Sharden #2
Desde entonces, la tensión se volvió constante.
Las patrullas sardas comenzaron a aparecer en los caminos, primero a distancia, luego cada vez más cerca.
Permanecían sobre las colinas o junto a los senderos, observando.
Los comerciantes dejaron de acudir con regularidad.
Algunos labradores evitaban acercarse a la ciudadela por miedo a represalias.
El cerco no tenía murallas ni campamentos, pero se sentía igual que una mano cerrándose lentamente alrededor de la ciudadela de Nora.
Gael, con toda la fuerza de la juventud, empezó a ahogarse dentro de aquel encierro.
Se asomaba a las murallas y divisaba los bosques, las colinas, la libertad.
Desde lo alto de su atalaya, veía a su padre cruzar la ciudad sin detenerse jamás, siempre rodeado de hombres, de órdenes, de preocupaciones.
Cuando intentaba acercarse, encontraba la misma respuesta: una mirada cansada, una frase breve, otra urgencia que resolver.
La ausencia de Eteria se había vuelto más grande con el transcurso del tiempo, como un hueco imposible de llenar.
Una mañana, antes de que saliera el sol, Gael se despertó pronto y fue a buscar a Farkán.
Lo encontró en el establo, ensillando su caballo.
Se miraron y se entendieron sin hablar. Abrieron la poterna opuesta al mar mientras la ciudad aún dormía y salieron al trote, envueltos en la niebla del alba.
Querían alejarse de las murallas, sentir otra vez el aire abierto, fingir por unas horas que no existían amenazas ni vigilantes ocultos en las colinas cercanas.
No se habían alejado mucho en la llanura que se extendía más allá de la bahía cuando los rodeó un grupo de jinetes.
A pesar de su juventud, los dos se enfrentaron a los adversarios con las lanzas que llevaban para cazar.
Gael hirió a uno de los atacantes, pero su caballo fue derribado.
Cayó al suelo, pero rápidamente se levantó, sacó de su cinto un cuchillo y se enfrentó a los enemigos.
Farkán, que seguía aún a caballo, escuchó a Gael gritarle que fuera a buscar ayuda.
Farkán lo hizo así, pero no llegó a tiempo y Gael fue apresado.
El muchacho, cubierto de polvo y sangre, fue arrastrado hasta el campamento enemigo. Uno de los jinetes lo observó con atención: el corte de sus ropas, el modo de moverse, el cuchillo de bronce que le colgaba del cinto. No era un góidel cualquiera, debía de ser alguien de importancia.
Poco después, un mercader del poblado que comerciaba con Nora lo reconoció y murmuró con una sonrisa torcida:
—Es el hijo del jefe…
Esa misma noche enviaron emisarios a la ciudadela de Nora. Llegaron con rostro grave y palabras frías: o entregaban la ciudad o el muchacho moriría. Para que no hubiera dudas, anunciaron incluso la fecha: al anochecer del día siguiente, Gael sería ajusticiado.
Ese atardecer, cuando el sol rozaba el mar, los sardos condujeron al prisionero a la playa, no muy lejos de las murallas de Nora, para que todos los de la ciudadela pudieran contemplar la ejecución.
Le hicieron arrodillarse y apoyar la cabeza en el tronco de un árbol.
La estela rojiza solar llegó a la orilla, donde estaba el reo, iluminándolo con una luz anaranjada, espectral.
Desde lo alto de la muralla, Nórax, demudado, contemplaba la escena: su hijo iba a morir, y no podía soportarlo, pero se debía a sus gentes. No podía rendir la ciudad.
Entonces, cuando se alzaba el hacha para degollarlo, se oyó un ruido de portones.
La ciudadela de Nora se abrió y de ella salió un hombre joven que, con una voz potente, pedía clemencia.
Era Aldair. Años atrás había jurado a Eteria que siempre protegería a Gael.
Gritó que se ofrecía a intercambiarse por el prisionero.
Los sardos detuvieron la ejecución mientras trascurrían unos instantes tensos que se hicieron eternos por la angustia. El sol descansó sobre el mar y, lentamente, fue ocultándose bajo el horizonte. En el cielo, nubes finas y alargadas se tornaron tornasoladas por el ocaso.
Aldair se adelantó, seguido a cierta distancia por un grupo de hombres con antorchas encendidas que iluminaban el crepúsculo. Los sardos aceptaron y empujaron a Gael hacia la muralla de la ciudadela.
Dos grupos se aproximaron lentamente hasta detenerse frente a frente, sobre la arena.
Gael avanzó tambaleándose, mientras que Aldair lo hacía con paso firme.
Al encontrarse en el centro de la playa, se abrazaron con fuerza.
Luego se separaron: Aldair caminó hacia sus captores y Gael regresó junto a su padre.
Cuando Nórax lo tuvo entre sus brazos, alzó el brazo derecho.
Todo había sido previsto por el propio Nórax tras una heroica propuesta de Aldair.
En ese instante, desde las dunas que rodeaban la ciudad en el promontorio, surgieron guerreros góidel armados con corazas y lanzas.
Pero más allá, en las dunas opuestas, se alzaron arqueros enemigos que respondieron de inmediato: una lluvia de flechas cayó sobre el lugar donde se encontraba Aldair.
La luz del ocaso impedía una buena visibilidad, pero el centro de la playa se oscureció por la densa ráfaga.
Una de las flechas le rozó el brazo a Aldair y lo hirió superficialmente.
Los guerreros góidel corrieron por la arena para enfrentarse a quienes retenían a Aldair.
Este, hábil luchador, se revolvió contra sus captores y, con una patada, abrió un hueco entre ellos y logró avanzar hacia sus compañeros.
Pero entonces una lanza sarda le atravesó el costado y cayó al suelo, gravemente herido.
Desde las filas góidel se alzó un grito que sacudió el aire:
—¡Aldair ha caído!
Ese clamor encendió en todos los suyos un ardor salvaje y redobló su ímpetu guerrero.
Él estaba allí, en medio del campo de batalla.
Se sentía cerca de la muerte. Desde el suelo veía a sus compatriotas combatiendo contra los sardos: piernas, sandalias, sombras, polvo y sangre.
Alguien cayó junto a él. La vida se le escapaba lentamente.
Intentó incorporarse, pero el mareo, la debilidad y la sangre lo vencieron y volvió a desplomarse sobre la arena.
Feder, el pelirrojo, guerrero experimentado, divisó a Aldair caído y se lanzó a socorrerlo.
Cubriéndose con un gran escudo de madera y cuero con el trisquel góidel, avanzó entre la lluvia de flechas.
Al llegar hasta él, dejó caer el escudo a un lado y lo alzó en brazos, sosteniéndolo con fuerza.
Con el cuerpo de Aldair sobre los hombros, emprendió el regreso hacia las filas de sus compañeros.
Pero una flecha sarda lo alcanzó por la espalda y se le clavó en el costado izquierdo.
Feder no se detuvo. Sabía que iba a morir.
Años atrás, en el círculo de piedras de Albión, había contemplado en una visión su propia muerte: en una playa, durante el crepúsculo.
Ahora lo comprendía todo. El momento había llegado.
Al alcanzar la fortaleza, dejó a Aldair sobre la tierra… y se desplomó junto a él. La flecha le había atravesado el corazón.
Entonces se oyó un grito desgarrador:
—¡Padre! —Era Farkán, su hijo, que corría hacia el cuerpo sin vida.
Nórax, que había recuperado a su hijo, y el propio Gael se acercaron a auxiliar a Feder, pero no pudieron hacer otra cosa que consolar al muchacho, que lloraba sin poder contenerse delante de todos.
En la playa yacían muchos cadáveres de los góidel, pero aún más de los sardos, quienes recibieron un feroz escarmiento.
La batalla había sido sangrienta, pero la victoria, incontestable, había sido de los góidel.
Entonces los hombres de Nórax alzaron sus voces y entonaron el himno del ocaso para dar gracias al dios que había combatido junto a ellos.
A Aldair, malherido, lo llevaron hasta la casa de sanación de la ciudadela. Kenna lo esperaba ya junto a la puerta, con rostro demudado. Apenas lo vio, se arrodilló a su lado y lo examinó. Sus dedos, firmes y precisos, recorrieron la herida sin decir una palabra. Sabía bien lo que hacía.
Mientras lo examinaba, Kenna recordó los días de su aprendizaje y tragó saliva.
Ahora debía aplicar en su propio amigo lo que tiempo atrás había aprendido de Eteria.
Murmuró algo apenas audible y pidió vendas limpias, hilo y aguja y un cuenco de agua caliente.
La lanza no había penetrado en exceso, pero el filo había rozado una arteria.
Aunque se había formado un coágulo, cualquier movimiento podía desencadenar una nueva hemorragia que pusiese en peligro la vida del amigo.
—No debe moverse —ordenó, sin alzar la voz—. Ni un gesto, ni un sobresalto. O sangrará hasta morir.
Con manos seguras, ajustó un vendaje apretado al torso de Aldair y luego dio instrucciones rápidas a las mujeres: un caldo espeso con menudos de pollo e hígado de vaca, fuerte, caliente, que le devolviese las fuerzas.
La noche después de la batalla se alzaron las piras funerarias.
El día anterior se habían construido grandes catafalcos de madera con ramas de enebro sobre los que colocaron, con manos reverentes, los cuerpos de los caídos.
Entre ellos, Feder. Nadie habló mientras los cadáveres eran envueltos en mantos de guerra.
Al caer la tarde, Nórax entonó el himno del ocaso, y todos lo corearon.
Sus voces, bajas al principio, fueron alzándose poco a poco como una brisa que se tornaba en huracán, como una plegaria que ascendía hacia las estrellas.
Luego, en la oscuridad cerrada de la noche, las antorchas encendieron las piras.
Las llamas se alzaron con un rugido, pintando de oro y sangre los rostros de los presentes.