Sharden
Las naves de los proscritos surcaron el mar sumidas en la pena.
A la mente de Nórax regresaba una y otra vez la imagen de Eteria hundiéndose entre la espuma, tragada para siempre por las aguas.
Solo le quedaba de ella la piedra de luz.
La acarició suavemente, la guardó en un cofre de caoba, bajo la plataforma de proa, y cerró la tapa sin volver a mirarla.
Permaneció unos instantes inmóvil, con la mano apoyada sobre la madera.
Cruzó lentamente la cubierta hacia la popa, saltando entre los remeros, y se aferró a la amura de babor.
El viento le azotaba el rostro mientras volvía la vista hacia la estela que dejaban atrás, como si aún esperara ver como rompía la superficie, emergía entre la olas y regresaba a ellos desde el fondo del océano.
Permaneció así largo rato. Después apartó la mirada, se obligó a dejar de pensar en ella y ordenó a la flotilla poner rumbo hacia el occidente y el norte, hacia las Casitérides.
Allí, en el gran túmulo de Hibernia, había visto a Eglea, y aún más allá, en el círculo de piedra de Albión, se le había revelado el destino de los suyos y la promesa de reencontrarse con aquellos a quienes había amado y perdido.
Las islas parecían llamarlo de nuevo, como si una corriente invisible tirase de él desde las islas del estaño.
Apenas desapareció en el horizonte la ciudad de los tres diques, el cielo se cerró sobre ellos.
Las nubes cubrieron la luz y el mar comenzó a agitarse con violencia.
La tormenta se desató de repente, levantando olas oscuras que golpeaban las embarcaciones con furia.
Los mástiles crujían, los remos se partían y la lluvia descendía en cortinas densas que difuminaban el horizonte.
Muchos creyeron que la diosa serpiente, la que moraba en las cuevas y en las profundidades, había despertado su furia, que odiaba a los adeptos al dios solar y no toleraba su marcha.
Pasaron semanas perdidos en la negrura de un océano hostil, donde el mar dejó de ser camino para convertirse en barrera.
El viento no concedía tregua: rugía día y noche, empujando las naves sin descanso.
Los hombres remaban a ciegas entre la espuma, agotados, sin distinguir el amanecer del anochecer.
Las embarcaciones, vencidas por el temporal, fueron arrastradas hasta cruzar el estrecho de las columnas de Melkart y penetraron en el mar que une a todos los pueblos: el Mediterráneo.
Cuando por fin dejaron atrás el estrecho, la tormenta se extinguió con la misma brusquedad con la que había comenzado. Las aguas se aquietaron. El sol reapareció entre jirones de nube y el brillo volvió a extenderse sobre la superficie.
Las corrientes seguían arrastrándolos, lentas e inevitables, hacia el levante. Ningún esfuerzo conseguía corregir el rumbo. Tres o cuatro días después, divisaron tierra: ante ellos surgió la isla de Sharden.
Fondearon en una bahía abierta sobre un gran arenal en forma de medialuna.
En uno de sus extremos se elevaba el cabo Pula, una prominencia rocosa cuya silueta recordaba la cabeza de un dragón internándose en el mar.
Las anclas descendieron introduciéndose en el agua clara y, poco después, los hombres comenzaron a desembarcar.
La playa se llenó de movimiento. Bajaron a los caballos y descargaron provisiones, herramientas, tejidos, ánforas y armas.
Los enseres quedaron amontonados sobre la arena húmeda mientras algunos encendían hogueras y otros inspeccionaban el terreno.
Nórax ordenó levantar tiendas y reunió a los capitanes góidel .
Algunos deseaban reemprender la travesía en cuanto repararan los daños; otros miraban la bahía protegida, la abundancia de agua y la elevación rocosa del promontorio. Poco a poco la idea comenzó a imponerse: quizá aquel era el lugar al que el dios los había conducido.
Entre los proscritos góidel había metalúrgicos, canteros, labradores, carpinteros y otros artesanos, pues muchos fieles al dios Atón, horrorizados por lo que ocurría en la ciudad, habían emigrado con Nórax.
En la zona próxima al cabo con forma de dragón comenzaron a colocar piedras, delimitar espacios y levantar los primeros muros.
Sobre los grandes peñascos del promontorio fue naciendo una ciudadela tosca, circular, protegida por el mar y unida a tierra firme por un estrecho istmo.
Con los años, los habitantes de la isla la llamarían Nora, en honor a Nórax, príncipe de los góidel.
En aquella costa luminosa, donde las aguas cambiaban de color según la luz y parecían respirar bajo la mirada de Atón, el dios los protegió.
Allí, en la calma inesperada tras la tragedia, los góidel se repusieron de la pena de haber dejado atrás la tierra que los vio nacer y de las penurias del viaje.
Gael se fue haciendo adulto entre los riscos y el rumor constante de las olas. Caminaba con paso firme por los senderos del promontorio, observaba a los hombres levantar murallas y pasaba largas horas mirando el horizonte. No olvidó a su madre. Su ausencia lo acompañaba como una sombra silenciosa.
Nórax apenas abandonaba las obras de la nueva ciudad.
Desde el alba recorría las empalizadas, discutía con carpinteros y canteros, medía el grosor de los muros y supervisaba la descarga de mercancías en el puerto improvisado.
Cuando el cansancio lo vencía, regresaba cojeando hasta su estancia y permanecía largo rato en silencio, inclinado sobre mapas o tablillas, como si el peso de las decisiones bastara para mantener alejado cualquier recuerdo.
Apenas hablaba de Eteria. Apenas pronunciaba su nombre.
Siempre ocupado, no se dirigía con frecuencia a su hijo: la mirada azul de Gael, inevitablemente, le recordaba la expresión ambarina de los ojos de su amada.
Sabía que debía comenzar el adiestramiento de Gael como guerrero y marino.
La tradición exigía que fueran los padres quienes instruyeran a los hijos, pero las limitaciones de su cuerpo, la cojera que padecía desde años atrás y las obligaciones de la nueva ciudad terminaron por apartarlo de aquella tarea.
Decidió dejar al muchacho en manos de Aldair.
Aldair, joven aún aunque el mar y las pérdidas lo habían endurecido, caminaba con la gravedad de quien había vivido más de lo que correspondía por edad.
El viento le había curtido el rostro y en sus ojos se detectaba la quietud de los hombres que han aprendido a callar.
Desde entonces acompañó a Gael, ya casi un hombre, alto y fuerte, pero aún presa de la inquietud de los últimos años de adolescencia.
Antes del amanecer, cuando la ciudad aún dormía y las hogueras exhalaban las últimas hebras de humo, ambos ascendían al promontorio que dominaba la bahía.
Allí Aldair le colocaba la lanza entre las manos y corregía la postura con un leve gesto, sin necesidad de palabras.
Gael aprendió a clavar los pies en la tierra antes de lanzar, a sentir el equilibrio del cuerpo, a no dejarse arrastrar por el impulso.
Más tarde llegaron las lecciones del mar: el cambio del viento sobre la piel, la forma de las nubes, el dibujo de las constelaciones sobre el horizonte oscuro.
En ocasiones permanecían largo rato mirando el océano sin hablar.
Entonces Aldair señalaba una estrella o el perfil de una corriente y Gael comprendía que aquellas enseñanzas iban más allá del combate.
No hablaba de ello, pero en cada estrella Aldair recordaba a Nel, su hermano y el hombre al que amaba.
Nunca hablaban directamente de Eteria, pero estaba presente en las enseñanzas de Aldair.
En el modo en que lo obligaba a mantenerse erguido cuando el cansancio lo vencía, en la paciencia con la que esperaba a que repitiese un movimiento hasta hacerlo bien, en el respeto casi sagrado con que pronunciaba ciertas palabras antiguas.
Mientras tanto, la ciudadela de Nora crecía.
Los habitantes de la isla comenzaron a acercarse sin temor.
Primero fueron pescadores que ofrecían capturas recientes a cambio de sal o herramientas.
Después llegaron campesinos con cestos de higos, leche agria y cereales.
Los hombres de Tarsis reparaban naves, descargaban ánforas, levantaban almacenes y abrían caminos entre las rocas.
Las embarcaciones entraban y salían de la ensenada trayendo cobre, tejidos y aceite desde otros enclaves del Mediterráneo.
Poco a poco las murallas se elevaron con piedra firme, los depósitos comenzaron a llenarse y el nombre de Nórax volvió a pronunciarse con respeto, incluso entre quienes jamás lo habían conocido.
Las noticias viajaron de aldea en aldea, de puerto en puerto, hasta alcanzar a los pequeños reyezuelos de Sharden.
Algunos contemplaron con inquietud aquella ciudad extranjera que crecía demasiado deprisa.
Otros vieron peligrar sus tributos y alianzas.
Uno de ellos envió mensajeros más allá del mar, hasta los dominios de Krysaor.
Llegaron emisarios vestidos con insignias tartésicas, escoltados por guerreros sardos.
Sus caballos levantaron polvo ante las puertas de Nora.
Le entregaron el mensaje a Nórax sin desmontar siquiera: debían abandonar la isla.
Afirmaban que aquellas tierras seguían bajo la influencia de Tarsis y que ningún proscrito podía establecerse tan cerca del imperio.
Nórax leyó la tablilla sin alterar el gesto. Después la devolvió sin respuesta.