Las naves de Tarsis El jefe de los porenna
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El jefe de los porenna

—¡Salta! ¡Más! Aún más, más alto.

Nel gritaba al tiempo que hacía restallar un látigo bajo los pies de los porenna o, más a menudo, les azotaba la espalda o las piernas desnudas. Cuando los atletas daban un respingo, él solía esbozar una sonrisa. Parecía disfrutar con lo que hacía.

Corrían sobre la arena, caliente ahora porque Atón se hallaba en todo su esplendor, y daban vueltas muy deprisa al enorme círculo, donde diversos obstáculos los obligaban a saltar.

—¡Si no vais más rápido, moriréis! Un látigo no es nada: los cuernos del toro os sacarán las entrañas. ¡Corred!

Una atleta sin experiencia, delgada, casi una niña, de nombre Siwi tropezó con una valla alargada, la tiró y cayó al suelo, arrastrando a dos de los corredores que venían tras ella.

Nel restalló el látigo y después azotó a los caídos aún en el suelo hasta hacerlos sangrar. Parecía haberse vuelto loco.

—Déjala, acaba de llegar, no consigues nada golpeándola —le gritó una hermosa mujer madura de largos cabellos rizados y oscuros que los observaba unos pasos más atrás.

—¡No te metas, Loria! —le contestó Nel—. Si no salta mejor, morirá bajo el toro.

Siwi acababa de llegar a la arena de Tarsis procedente de una aldea argárica que se dedicaba a la obtención del cobre en las montañas de la Carpetania.

En la pequeña casa de su familia habían enterrado al abuelo en un agujero bajo el hogar y lo habían cubierto con cal viva.

Poco tiempo después todos enfermaron, y la única que sobrevivió, Siwi, fue entregada por el jefe de la tribu a los traficantes de porenna porque se decía que su familia había sido maldecida.

Otra joven porenna, llamada Eyrén, miró a Loria agradecida y corrió a proteger a su amiga, interponiéndose entre Nel y Siwi.

Nel, enfurecido, levantó el látigo contra Eyrén, quien, sin arredrarse, le gritó mientras fijaba en él una mirada verde oliva sombreada por espesas pestañas. En sus ojos brillaba una luz penetrante.

—¡Eres una bestia! Disfrutas golpeándola.

Entonces Nel se detuvo, sin saber por qué no la había golpeado.

Eyrén sintió los ojos de Nel clavados en los suyos y advirtió en ellos un ansia de no sabía exactamente qué.

Nel le dio la espalda y trató de calmarse, permitiendo que recogieran a los caídos para que les lavaran la sangre de las desolladuras y las heridas de los latigazos.

Luego el entrenamiento continuó con un ejercicio consistente en saltar sobre un artilugio mecánico de madera que disponía de horquillas que simulaban los cuernos del toro. Cuando caían, si no lo habían hecho bien, Nel les asestaba un golpe con un palo.

Eyrén se volvió hacia uno de sus compañeros, Kalios, con quien había llegado desde un poblado levantado junto a un pozo fortificado, en la Oretania. Él era un muchacho enorme, de músculos poderosos, pero con expresión de niño. Indignada, le susurró al oído:

—¿Por qué nos golpea con tal saña? ¡Es cruel!

—Sí…

Al oír que alguien hablaba, Nel se dio la vuelta. Sus ojos destilaron irritación porque había oído la velada crítica de Eyrén.

—¿Quién ha hablado?

Tras mirarse unos a otros, finalmente Kalios se levantó:

—He sido yo, mi señor.

Intentó que Eyrén no lo hiciese, pero ella también se levantó, cruzando los brazos sobre el pecho, desafiante. Nel se dirigió a ellos en tono frío:

—Impedís la concentración de los que saltan. Si podéis hablar, también podréis saltar.

Con un gesto de mando, Nel indicó a Eyrén y Kalios que se dirigiesen al fondo de la arena.

—Tú, chiquilla, ya que protestas tanto, vas a saltar la primera.

Eyrén palideció al mirar el palo astado al fondo, en el que le pareció ver el enorme toro negro al que un día tendría que enfrentarse.

Respiró profundamente, se recordó a sí misma de niña, transformó el palo con asta en las fortificaciones del pozo de su infancia y, con esa visión tranquilizadora, comenzó a correr, cada vez más deprisa, hasta que, al llegar junto al ingenio de madera, de un modo grácil y suave, se elevó sobre el suelo, agarró con una mano el asta derecha y luego la izquierda y se sostuvo durante un instante sobre ambas, completamente recta, con la cabeza hacia abajo.

Después soltó una mano y, agarrada a la cornamenta del astado con la otra, permaneció en el aire varios segundos. Finalmente dio una voltereta, cayó delante del semicírculo de espectadores, de rodillas en el suelo, y se levantó con ellas desolladas.

Los ojos de Nel brillaron entre admirados y coléricos.

—¡Saltas bien, pero caes mal! —bramó mientras le tendía su fuerte mano para levantarla.

Eyrén se sintió confusa al notar la mano de Nel, que la levantaba con brusquedad desde el suelo.

Una vez de pie, rápidamente se soltó y se dirigió al grupo para sentarse con sus compañeros.

Al ponerse en cuclillas, las rodillas le sangraron.

Loria se le acercó y le restañó con un paño las rozaduras que empezaban a sangrar.

Ahora era el turno de Kalios. El muchacho comenzó a correr, saltó muy alto y con las dos manos se agarró a los cuernos del toro.

Con tanta fuerza lo hizo que arrancó uno los cuernos del artilugio de madera, lo volcó y cayó finalmente al suelo.

Todos se rieron, pero las carcajadas expresaban un cierto asombro.

La estructura astada estaba anclada al suelo con piedras, lo que significaba que había que tener una fuerza descomunal para volcarla.

Kalios notó el golpe en la espalda y se quedó tendido sin moverse unos instantes.

Cuando finalmente se levantó, tambaleándose, expectoró sangre.

Todos pensaron que Nel iba a reprocharle que hubiese destruido el armatoste y hubiese caído, pero no lo hizo.

Se quedó callado, pensativo. Su semblante mostraba una expresión de asombro; probablemente pocas veces había visto algo así, a alguien tan fuerte como Kalios.

Continuaron entrenando porque Nel no les concedía un respiro.

A mediodía, unas mujeres gruesas les trajeron grandes recipientes con un potaje.

Saludaron a Nel con familiaridad, como se saluda a alguien a quien se ha conocido desde niño.

Los atletas pararon para comer y siguieron entrenando toda la tarde, sin un instante de descanso.

A veces Nel utilizaba el látigo contra ellos, cuando no lo hacían bien.

Eyrén pensó que cada vez detestaba más a aquel hombre, que le parecía muy cruel.

Cuando el sol caía, se retiraron bajo la plaza. Llegaron a un gran aposento circular de donde partían corredores y en el que se habían encendido antorchas que llenaban de humo y un olor acre aquel lugar cerrado.

Eyrén deseaba hablar con Kalios, pero no tuvo oportunidad de hacerlo porque los separaron.

En la gran mesa donde cenaron, los chicos estaban en un extremo, y las chicas, en el otro.

La cena consistió en una bazofia: un caldo muy espeso, elaborado con desechos de vaca y aves, destinado a potenciar la fuerza de los atletas.

Acabada la cena, Loria, la hermosa mujer de pelo oscuro, sacó un instrumento de cuerdas, un sistro, y extrajo de él una música melancólica.

Extrañamente, la dureza de Nel cedió y Eyrén se percató de que miraba a Loria con los ojos brillantes por las lágrimas.

La canción hablaba de un tiempo pasado que no iba a regresar jamás, y también de que solo se valoran las cosas cuando se han perdido.

Eyrén se dio cuenta de que, escuchando la música, los rostros de los porenna reflejaban los recuerdos y la añoranza de sus lugares de procedencia.

Cuando la canción terminó, Nel se acercó a Loria y ambos se retiraron juntos del grupo.

Por su actitud, Eyrén comprendió que había una relación estrecha y profunda entre ellos.

Kalios se retiró pronto porque le dolía la espalda tras la caída.

El dolor no le permitió conciliar el sueño, y se mantuvo en una duermevela casi toda la noche.

Poco antes del alba, lo despertó un ruido mecánico y repetitivo.

La luz de una luna transparente, opacada por el amanecer, se colaba por un ventanuco lateral, al fondo del dormitorio, que daba a la arena de los espectáculos.

El muchacho intentó conciliar el sueño de nuevo, pero no lo logró.

Estaba nervioso. No sabía que iba a sucederles a él y a Eyrén, aunque a Kalios le preocupaba más el destino de ella que el suyo propio.

Sus pensamientos se entremezclaban con el ruido, que era martilleante, hasta que terminó de despejarse y se incorporó del lecho. Sus compañeros dormían, agotados, pero él, inquieto, saltó de la cama y recorrió el pasillo siguiendo la dirección de la que procedía el ruido.

Subió por las amplias escaleras que se dirigían a la arena y, al salir, contempló la plaza vacía.

Solo distinguió una figura cerca del lugar de entrada a los sótanos.

Era Nel. El capitán de porenna estaba frente al toro, que giraba y producía exactamente ese ruido.

Debía de haberse levantado con las primeras luces del alba para arreglarlo.

De pronto la luz del sol, un gran rayo, se elevó al oriente de la plaza.

Nel dejó lo que estaba haciendo, se incorporó, se situó en el centro de la plaza y abrió los brazos en cruz mientras se dejaba envolver por la luz del amanecer.

Kalios observó que Nel entonaba, como en trance, un himno que también se cantaba en su poblado —aunque estaba prohibido en la ciudad—: el himno al sol, implorando desde lo más hondo de su ser la ayuda que necesitaba.