Las naves de Tarsis Sharden #3
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Sharden #3

Nórax, mirando las estrellas a través del fuego, sintió de nuevo, como un pinchazo, la pérdida de Eteria. A ella no había podido dedicarle honras fúnebres. ¿Dónde estaría? ¿En el fondo del mar, devorada por los peces? ¿En las islas de la inmortalidad o más allá de las estrellas?

Frente al fuego que devoraba el cuerpo de su padre, Farkán se mantuvo erguido.

El resplandor iluminaba sus cabellos rojizos y los de sus hermanos, que no sollozaban, pero apretaban los labios con fuerza.

Sus ojos húmedos hablaban del dolor que no podía ser comunicado con palabras.

Nadie interrumpió aquel silencio sagrado.

Al alba, solo quedaban rescoldos y ceniza.

Farkán, como primogénito, recogió los restos de su padre en una urna.

Sin pronunciar palabra, caminó hasta el túmulo que habían preparado en la colina y allí la depositó bajo una estela de piedra.

En ella grabaron en los caracteres de Tarsis las virtudes de Feder: «Fuerte, valiente, leal hasta la muerte».

Farkán, con la voz quebrada, leyó en voz alta estas palabras sobre su padre mientras Nórax inclinaba la cabeza y recordaba a Feder: un niño pecoso en la Escuela de Navegantes junto a Kendal.

Ahora los dos se habían ido, a las tierras de la inmortalidad, como Eteria.

Sentía que ya no le quedaba ninguno de sus antiguos camaradas, de los amigos que habían crecido con él.

Tras el duelo, la vida retomó su curso. Pasaron los días y Aldair, poco a poco, se fue recuperando.

Refunfuñaba con el tratamiento de Kenna, no le gustaba que el «enano», como lo llamaba, le mandase y, sobre todo, no soportaba estarse quieto.

Pero cuando Nórax, con voz firme, le dio la razón a Kenna, Aldair dejó de quejarse.

Y así, a regañadientes, permaneció en reposo.

Su cuerpo, fuerte por naturaleza, hizo el resto.

Día tras día recobraba el vigor, aunque seguía jurando en voz baja cada vez que alguien le recordaba que aún no debía levantarse.

Durante los días de convalecencia, Gael apenas se apartó de Aldair.

Se sentaba junto a su lecho, en silencio a veces, pero otras contando historias o soltando alguna broma para arrancarle una sonrisa.

Se sentía culpable porque había sido una irresponsabilidad escaparse del poblado.

Mostraba su arrepentimiento con una presencia constante, con la forma en que le acercaba el cuenco del caldo sin decir palabra, con unos ojos que evitaban mirarlo cuando la herida le dolía más y gritaba.

Ambos encontraban en Kenna un blanco común.

Cuando el sanador se inclinaba con gravedad para revisar el vendaje, Gael le hacía guiños a Aldair, que apenas contenía la risa.

Una mañana decidieron gastarle una broma.

Gael ayudó a Aldair a meterse bajo el catre y esperó.

Cuando Kenna entró y encontró el lecho vacío, se le desencajó el rostro.

—¡¿Se ha ido?! ¡¿A la playa?! ¡Ese insensato va a desangrarse como un cabrito degollado!

Entonces, sonriendo, la cabeza de Aldair asomó por debajo de la cama. Kenna se llevó las manos a la frente y murmuró algo entre dientes que nadie entendió, aunque el tono no dejaba lugar a dudas.

Cuando Aldair comenzaba a recuperar fuerzas, aún con la venda ceñida firmemente al costado, Nórax se presentó una tarde en la estancia donde descansaba.

Se sentó a su lado, sin decir palabra al principio.

Fuera, el sol caía oblicuo sobre los muros de la ciudadela, y el silencio solo era interrumpido por el graznido lejano de las gaviotas.

Nórax lo miró con seriedad, pero también con gratitud y confianza.

—Has demostrado más que coraje, Aldair —le dijo al fin, con voz grave—. Has mostrado el corazón de un góidel verdadero. Si los jóvenes van a empuñar nuestras armas, quiero que aprendan de ti. Quiero que seas instructor de todos los que aprenden a luchar.

Aldair parpadeó, como si no hubiera esperado aquellas palabras. Un leve rubor cubrió sus mejillas, y por un momento pareció aún más joven. Asintió con fuerza, sin palabras, emocionado.

Desde fuera de la estancia, Gael escuchó las palabras de su padre y se alegró por Aldair. Luego se alejó.

Aún resonaban esas palabras en su interior cuando, al otro extremo de la ciudadela, tropezó con un dolor más hondo.

Farkán, el hijo de Feder, caminaba por los patios encorvado por la tristeza.

Gael se le acercó porque deseaba acompañarlo, pero las palabras de consuelo no le salían.

El dolor de su amigo era oscuro y profundo, como un pozo que se hundía hasta el infinito.

Se sentía culpable, y se repetía a sí mismo que, si aquel día no hubieran ido a cazar, su padre aún viviría.

También se reprochaba que, si no hubiera abandonado a Gael para pedir ayuda, a lo mejor habría conseguido salvarlo.

Cuando estuvo restablecido, Nórax le dijo a Aldair que debía comenzar cuanto antes su nueva tarea: iniciar el adiestramiento de todos los jóvenes. Incluso obligó al estudioso Kenna a participar. Sabía lo que podía avecinarse y necesitaba hombres fuertes, ágiles e instruidos en el arte de la guerra.

Gael, Farkán y los demás aprendieron a detener un golpe con el escudo de madera y cuero, a golpear con precisión el rostro del enemigo para romperle la nariz, a hundir la espada en el vientre del adversario, a engañar en la lucha, a agacharse con rapidez y a levantarse aún más velozmente para herir en la ingle o en el abdomen.

Combatían con armas de madera, sin puntas, pero la táctica era la misma que usarían cuando llegase el combate real, meses o años después.

El sudor les cubría la espalda antes de que el sol alcanzase el cénit. Entre jadeos y risas ahogadas, el ejercicio ahuyentaba los fantasmas: disipaba la culpa que roía a Gael, la tristeza muda de Farkán e incluso el malhumor obstinado de Kenna, que a regañadientes empuñaba una lanza como los demás.

Cuando cesó el suave frío invernal de aquellas costas, le sucedió una primavera luminosa y después llegó el calor abrasador del verano.

Habían transcurrido varios meses desde la victoria sobre los sardos y la muerte de Feder.

Los góidel creían que, tras las bajas sufridas, los indígenas se habían rendido y no intentarían un nuevo ataque.

Cuando los sardos estuvieron realmente preparados, llegaron las represalias.

Reunieron contingentes de toda la isla y sitiaron la ciudadela, cortando el acceso por tierra a provisiones y mercancías.

Una multitud de tropas se apostó ante la ciudad del promontorio.

Aun así, no lograban doblegarla: el comercio por mar seguía abasteciendo a los sitiados.

Hasta que un día, en el horizonte, comenzaron a vislumbrarse puntos oscuros.

Se convirtieron en líneas, luego en velas.

Y cuando por fin estuvieron cerca, las naves revelaron sus emblemas: el tetrasquel de Krysaor y el signo de la diosa serpiente.

La amenaza no venía solo de la isla. Ahora llegaba también desde el mar.

Emisarios del rey desembarcaron en Nora con una orden tajante: debían abandonar Sharden, pues aquellas eran tierras vasallas de Krysaor. Su condena no era solo la expulsión de Tarsis, incluía todas las tierras vasallas al rey. Si no partían, serían masacrados.

Frente a la amenaza inminente y la certeza de una derrota segura, Nórax dio la orden: los góidel debían partir. Una vez más, los aguardaba el destierro.

Dejaron atrás al enemigo, ahora poderoso, izaron velas y pusieron rumbo al levante.

Se alejaban de la tierra donde habían intentado construir una nueva vida, donde por un momento habían creído encontrar la paz.

Abandonaron la ciudad que habían fundado con esfuerzo: muros circulares de piedra, alzados con esperanza, que ahora quedaban a merced de otros.

En la nave que los conducía hacia un destino incierto, Farkán se colocó al lado de Gael, en silencio.

A lo lejos, al poniente, más allá de los barcos de Krysaor, como sombras amenazantes, quedaba la ciudad de Nora.

Y más allá todavía, apenas visibles sobre la línea ondulada de la tierra, se alzaban los túmulos.

Ambos creyeron distinguir, entre la bruma y la luz del amanecer, una estela de piedra.

Allí, bajo ella, en una urna, reposaban las cenizas de Feder, el padre de Farkán.

Al ver el rostro descompuesto de su amigo, Gael le habló en voz baja para intentar consolarlo.

—Mi padre dice que el espíritu de aquellos a los que hemos amado y perdido está en las islas de la inmortalidad.

—Sí, al occidente… —respondió Farkán con una voz seca, cargada de dolor—. Es de allí de donde nos alejamos.

Gael le puso el brazo sobre el hombro mientras la nave se iba distanciando de la isla de Sharden.

El promontorio con la ciudad de Nora, que habían construido casi con sus propias manos, se desdibujaba ya en el horizonte hasta convertirse en una sombra.

Los proscritos de Tarsis volvieron a perder su hogar, y se preguntaban si alguna vez volverían a tenerlo.

Pero en la mirada de Nórax, príncipe de los góidel, fija en el oriente, había algo más que dolor o nostalgia.

Brillaba una inquietud. Porque en los sueños de las últimas noches —y él no solía soñar— una voz antigua le había hablado.

Y esa voz, como el viento que hincha las velas, lo empujaba hacia algo que aún no comprendía… , pero que ya no podía evitar.