregaos a la diosa serpiente.

—No —dijo Kalios, sonrojado—. Ambos hemos sido criados en la fe a Atón.

—Yo también lo fui, era fiel a Atón, lo sigo siendo… —Se detuvo un instante y luego, con gran amargura, prosiguió—: Pero bailo para la Señora de las Fieras… y permito la muerte de muchos.

Kalios no supo qué contestar ante semejante confesión. Guardaron silencio. Después Nel, con curiosidad, comentó:

—Nadie se mueve como lo ha hecho Eyrén la primera vez que sale a la arena. ¿Quién le enseñó?

—Desde niños jugábamos a saltar…

—Bien, bien… Te he examinado en los entrenamientos, tienes una enorme potencia…

—Sí, soy fuerte. —Kalios, halagado, sonrió—. Trabajaba como aguador en mi poblado y era capaz de cargar con enormes recipientes de agua.

—No tienes técnica.

—Ya lo sé —convino Kalios resoplando.

Aquel era el problema. Ni él ni Eyrén habían sido adiestrados, nadie les había enseñado la técnica del salto del toro. Kalios miró a Nel anhelante. Si él quisiera, podría enseñarles. Nel entendió su mirada.

—Antes me dejaban entrenar más tiempo a los atletas jóvenes, y de hecho pasaban meses antes de que salieseis a la plaza.

Ahora ya no. Salen enseguida a la arena y por eso hay muy pocos porenna de los que llegan aquí que puedan evadir el laber …

Intento salvar, al menos, a los que tengan más capacidad de sobrevivir.

Kalios, que había oído hablar de los favoritismos de Nel, entendió entonces lo que sucedía:

—Por eso os dedicáis más a algunos…

—Sí. A la reina Akálide no le gustan los saltos del toro, pero a Krysaor y a las corruptas gentes de Tarsis les encantan.

Akálide y Krysaor ofrecen esos espectáculos al pueblo para ganarse su favor.

Sospecho que a la reina solo le gusta la muerte de los porenna .

En los tiempos antiguos también se bailaba en la plaza, pero un porenna nunca era pasado por el laber si fallaba en el salto.

El maravilloso baile al sol, al que yo he dado mi vida, se ha convertido ahora en un espectáculo sacrílego y cruel.

A Akálide y a los sacerdotes de la diosa les gusta que caigáis delante del toro para después conduciros al altar de la diosa serpiente.

—En mi poblado, aún piensan que los porenna bailan al sol.

—Pues ya no es así. —Nel calló un instante y, con amargura, prosiguió—: Ahora yo trabajo para la reina Akálide, para proporcionar víctimas a un culto espantoso de una diosa que es una serpiente, que envuelve y devora a sus víctimas.

La voz de Nel exudaba pesar, y Kalios le respondió, compadecido y con voz suave:

—Veo que te preocupa el mal de los corazones, y por eso no perteneces a la diosa. Tus entrañas son de Atón, y le oras al amanecer como hacemos todos sus servidores.

Perdida la mirada en el cielo, con los ojos brillantes y rebosantes de luz, Nel le dijo con voz emocionada:

—Le pido ayuda para salvar a todos los que pueda, le pido perdón por no poder hacer más y le grito desesperado, con rabia, porque no entiendo cómo, si es tan poderoso como nos han enseñado, puede permitir esto.

—¿Hay más gentes que piensan como tú?

—Muy pocos.

—En los poblados de la Oretania y de la Carpetania seguimos creyendo en el dios que brilla en el sol.

Nel se pasó la mano por el cabello rubio, pensativo y preocupado.

—Vosotros tenéis que trabajar para conseguir la cosecha, para obtener agua para el riego. Necesitáis de la naturaleza. Aquí, en la ciudad, el oro que ha conseguido Akálide los ha atrapado. Lo tienen todo resuelto y se han vuelto egoístas. ¿No te has fijado en que hay oro por doquier?

—Lo he visto. No conozco ningún lugar tan rico como Tarsis.

—¡No conoces mucho mundo! —Su voz sonó algo burlona.

—No, pero veo que hay plata y oro por todas partes —replicó con sencillez el aguador.

—Los tartesios solo aman las riquezas, la diversión en la arena viendo morir gente… Son despreciables.

—¿Cómo han llegado a esta situación?

—Los han comprado, y les proporcionan hongos y plantas alucinógenas, que son afrodisiacas y les producen placer, pero los debilitan. Por otro lado, hay miedo… Con el miedo se domina a la gente.

—¿Miedo a qué?

—A la tortura y al laber . Todos los que alguna vez se rebelaron están muertos o han sido desterrados.

Además, hay otro temor más profundo y continuo: al supuesto poder de la diosa, a los temblores que sacuden cada vez con más frecuencia los cimientos de la ciudad, e incluso del imperio.

De cuando en cuando todo tiembla. Los sacrificios no calman los temblores, pues siguen ocurriendo.

—¿Qué los provoca?

—Creo que lo sé… —De pronto Nel se calló y en su mirada surgió de nuevo el ser duro, aquel ser que tanto le disgustaba a Eyrén—. No sé por qué me he confiado a ti.

Kalios le respondió tímidamente en un susurro.

—Será porque soy un muchacho de un poblado al lado de un pozo, porque he venido de lejos y no soy sabio ni muy inteligente.

Nel no pudo menos que esbozar una sonrisa ante la sencillez de Kalios, pero inmediatamente su rostro se puso serio y adoptó una expresión amarga.

Avanzó dejando a Kalios atrás mientras el sol se elevaba lentamente sobre la plaza.

Aparecieron obreros que con grandes rastrillos limpiaban la arena dorada y después, con planchas de madera ensartadas en un palo, la alisaban.

Al ver a los operarios, Nel volvió sobre sus pasos, se acercó de nuevo a Kalios y le hizo prometer con voz de mando:

—Nadie debe saber que rindo culto al sol. ¡Júrame que nunca hablarás de lo que te he dicho! ¡A nadie! ¡Ni siquiera a tu compañera!

—¡Lo juro! —exclamó Kalios con decisión levantando una man o—. Juro que nunca diré nada.